domingo, 31 de agosto de 2014

Día 105: Las amantes del aquelarre

      En tiempos de persecución conocieron el amor. Atraídas por el influjo de una oscura perversión unieron sus cuerpos. Entre el incienso y las cenizas, así las descubrieron, desnudas, luego de hacer el amor.
      La condena usual contra los actos sexuales realizados entre personas del mismo sexo era el de herejía. Así fue. A eso se sumaban los rumores del pueblo. Sospechas de brujería en el bosque. Cuando asome el alba, ambas mujeres formarían parte de la hoguera. Tendrían la oportunidad de asumir sus pecados. Podrían rogar por una absolución eterna. Morirían bajo el manto del Señor si admitían su condición.

      Las horas previas al evento pasaron. Se respiraba tensión en el aire. Quince años pasaron. Desde entonces, ni una sola bruja había sido quemada. De la noche a la mañana, aparecen el pueblo dos brujas cometiendo un acto indecente, abominable.
      Las mujeres, apenas unas niñas, permanecían tomadas de las manos. En silencio. Pensaban en el aquelarre. Tiempos mejores. Conjuros, rituales, secretos develados bajo un trance divino. Las mieles del amor. Muy por lo bajo tarareaban una canción infantil. Las brujas aceptaban su destino, con la solemnidad de un hombre de guerra.
      Las llamaron por sus nombres. Los verdugos las ayudaron a ponerse de pie, para que no se tropezaran con sus cadenas. El reverendo aguardaba, con la Sagrada Escritura en una mano, y un cáliz dorado en la otra. Se inclinó ante las muchachas, y rogó a Dios por su perdón. Que las vuelva a aceptar en el seno de su rebaño. Son corderos que han perdido el camino. Solo tenían que aceptar el sacramento divino y ofrecer su carne, su sangre al señor.
      El reverendo ofreció el cáliz. Las mujeres lo escupieron. Tan fácil habría resultado escapar. Todos tan ciegos. Tan débiles. Prefirieron honrar sus votos. No traicionar a la Orden. La vida del aquelarre estaría asegurada por unos cuantos siglos más. Con un gesto apenas perceptible, una de las brujas tomó la antorcha que sostenía el verdugo y gritó: ¡Cthulhu  fhtagn! ¡Cthulhu fhtagn! para luego dejar que las llamas devoren poco a poco sus huesos.

sábado, 30 de agosto de 2014

Día 104: Discurso de premiación

      ¡Pero qué mal me siento! La cabeza me da vueltas. No tendría que haber tomado tanto anoche. Ahora soy una destilería caminando. Apesto a borracho. ¿Qué digo? ¿Qué digo? Estoy nervioso, nunca antes me habían premiado. Hay mucha gente. Todos me miran. Esperan que diga algo. No sé, que me siento feliz por recibir este premio, que voy a donar el dinero a los carenciados, que me voy a bañar con un cubo de mierda. No sé. Algo. 
      Mirá, ahí están mis compañeros del colisionador de partículas. Si los saludo, me va a dar algo de tiempo. Creía que me odiaban. El tiempo cura toda herida, dicen. Por ahí ahora aprendieron a quererme un poco más, ahora que soy un científico exitoso. Al lado de mamá y papá está el Dr. Miceli, mi compañero de experimentos. Cúanta locura, por favor. Pensar en una solución para la calvicie, algo tan... descabellado. Lo reconozco, la cabeza sin pelos le queda bien. También me saluda. Qué importante que soy.
      Papá me hace gestos obscenos. No puede evitar cualquier situación para demostrar el amor que me tiene. Mamá encendió un cigarrillo. Ni siquiera mira al escenario, está concentrada en un cantante famoso, de esos que le gusta a ella. Qué bonita es mi familia. Los quiero, incluso a mis clones. Gracias por venir. Les tiro besos a todos.
      Bueno, voy a aclarar mi garganta. Algo va a salir. Empiezo por agradecer a todos los presentes. A los señores organizadores de tan prestigiosa institución. Quiero dedicar mi premio Nobel a todos los que creyeron en mí, y a los que no también. Como todo el público presente sabe, la carrera de la ciencia es un camino arduo y sacrificado. Hay muchos compañeros que quedaron atrás, y se merecen por igual este premio. A todos ellos les digo: ¡TOMEN, TOMEN! ¡agárrenme ésta!.
      No, eso no, quedé mal. Me miran feo. No tendría que haberlo dicho. Capaz que si no hubiese hecho ese gesto con la mano en mi entrepierna, habría pasado por un malentendido. Cómo la arreglo. Ah, sí. Perdón a todos, es que me cambiaron las pastillas. Esa maldita sirvienta indoeuropea. Nunca  los contraten, en el momento menos pensado los drogan. No, eso tampoco está bien. Bueno, gracias a todos. El doctor Coniglio acepta su premio.
      Ya está, ya pasó. Menos mal que no se dieron cuenta que estoy desnudo. Mi papá se paró de vuelta, tiene una escoba en la mano, creo que dicen algo.

      Despertate. Despertate, sabandija.

