jueves, 31 de julio de 2014

Día 74: Temblores por el desierto

      La serpiente esconde las grietas en sus escamas. Avizora la noche. El inminente ciclo del cambio. Las aves de rapiña lo comprenden. Es necesario encontrar un refugio. La arena acepta gustosa. El frío acecha, una vez más. 
      La noche, sin tormentas, anuncia la aparición de un extraño caminante en el desierto. Viste como un beduino, y lleva un maletín en cada mano. Se detiene en el medio de la nada y abre un estuche. Un reluciente Rickenbacker 4001, modelo 62, se confunde entre la luz de las estrellas. El otro maletín es sin dudas un amplificador de 60 watts. 
      El caminante ensaya un par de escalas cromáticas y el desierto percibe un leve temblor. A medida que el efecto sobrenatural de las ondas bajas contagia el paisaje nocturno, el frío comienza a coagular las termómetros.
      Ajusta el volumen un par de puntos más y corrige la ganancia del overdrive y los medios tonos. El extraño es un bajista riguroso. Quiere sonar lo mejor posible, e inundar el cielo con corcheas y semifusas. El caminante es un fundamentalista, no concibe ni por asomo la utilización de púas. El bajo se toca con los dedos.
      Un asombrosa melodía ligada, seguida de un slapping furioso que dura tres horas. La mañana asoma con un suave pizzicato que calienta poco a poco la arena y despierta a los animales. El ritmo contagia. Es funk, es jazz, es bossa nova, es heavy, son todos los ritmos del universo condensados en una sola interpretación.
      Las bajas frecuencias dan paso a las medias, y a las altas, parece un bajo, parece una guitarra, luego un sonido de ultratumba. Luego siete golpes secos, siete redondas, siete sonidos graves. Son las siete de la mañana. Hora de despertar, de dar orden a la naturaleza que emerja de su letargo diario.
      El sol acata la orden, y sus rayos elevan la temperatura hasta lo insospechado. El beduino da por terminada su labor, y guarda el Rickenbacker en su estuche. Luego camina hacia el horizonte, hasta desaparecer entre los vientos y la arena.  

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