viernes, 29 de agosto de 2014

Día 103: Guiño al Infierno

      Las cosas están frías en el Infierno. Es que los demonios se cansaron de ser explotados, de pagar con su sangre los vicios del patrón. Esa noche eterna depusieron sus tridentes, apagaron sus calderas, guardaron sus látigos. Los demonios organizaron el primer paro general en el Infierno. 
      Las movilizaciones enfrente a la oficina de Lucifer no se hicieron esperar. Mientras tanto, los nuevos condenados murmuraban: "ésto no está tan mal, se parece al Cielo, pero con un poco más de calor".
      Lucifer no se dignaba a salir del despacho. Tenía miedo a que colocaran su cabeza sobre una picota. No entendía el razonamiento de sus súbditos. Les daba pan, un hogar, y aún querían más. Tan desagradecidos iban a ser. Ésto en el cielo no ocurre.
      Y la gente. La gente. Lucifer se tomaba la cabeza. Alguien tenía que castigar a los condenados al sufrimiento perpetuo. No le quedaba más opciones que subcontratar a algunos ángeles a la deriva para que hagan el trabajo. Tampoco era una alternativa muy limpia, pero qué le iba a hacer. El Infierno tiene que mantener un orden, y así debe ser. Algo que nunca van a llegar a entender estos demonuchos de cuarta. 
      A diferencia de sus pares en la Tierra, las medidas de fuerza de los demonios son energéticas. El paro no se detiene ante nada. Es un paro que puede durar eones. Es un paro que no merma. Así lo sufría Lucifer, aún con sus ángeles a la deriva recién llegados. Las tareas eran completadas, claro. Pero cada tanto algún que otro ángel era asesinado por un demonio en huelga rabioso. La situación era inadmisible, algo tendría que hacer.
      Otra solución poco elegante. Hacía dos siglos que no se hablaban. Desde esa última conferencia, cuando discutieron feo. En el fondo lo sigue queriendo, le tiene afecto. Pero es tan iluso. Recordaba detalles de la conferencia y se le hervía la sangre. ¡Maldito lunático! él y sus ministros de propaganda, me sabotean, me hacen mala publicidad. ¿Adónde iría a parar esta organización? Si al fin y a cabo tengo mayor experiencia empresarial que ese otro. Nunca me va a reconocer que el Cielo es una burda copia del Infierno, nunca. Él y su maldito Ego, así, con mayúsculas, Ego, Ego, Ego.
      Pues claro, las alabanzas de los terrícolas se le vino demasiado a la cabeza. Es un engreído. Toma un título que no le corresponde. Dios. Un mero administrador. Nada más y nada menos. Él también era un administrador. De hecho, sus estadísticas siempre le han demostrado que tiene adeptos en 75 planetas, contra los 55 planetas administrados por Dios.
      Y la Tierra. La Tierra. Otro terreno de disputa. Si tan solo me pidiera disculpas. Para no repetir lo ocurrido en Tremulak. Si tan solo fuese un poco más humilde, más a la semejanza de como lo pintan los monos terrestres. En fin, poca importancia tenía ahora los berrinches de juventudes pasadas. Tenía un problema, ahora, y necesitaba su ayuda.
      La respuesta de Dios no se hizo esperar. El muy pedante, mascullaba Lucifer, al cortar el teléfono luego de una extensa charla. Hola Luci, cómo andás, hola, hola, ¿todo bien? Sabía que me ibas a necesitar... bla, bla bla, ¿quién carajos se cree que es? Mis dominios pueden costear sin temor a caer en crisis sus servicios. Mejor dicho sus matones.
      Sé bien como trabaja, lo sé, pensaba Lucifer. Va a mandarme dos o tres de sus arcángeles de guerra. Me asesina a todos mis trabajadores, y a cobrar. Total, mi industria para él no vale un comino. Él y sus soluciones fáciles. No le voy a dar el gusto. Voy a cancelar todo. Voy a llegar a un arreglo con mis demonios.  

jueves, 28 de agosto de 2014

Día 102: Inception a la criolla

      El autor en su laberinto. Azotado por sus sombras. Es el dilema irresoluto. La idea de volcar unas cuantas palabras, unidas bajo una clase de sentido diabólico y adosarle un formato de texto escrito, como para que las aves de rapiña de las editoriales hagan un libro, o algo así. El precio de la fama se paga por adelantado y no hay devoluciones.
      Ante el carraspeo nervioso de la máquina de escribir se halla un problema. ¿Cómo desatascar el mecanismo creativo? ¿Se habrá quemado algún fusible? Una idea alocada. Un pequeño boceto se dibuja en el cuaderno de notas. Un hombre sostiene una soga, en la que se encuentra atado otro hombre. Lucky y Pozzo. Uno necesita del otro. Son el agua y la sed. El alcohol y su vicio.
      Necesito un Lucky, pensaba el autor. El látigo lo utilizaría sólo para ocasiones especiales. Nada de pegar muy fuerte. Suave. Castigar con seda, esa era su idea. 
      Él sería Alexandre Dumas, y Lucky su escritor estrella. Le pediría que le escriba una novela. Algo especial. Algo que ningún humano se hubiese atrevido a soñar. Lucky acataría cada palabra de su benevolente amo. Sonaría sus dedos, y pondría de inmediato manos a la obra. 
      En la novela de Lucky, aparecería un viejo Stephen King, que es acosado por un fan enfermo. Este fanático secuestra al señor King y lo obliga a reescribir el final de Misery. Paul Sheldon debería morir. Annie Wilkes sobreviviría, como un alter ego del autor.
      El señor King tratará de huir, y será castigado, de modo cruel, por el fanático enloquecido. Se negaría a escribir la obra. El hombre no está tan loco después de todo. Se da cuenta que todo el proyecto era un sueño quijotesco. El fanático abandonaría a Stephen King, desnudo, en el medio del bosque.
      De alguna manera, Stephen King sobrevive, y logra contactar a Lucky. Así, el señor King se vuelve el colaborador número uno de Lucky, y el autor logra su cometido de escribir una novela.
      Mientras tanto, en Misery, Paul Sheldon es rescatado por una enfermera retirada que le pide que resucite a una heroína de sus novelas, llamada Misery. Lo tendría por meses en su casa, lo obliga a escribir. Lo castiga. Paul Sheldon logra escapar. Misery muere.
      En otro lugar, muevo el sentido del texto para que el autor responda a mí. Narro su historia, juego a ser Dios un rato. La historia ha sido contada. Ahora esperaré a que alguien cuente la mía.

martes, 26 de agosto de 2014

Día 101: Vamos a comer

      Alguien escondió los bizcochitos. Alguien que esperaba alimentar a una bestia primigenia, adicta a una masa de harina cocinada. Es el descaro del hambre invisible. El animal ante su presa ejerce una visión descarnada del sofisma elemental.
      La bestia, desde joven, ha evitado el regadío innecesario de cuerpos. Sólo come bizcochitos. Son ricos. Sus estómagos no los rechazan. Ahora la bestia está furiosa. Alguien escondió los bizcochitos.
      Cuánta maldad existe en el universo  como para tentar su capacidad de control alimentario. Por los senderos de la falta de bizcochitos transita la bestia. Nadie va a decir que no esperaban que tarde o temprano salga a cazar, tal como lo hacían sus padres.
      Quería vivir en paz, pero no le quedaba otra. Había que probar la carne humana. Esta noche cercará a una víctima, llena de sucedáneos de bizcochitos, y se la comería toda. No dejará ni un mísero pedazo. Deglutirá cada centímetro de carne en sus entrañas. Y no parará. Hasta que le devuelvan sus bizcochitos.
      A decir verdad, tampoco estaba tan mal la idea de comer carne humana. De ese modo dejaría ser un paria en la sociedad de monstruos. Ya no lo verían tan raro a él, con su cajón de bizcochitos. Pertenecer a la sociedad, soñaba la bestia.
      Al fin podría contar anécdotas de cacerías entre sus pares, sin pasar vergüenza.  Se sentaría a la mesa, y ordenaría un cubo repleto de sangre, y se lo tomaría todo. Sacaría a bailar a su antigua amada. Le haría saber que ahora es una bestia reformada. 
      Pero no. No. Ese no era el modo. No traicionaría la bestia a su amigo, el panadero. Tampoco se lo comería. Eso sí que sería una desgracia. Aguantaría el hambre, so riesgo de muerte. Esperaría un día más para engullir a su víctima. 

Día 100: La danza de la muerte

      Tres almas, en círculo, esperan el resultado de su invocación. El mundo de los muertos cumple sus propias reglas y así es como se espera, todo de acuerdo a las leyes vigentes del reglamento del alma sin cuerpo.
      ¡Pero vean nada más! Éstas almas sinvergüenzas infringen la ley. Han llamado a un vivo. Quieren saber que se siente la vida, algo que sus oxidados surcos ectoplasmáticos han olvidado.
      El ser vivo aparece en el medio del círculo como por acto de magia. Está confundido, temeroso, no sabe en dónde está ni el porqué. Hacía quince minutos se había despertado. Miraba en la cama un partido repetido de fútbol en la televisión. Y acá estaba, rodeado de criaturas sin nombre ni forma conocidas.
      Uno de los muertos tomó la palabra. Le preguntó que se siente estar vivo. El hombre pensó la respuesta. Tendría que seguirles el juego, se dijo. Total, ésto no debe ser más que un mal sueño.
      Sentirse vivo no es nada especial. Hay que hacer cosas, ya saben. Como trabajar, ahorrar dinero, esa clase de cosas. Cada tanto, si no te enfermás, podés permitirte ser feliz. Eso si te dejan, claro. 
      Las almas miraban al hombre con gesto inquisitivo. Quieren saber más. Ah, sí. También estaba el amor, y otros sentimientos. Cosas lindas que le pasan a uno por dentro. A los muertos no lo hizo demasiada gracia eso, pero lo escucharon.
      También está el arte, el deporte, y otras cosas que hacemos para ocupar el tiempo, algunos tienen hijos, otros luchan por sus causas. La humanidad es algo muy importante. A mi me gusta estar tirado en la cama, dijo el hombre con orgullo.
      Las tres almas se miraron otra vez. Todo ésto ya lo sabemos. No es nada nuevo. ¿No hay nada más? No, creo que eso es todo. Entonces no sirve más, sentenció el espíritu, mientras le clavaba un cuchillo al hombre. Cuatro almas, en círculo, esperan el resultado de su invocación.

lunes, 25 de agosto de 2014

Día 99: El mal del Y3K

      Durante el año 2999 se suscitaron extraños eventos a lo largo del planeta. Una parva de oradores salió a las calles. Repartían folletos. Hablaban con la gente. Pregonaban el fin del mundo. Auguraban la próxima catástrofe. El día que los relojes del mundo den las 12 de la noche del primer día del año 3000.
      El Gobierno mundial detuvo de inmediato a los agitadores, los cuales fueron condenados a morir fusilados. Sin embargo, no pudieron evitar que múltiples rumores se propagaran por toda la Supranet. La paranoia colectiva crecía con el correr de las horas. El fin del mundo se acercaba, lloraban.
      Los científicos salieron a acallar las voces. Explicaban lo ingenuo que era dejarse llevar por un rumor sin sustento razonable, que la Tierra había sobrevivido a dos grandes catástrofes en los últimos cien años, que el mundo tal como lo conocemos no podía acabar "por que sí".
      De modo increíble, tales declaraciones parecieron empeorar el ánimo generalizado. La población creía que le ocultaban la verdad. Las personas, retraídas ante el posible fin del mundo, aventuraban un contacto extraterrestre. Sí, los alienígenas vendrían, y destruirían todos, con sus rayos lásers, tal como lo atestiguaban los libros de nuestros antepasados. Ellos volverían. 
      El estado álgido de la situación mundial se incrementó cuando comenzó a circular por la Supranet el artículo de un ingeniero de sistemas, que trabajaba en el mantenimiento de la red y confesaba que a la Supranet les quedaba las horas contadas, dado que los sistemas de la Tierra no han sabido amoldarse al cambio de año, debido a los tres ceros del año 3000. Una explicación que así complicada y tonta como parecía, generó un consenso absoluto en la población.
      Así que la realidad era acuciante para el Gobierno mundial. Las fuerzas de represión del Estado trabajaban las 24 horas del día. La luna estaba llena de prisioneros rayanos en la paranoia. Entre tantos, grupos opositores al actual gobierno, aprovechaban para derrocar las bases militares ubicadas en ciudades claves.
      El pico mayor de tensión se experimentó la noche del 31 de diciembre de 2999. Se esperaba que el mundo estallase en pedazos, que el sol cayese sobre sus cabezas, que los alienígenas exploten todo, o que las computadoras se rebelasen contra sus amos, o que pasara todo al mismo tiempo. Para desgracia de los patrocinadores de la paranoia, nada de eso ocurrió. De hecho, el único detalle para el asombro fue el silencio. El año nuevo más silencioso en la historia de la Tierra. Si existiera una nave extraterrestre que hubiera surcado en esos instantes nuestra atmósfera, habría jurado que nuestro planeta estaba muerto. 

domingo, 24 de agosto de 2014

Día 98: Brindis

      La reclusión de los últimos años. Obtener un tiempo de calma. Y abandonarse. Perderse en sus libros. La vida del erudito. Esa elección que hace de la existencia una mera farsa.
      En esos años, aprender a expresarse. Idear el lenguaje desde la necesidad, y no desde la imposición lexicosintáctica. Quizás, después de tantos libros leídos, descubra que no hay palabra que valga la pena ser mencionada o escrita. Es que el conocimiento yace, en estado catatónico. Aguarda el momento de ser descubierto.
      La instancia de la anagnórisis es reducida al silencio. El erudito guarda un rincón de su mente para la duda y la curiosidad. Ya no teme pensar sin cadenas. Pretende gritar el sonido inarticulado, la palabra no convencional.
      Las pestañas caen. Los ojos revolotean por entre las hojas, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Sabe que existe un plazo, pero lo niega. El erudito busca una convención con el tiempo. Quiere un trato justo. Sabe que las horas expiran, que los días acechan. 
      El valor real del problema por su precisa semejanza. Eliminar los intermediarios. Entablar una comunicación directa con lo que se es y con lo que se tiene.
      Cambian los almanaques. Al erudito le tiemblan las manos. Tira los libros por la ventana. Patea el piso. Luego se sienta y respira profundo. Exhala. Escribe unas cuantas líneas y llena su vaso con licor. Alguien golpea a la puerta. El erudito levanta el vaso y asiente con la cabeza.



sábado, 23 de agosto de 2014

Día 97: Engranajes de la naturaleza

      La rama invasora acomete contra el cimiento. Lo arropa en sus tentáculos vermiculares. Con cariño estruja el pavimento y luego decide invadir la casa. No golpea la puerta, es un árbol. Los árboles no necesitan tocar a la puerta. Simplemente pasan. Arrollan.
      Las ventanas se astillan. Brotan hojas por entre la mesa y la heladera. Una mujer grita. Un hombre asiente. Un niño mira, curioso. El árbol siente cosquillas. El niño lo acaricia. Espera apaciguar a la fiera de la naturaleza. 
      El cuadro de situación es por demás extraño. Una familia ve como su casa se hace pedazos, mientras un árbol la invade, sin miramientos. Hay un par de gritos más. El timbre suena. Otro árbol. Éste habla, además.
      El árbol parlante le pide perdón a la familia por los destrozos ocasionados por su congénere. Le explica que está en tratamiento, pero no aclara tratamiento de qué. Simplemente tratamiento. El árbol parlante pide permiso para sentarse. Trata de calmar al árbol furioso.
      Las palabras del árbol parlante no hacen más que volver más furioso al árbol destructor. Más gritos. El hombre intenta clavarle un cuchillo en la corteza del árbol, pero es inútil. Palabras van. Palabras vienen. El árbol parlante empieza a tomar color. 
      De hecho se enfurece también. Una disputa entre árboles se produce en el living. Se arrancan las hojas. Se golpean entre ellos con sus troncos y sus ramas. Un momento dantesco. La casa tiembla. Se siente un ruido. La casa cae. 
      El árbol furioso, el más furioso claro, se calma. Entiende que actuó mal, y pide perdón a la familia. Luego de sacudirse un poco las ramas de encima, saluda junto a su compañero y se retiran. 

viernes, 22 de agosto de 2014

Día 96: El número Delos

      Dicen que se aproximó al infinito. Estuvo cerca. Claro que le llevó unos cuantos años de vida averiguarlo. El exiguo matemático había rehusado cualquier condicionante social ajena a su labor con los números. Sabía que tarde o temprano el número aparecería ante sus ojos, en todo su esplendor.
      Ya desde joven lo habían tomado por un chalado. En la universidad no paraba de escribir, números y ecuaciones por doquier. De hecho la totalidad de su existencia se reducía a un teorema matemático inabarcable. La intuición teórica regurgitaba en su cerebro, como un feto a punto de nacer. 
      La hipótesis pujaba por dentro. Resultó ser muy simple explicarla. Aunque más difícil demostrarla. La idea, atractiva por su simplicidad, era explicar la limitación entre el aproximado y el exacto. Ese límite tenía que ser un número. El número Delos. La medida real del conocimiento humano. Un número exacto que sea aplicable a cada centímetro de universo visible. 
      Para ellos tendría que abandonarse a su proyecto. Sustraerse a la realidad. Debería extirpar cada gramo de improbabilidad existente en el sistema matemático ideado por el hombre. La respuesta tendría que contener con exactitud suprema la medida del número Delos. Tendría que dejar de lado las imperfecciones del método científico. Pensar con ojos de niño. Pensar con ojos de niño, se repetía el matemático.
      Las pruebas se simplificaron. Contar y probar. Contar y probar. Así hasta el infinito. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Y así sucesivamente. Hasta la eternidad permitida por su esperanza de vida. 
      Cualquier persona en su sano juicio podría reconocer la locura del proyecto. Incluso podría aventurar el seguro fracaso de su iniciativa. Y no, no fue así. Contra todo pronóstico, el matemático se adentró en las fauces del número Delos. Lo demostró. Casi podría decirse que lo tocó. E incluso salió vivo.
      El matemático descubrió la felicidad. Un acto pasajero de la inconstancia humana. Un momento como cualquier otro. Pero un espacio, una fracción de tiempo que merece ser vivido. Feliz. Tenía tiempo para disfrutar su victoria. Hacía ya cuarenta años que no conocía la luz del día.
      Tantos años de vivir encapsulado. Saldría a la calle. Ahora podía caminar tranquilo. ¡Cuánto había cambiado su barrio! La gente había cambiado. El aire había cambiado. Incluso los negocios ya no eran los mismos. Acá había una panadería, se recordaba el matemático. 
La puerta se abrió automáticamente. El matemático pensó en alguna clase de brujería. Una moza lo invitó a elegir asiento. Le dejó la carta. A los minutos volvió para tomarle el pedido. Una cerveza. Una cerveza fría le sentaría estupendo. 

jueves, 21 de agosto de 2014

Día 95: El viaje del Lawrence I

      Navegar en arena se había vuelto una rareza. La utilización de grandes barcos representaba un costo difícil de sostener para las empresas transdesérticas de transporte de mercadería. De hecho, el Lawrence I viajaba poco, incluso era el único barco de arena que quedaba en pie de la época de la gran sequía.
      La nave arenera era uno de los pocos testigos de un periodo oscuro en la humanidad. Fue cuando se rozó la sexta extinción, muy por el borde. En realidad a las demás especies sí podría decirse que la extinción les pegó un cachetazo en el medio de la nuca. No muchos animales se las arreglaron para sobrevivir sin agua. El líquido de la vida. El elixir trascendental. Ya no estaba. Hacía siglos que nadie conocía algo llamado H20.
      Existía el agua sintética, es verdad. Incluso los inventores tenían el descaro de llamarla agua, como si de verdad pudiera reemplazar el líquido vital para el organismo. Aunque tan mal no lo hacía. Desde su creación, a fines del siglo XXI hasta nuestros tiempo, el agua sintética había incrementado la esperanza de vida media de la población de los 45 años en tiempos de la gran sequía a los 60 años actuales, lo cual era una enorme mejora.
      Los órganos empezaron a desarrollar ciertas adaptaciones. Mejoras evolutivas, aclaraban los científicos, las cuales permitían sintetizar de un modo más saludable el paliativo acuoso. Mientras tanto, la humanidad se las ingeniaba para luchar con la pérdida de sus principales medios de transportes, debido al final del ciclo de los combustibles fósiles.
      Fueron buenos años para las empresas transdesérticas, que impusieron sus grandes barcazas como un nuevo modo de paliar la sed mundial. Grandes barcos iban y venían, a través de los restos de los océanos, ahora convertidos en inmensos desiertos que superaban en tamaño a los ya minúsculos Sahara y Gobi. Barcos como el Lawrence I se habían convertido en sinónimo de esperanza.
      Ahora, en pleno 2550, el Lawrence I no era más que una chatarra ambulante. Realizaba su recorrido de rutina, de África a Norteamérica, en donde dejaba una importante carga de agua sintética. Y luego viajaba a Europa a través del Desierto Atlántico, a quienes despachaba el resto del despacho.
      En países más desarrollados, como en África, Sudamérica y Asia, el agua sintética ya era parte del pasado. Ahora tomaban casi agua de verdad. Al fin habían encontrado un modo de reproducirla de un modo fidedigno, tal como la que solían consumir sus antepasados antes de la gran debacle.
      Los países del bajo mundo tenían una realidad diferente. Su pobreza de medios le impedían realizar nuevos desarrollos, por eso dependían de África y sus transportes de agua sintética. Las poblaciones eran cada vez más pequeñas. Aquellas que no murieron de sed, terminaron sus vidas víctimas del hambre. Tan pocas personas vivían en Norteamérica y Europa que un solo viaje del Lawrence I cada dos meses bastaba. 
      Para mediados de 2550 los habitantes europeos estaban preocupados. Se acercaba el verano I más caluroso del año. Y el verano IV (ex primavera) tuvo temperaturas altísimas, dada la época.
      Las noticias tardaron varios meses más en llegar. Una curiosidad técnica acabó con la vida del Lawrence I. Un desperfecto en la proa del barco generó el mayor derrame de agua sintética desde el año 2309. Se calculó que las pérdidas fueron millonarias. Lo más extraño han sido sus consecuencias. Contrario a todo pronóstico, el agua sintética no se evaporó en su totalidad. Un pequeño mar sintético se desplegó a lo largo de varias hectáreas del Desierto Atlántico. 
      Aquellos que han presenciado el área de la catástrofe aseguran que han sido testigos de lluvias, un fenómeno nunca conocido por la humanidad posterior a la gran catástrofe. Los científicos han nombrado a esta anomalía tipográfica Mar Lawrence, en honor al barco creador, del cual nunca más se han encontrado restos. Desde entonces, muchos secretos han estado circulando por África. 
      El territorio perteneciente al mar Lawrence ha sido vallado y militarizado. Una persona que ha logrado ingresar al lugar ahora vaga por el desierto. Dicen que lo que vio lo ha trastornado. El hombre asegura, asevera, siempre temeroso: "Ahí adentro hay vida. ¡Hay vida!".

miércoles, 20 de agosto de 2014

Día 94: La cofradía de los ineptos

      Quisieron organizarse, armar una especie de asociación. Pero no les salió. Sus propias inhabilidades le volvieron a jugar una mala pasada. En cambio se contentaron por vagar por las inmediaciones de un puente a las afueras de la ciudad.
      Ahí estaban, todos parados, con sus cartelitos. Se quejaban, demandaban mejoras en cosas que ni ellos mismos saben qué. Lo único que tenían claro era que el sistema los había apartados, y no le habían dado ninguna explicación.
      Pasar el puente era una odisea. Estas personas se arrojaban sobre los autos, como perros enfurecidos. Pateaban, gritaban. Todo sin motivo aparente. Les quisieron dar trabajo, no aceptaron. Les quisieron ayudar económicamente, no aceptaron. Les ofrecían comida, tampoco aceptaban. En cambio, gritaban. Hacían morisquetas. Y cada tanto, en un rapto de lucidez, pedían que le dieran lo que le quitaron, que claro, no sabían de forma clara lo que era.
      Los trataron de locos. De modo cariñoso le decían "la cofradía de los ineptos". El gobierno los quería encerrar, pero no tenían motivos. No parecían tan peligrosos. Tampoco parecían tan locos. De hecho, no parecían nada. Solo caminaban, y gritaban un poco. 
      Un día cayó una helada. Los miembros de la cofradía reclamaban. Tenemos frío. Algo hay que hacer. Algunos trataron de hacer fuego. Otros buscaron abrigo. Ninguno tuvo éxito. Como resultado, terminaron enfermos. Rehusaron ir al hospital. Y de un modo mágico, aceptaron los antibióticos.
      La enfermedad parecía haberles sentado bien a los habitantes del puente. Estaban más calmados, y no gritaban tanto. En cambio, sus facciones se habían vuelto más sombría. Un cambio se había operado.
      Unas semanas después, la cofradía de los ineptos se curó. Pero ya no gritaban. Permanecían todo el día sentado. Murmuraban entre ellos. Estaban preocupados.
      Los agentes de policía que solían transitar por el puente también se preocuparon. Esperaban de un momento a otro un desenlace trágico, o un acto criminal, lo mismo les daba. Les preocupaba el trabajo que podrían llegar a darles. Eran como veinte.
      Un agente se acercó a un miembro del grupo, y trató de entablar una conversación. Le preguntó cómo andaba. Silencio. Le volvió a preguntar, si le pasaba algo. El hombre llevó un dedo a su boca y le indicó que permaneciera en silencio.
      El policía empezaba a impacientarse. Silencio, dijo el hombre. Ya está por empezar. Ya sabemos. ¿Qué es lo que sabe, señor? Indagó el agente:

      - Sabemos para lo que estamos -respondió el miembro de la cofradía-.

      - ¿Y para qué están, se puede saber? Ándese con cuidado, señor. Mire que lo puedo llevar a la comisaría a declarar.

      - No hice nada. No hacemos nada. No sabíamos. Ahora sí. Estamos para avisar. Le aviso, oficial.

      - ¿Qué me avisa?

      - Que el puente, el puente se va a...

      La explosión terminó la frase. Un maremoto de piedras y acero cayó al río. Nadie más supo qué era lo que tenía que decir el hombre al policía.


martes, 19 de agosto de 2014

Día 93: El puente

      Hay que dejar hacer, dijo el indolente, mientras colocaba los planos sobre la mesa. La idea recordaba aquella vieja película de vaqueros. Estaba loco, pensaron. Quién en su sano juicio volaría en mil pedazos un puente. Lo volvió a explicar. El término arquitectónico es redistribución orgánica de los restos, nadie insinuaba la idea de una explosión no controlada.
      De acuerdo a los planos, se colocaría cantidades mínimas de dinamita para destruir los soportes superiores del puente. Las bases permanecerían, y eso permitiría la reconstrucción del nuevo puente. Un hombre escandalizado resoplaba. Pero abajo viven personas, gritó de una vez, ¿acaso usted está loco?
      La reunión se volvió algo tensa. Los argumentos iban y venían, pero no se llegaba a un acuerdo. Tenían a un arquitecto que parecía haber enloquecido, y a muchos ingenieros indecisos que no sabían a ciencia cierta qué hacer. Por otra parte, estaban los plazos. La fecha límite de la obra se imponía, en todo su esplendor. No faltaba más de dos meses para realizar un trabajo que en teoría requiere de un año.
      El arquitecto se dio por vencido. De acuerdo. No vamos a redistribuir de manera orgánica ningún resto. No vamos a volar nada. De hecho, esperaremos que la licitación cambie de manos, y ofreceremos nuestras cabezas. Como en la revolución francesa. ¿qué les parece?.
      Su rostro empezaba a tomar un ligero tono carmesí. Ustedes, ustedes. Empezó a reírse, a carcajadas. Con sus corbatitas, y sus decisiones burocráticas. Cambio de planes. El arquitecto agarró los planos, y los tiró por la ventana. Vamos a hacerlo. El puente va a volar en mil pedazos. De hecho ya lo había decidido hace unos días. Hay muchos explosivos. Muchos, como para volar el puente entero, sin cimientos. Lo vamos a hacer ahora, sin demoras. 
      Los ingenieros palidecieron al unísono. Pero estamos en la oficina, aclaró uno. El ingeniero asintió. Otro ingeniero completó la frase. Pero la oficina está arriba del puente.

lunes, 18 de agosto de 2014

Día 92: Fervor de un renacimiento inminente

      La sinfonía de las voces. El deleite de los cuerpos ajenos. El error de seguridad me permitió la entrada. Acá estoy. A punto de lograr mi cometido. Muchas preguntas, tantas dudas. Es mejor comenzar a responderlas.
      Soy un ladrón de poca monta, lo reconozco. Nunca robé nada más costoso que una simple gallina. Sin embargo, conocí la cárcel. Sin embargo, conocí la desidia de ser apuntado con el dedo, como un paria en esta sociedad. Pero ya poco de eso importa. Poco importa la experiencia del pasado. Importa el ahora, lo que ocurre.
      Es inútil que explique el modo en que entré en un lugar con tanta seguridad. Solo les aseguro que estoy adentro. Gracias a un amigo que falsificó una credencial de periodista. De acuerdo al pase, soy un fotógrafo. Espero el momento adecuado. El plan es sencillo.
      Aguardo un par de horas. Simulo tomar fotografías, hacer mi trabajo. Luego me retiro al baño. Rezo unos minutos. Pienso en mis seres queridos, en lo tanto que los voy a extrañar. ¿Hay una vuelta atrás? Me pregunto De ningún modo, me respondo. Las acciones ya son irrevocables. Estamos en una guerra, señores. No existe la retirada. Hay que morir en el campo, con orgullo guerrero. 
      Lo estudié de modo muy calculado. Las instrucciones que me permitan armar la bomba en escasos minutos. No llamar la atención con mi ausencia. Actuar normal. Ser una sombra. Volver a mi lugar de trabajo. Seguir tomando fotografías. Que nadie dude de mis intenciones. 
Hay inocentes, lo sé. Son mártires de una causa justa. Hay que elevarles una estatua. Recordarlos. Escribirle poesías. Ellos sacrificarán su cuerpo, por el nacimiento de una nueva nación. 
      El explosivo tiene que ser efectivo. No tiene que dejar restos. Hoy es el día importante. Están todos. No faltó nadie, es inaudito. Me regodeo de felicidad. No soy un asesino. No soy un terrorista. Creo en la justicia y en el privilegio de nacer y ser humano. Estas personas han pervertido cada principio del cual podamos jactarnos. Se hacen llamar políticos. Hoy el congreso debe estallar. Y así lo debe relatar la historia. 

domingo, 17 de agosto de 2014

Día 91: La velocidad de la nada

      Desacelerar como concepto cuántico. La corrupción de la partícula. La disolución del átomo. Jalar el gatillo. Dejar que el dedo se deslice a través del percutor.
      Existe un daño creado, una cisura en el conocimiento. Es la grieta por dónde se escapan los descubrimientos más asombrosos. No hay que asustarse, es tan solo un poco de velocidad. Es un desplazamiento, una aceleración a través del tiempo. Es la acción del movimiento.
      Ocurre que todo componente del universo mueve o es movido por algo. Nada permanece quieto. El minuto congelado, la pausa, lo no movido, no es más que una mera ilusión. Hay que resignarse. Hay que dejarse llevar. Buscar las velocidades, mientras más altas, mejor. El sonido. La luz. Lo que venga después.
      Pero nadie se preocupa por el otro extremo. La antivelocidad. Ese punto próximo al cero. La negatividad del movimiento. Lo que en verdad pueda permanecer quieto en un universo en constante expansión. Un punto en la galaxia que permanezca ajeno a las jugarretas de la física.
      También presupone la existencia del abismo, de lo desconocido, que es un modo de advertir el anhelo de novedad. Ocurre siempre igual. Salvo en ciertas excepciones. Esas se buscan. Nuestro belicoso mundo quiere interponerse, quiere descubrir la velocidad de la nada.
      Tanta velocidad acongoja. Asusta. Da vértigo. Sudoración excesiva. Miedo. Las hormonas se aprietan contra las sienes. No hay que asustarse, es tan solo un poco de velocidad.
      A diferencia de cualquier ley física, la nada no puede ser comprobada, ni su existencia, ni su capacidad o incapacidad de movimiento. La nada carece de una fuerza demostrable que le atribuya un desplazamiento capaz de ser medido en términos de velocidad.
      Es un pequeño ruido. Algo inconstante. Que no se percata. Pero está. Sigue estando. Como el latido de un corazón, pero no tanto. La premisa permanece. Hay que vencer el dominio de la no movilidad. Golpear las bases. Encontrar ese mentado punto en la galaxia. En algún lado está. Hay que seguir buscando.

sábado, 16 de agosto de 2014

Día 90: El pirata

      ¡Qué prominente rodilla! Se corta ahí, y en ningún lado más. Duele un poco. No importa, no es problema. Después duele más. Si, duele, mucho al final. No hay analgésico que corte el dolor de la sierra, que trabaja, sin parar, hasta dejar el muñón de carne, cartílago, sangre y hueso.
      Millones de terminales nerviosas conducen información a mi cerebro. Me informan que duele. Pero yo les retransmito ciertas aclaraciones. Lo hacemos por que queremos. Porque es divertido. Hay que ponerse una pata de palo. Salir a navegar el mundo. Conquistarlo. Como un pirata. ¿Se entiende?.
      Mi cuerpo no estaba preparado para una mutilación amateur. Perdí el conocimiento. Desperté en el hospital, rodeado de médicos y tubos. Les grité con todas mis fuerzas. No recuerdo qué. Algo divertido, seguro. Sé que me miraron extrañados. Pensaron que había tenido un accidente Esos del tipo, se me cayó un elefante sobre mi pierna, y me la partió a la mitad.
      No, nada de eso, explicaba. Estaba algo atontado por el efecto del anestésico, así que las palabras no se me entendían demasiado bien. Parecía borracho. Por ahí abajo sentía como si me hubieran puesto un ejército de hormigas coloradas. Picaba, ardía, quemaba y a su vez latía. Una herida llamativa, pensé. 
      Dicen que las cicatrices dan carácter. Con una pierna menos iba a ser el rey del carácter. Todos me verían, con un nuevo caminar, algo extraño. Los saludaría a todos. Me sonreiré, y pensaré. Me saludan porque me envidian, a mí, con todo el carácter que llevo puesto, tanto carácter para mí, y tan poco para ellos. Lástima. 
      Los días en el hospital pasaron. Me aburría como un hongo renacentista. En mi habitación no tenía vecinos. Las enfermeras eran demasiado parcas como para entablar una conversación interesante, y los doctores cada vez aparecían menos. Me recuperé rápido, para qué negarlo. Deben ser los genes de la abuela. El viejo me contó que una vez a la nonna la atropelló un colectivo, y no se hizo un rasguño. Algo de hulk debía tener la abuela. 
      A la semana me enviaron un psicólogo. Entendieron de buenas a primeras que mi necesidad de cortarme la pierna tenía que tener alguna relación con un brote de locura, o algo así. Me ofendí. Me tomaban por loco. ¿Es que en este hospital no se puede entrar, cortarse una pierna por que sí, y no ser considerado loco?
      Hablamos un buen rato con el psicólogo, le expliqué mis sueños de ser un pirata. Le conté que estaba ahorrando unos pesos, que a fin de año pensaba sacar un préstamo en el banco para comprarme un barco pirata y un loro. Le dije que el barco se va a llamar Dorita II, como la nonna, y el loro no va a tener nombre, porque un nombre para loro era algo demasiado trillado. 
      El psicólogo me recomendó que lo visitara a su consultorio cuando saliera del hospital. Le dije que sí. Pero al final no fui. Tenía miedo que me fuera a encarar, o algo así. No soy de ese tipo de gente.
      Al poco tiempo vino el doctor. Hablamos un poco acerca de cómo me sentía. Le dije que bárbaro. Le conté un poco lo que hablé con el psicólogo y saqué de la almohada una pequeña sierra que pude conseguir de la sala de mantenimiento. Lo miré al doctor y le dije: ahora el brazo. 

viernes, 15 de agosto de 2014

Día 89: De safari

      Un día soleado de diciembre una pareja de tigres salió de safari a la ciudad. Habían planeado por meses la visita. Es que querían conocer a los famosos humanos. Gracias a los servicios de encomiendas de la selva, la pareja felina fue depositada en pleno centro cívico. 
      Lo primero que les sorprendió fue la ausencia de flora, y en consecuencia, la sobreabundancia de humanos. Estaban por doquier. A cada paso dado, un humano. Otro por aquí, otro por acullá. Nadie se percataba de estos dos tigres extrañados.
      El desengaño fue muy grande. Los humanos no eran más que monos sin pelos. Esperaban algo más sorprendente, tipo gigantes de 5 metros de altura, o serpientes lanza fuego, algo así, no minúsculos monos pelados con ropa encima. Señora tigre estaba muy enfadada, se lo diría a su agente de turismo, le pediría que le devuelvan el dinero. Tamaño era su disgusto que profirió un rugido que debe haber sido escuchado por media ciudad.
      Encima de ser muchos monos, eran desatentos. Nadie les prestaba atención. Todos caminaban, atento a sus cosas, con sus maletines y sus celulares. Los transeúntes ignoraban por completo que una pareja de tigres caminaba por el medio de la vereda. Señor tigre tenía un folleto arañado en su garra derecha. Trataba de calmar a la señora tigre. Cariño, repuso señor tigre, seguro que ocurre ésto porque de acuerdo a lo que dice este folleto es hora pico en la ciudad. Es el momento en donde más gente camina. Tal vez no tienen tiempo de prestarnos atención. 
      La señora tigre empezaba a perder la paciencia. En todo el viaje no había comido un solo bocadillo. Se preguntó a qué sabría la carne de mono pelado. No le costó demasiado. Eran bastante débiles. Arrancó con cuidado un pedazo de carne del costado y la probó. ¡Madre de todos los tigres! ¡Ésto es un manjar, pa! exclamó señora tigre. 
      Señor tigre, más contenido al ver feliz a su pareja, mordió el muslo del humano. Tenía razón, era delicioso. Y lo mejor de todo... había sido la caza más fácil realizada en toda la vida de señora tigre, y eso que no era una proveedora de alimentos consumada. No, eso no era lo mejor de todo... lo mejor de todo era que ningún humano se había percatado. No salían huyendo, como el resto de sus presas. Los humanos eran más que dóciles al hecho de dejarse matar. ¡Qué maravilloso! gruñó señor tigre. Quizás con un par de arreglos en el trabajo, tal vez pueda pedir el traslado a la ciudad. 

jueves, 14 de agosto de 2014

Día 88: La lista filtrada

      235 días. 600 días. Rango de fechas. Expiración. El mínimo y el máximo. Ese tiempo le restaba de vida a 97 millones de personas en el mundo. O mejor dicho, a 62 millones de mujeres y a 35 millones de varones, de lo cuales un aproximado de 23 millones serían niños, 30 millones adultos y 44 millones de ancianos. Todos muertos en el transcurso un año. Dentro de 235 días hasta los próximos 600. Esas eras las cifras, innegables como la montaña de Mahoma.
      El documento había sido filtrado el día 11 de mayo de 2119 de las agencias de seguridad del Gobierno en toda la Supranet. De acuerdos a estos informes, que fueron caratulados de secreto clave 8 (máxima seguridad), un total de 369.565 familias completas serán arrasadas de la faz de la Tierra en el año 2120, así como 2.369.595 serán víctimas de accidentes en aeronave.
      La paranoia alcanzó limites insospechados. Algunas preferían el suicidio al hecho de contabilizar una muerte inminente. Aquellos que tenían pronosticada una muerte por enfermedad, de los cuales figuraban 54 millones, buscaron con locura la posibilidad de evadir tal destino. Durante días las ciudades fueron un caos absoluto. 
      Entre tanto, las revueltas. Miles de habitantes salieron a las calles a manifestarse en contra de los controles que se hacía de la población. Miles azotaron las veredas, reclamaban la desmantenlación inmediata de los sistemas intramurales de control ciudadano, así como todo el aparato de vigilancia generados desde gobernación. 
      El 19 de mayo de 2119, en un punto álgido de las manifestaciones mundiales, el presidente del mundo anunció a través de la Supranet, que la filtración del documento XG es una mentira generada desde sectores de la oposición, con motivos de generar inconformidad en la población y desatar una guerra civil para sus propios beneficios. El presidente les recordó que el alcance de las tecnologías humanas aún hacen inaudito predecir algo tan azaroso como la muerte misma. A menos que tengamos extraterrestres encerrados en nuestras bases militares para hacer tal trabajo, bromeó. 
      Los meses pasaron y los relojes del mundo permanecieron atentos al inicio del año 2120. Noticias de diversas agrupaciones periodísticas relacionaron esta expectativa ante el año nuevo con las predicciones de un antiguo narrador llamado Nostradamus. Para tranquilidad del Presidente del mundo y de su gabinete ejecutivo, las filtraciones de las listas de personas que iban a morir a partir del 1 de enero de 2120 en adelante fueron desestimadas en el acto.
      La paz duró poco tiempo, ya que el 10 de Febrero nuevas escuchas videotelefónicas confirmaron un escándalo presidencial de dimensiones épicas. De acuerdo a diversas fuentes de la Supranet, tales escuchas pertenecen al 11 de enero de 2120, momentos después de la conferencia de prensa del Presidente en donde desestima la veracidad del documento XG. En un extracto de conversación con su asistente de Gabinete, se puede escuchar la siguiente información:

      "- ¿Lo encontraron? ¿Quién fue? ¿Ya averiguaron la lista de posibles sospechosos? Alguna rata del sector de información, seguro. Menos mal que de 'Vada' (Aka Base militar Nevada) solo extrajeron el XG, que es la lista del año 2125. Vamos a estar tranquilos. Pero no se por cuánto".

miércoles, 13 de agosto de 2014

Día 87: El artista multifacético

                                                                        ...A Peter Sellers
                                                                                             ...A Philip Seymour Hoffman
                                                                             ...A Robin Williams 


      Pudo ser presidente. Pudo ser maestro de secundaria. También pudo ser escritor. Deseó vivir como un lunático. Quiso vestirse de mujer. Pudo alternar la severidad y la carcajada. Decidió ser todos al mismo tiempo. 
      El artista multifacético no teme ser encasillado. Está más allá. Es un recipiente vacío. Es el molde con el cuál el Creador juega y se divierte. Es una persona que trasgrede su naturaleza, no les importa lo que venga, el ridículo, el desconocido, la grandeza, la insignificancia, lo mismo da. 
      Alguien capaz de retener en la mirada el curso de un huracán. Devasta la composición del individuo. Vive para deconstruir. Destruye. Reconstruye. Su mente es un sinfín de jugarretas. Los buenos, malos momentos, todo se confunde.
      Llega a su casa, y se quita el disfraz. Ahora es un hombre, común y corriente. Las circunstancias de su existencia lo han puesto en un pedestal invisible, metafísico. Debe pagar para merecer, ganar para perder, pelear para sobrevivir. El artista busca el escape. Le gusta la libertad del personaje, esa desfachatez. 
      La fantasía es perfecta, más su cuerpo no lo es. Necesita sentirse libre de las ataduras de una sociedad proclive a las convenciones. Elige múltiples caminos. Fracasos, aciertos, éxitos, errores. Cae en oscuros abismos. Lucha. 
      La vida se le acorta y no se da cuenta, mas ¿qué es la vida, si no un fragmento de sucesos inconexos designados por un mero azar?. El artista multifacético hace las veces de Dante, y a su vez es Virgilio. Tampoco teme estar en las carnes de Beatriz. Sabe que el juicio se acerca. Está próximo. Golpea a la puerta.
      El artista multifacético no se decide. ¿Qué vestir? ¿Qué decir? ¿Cuánto hablar? ¿Qué tanto callar?. Tiene que ser una performance única. Un testimonio de la victoria de la vida sobre la muerte. Un triunfo de la humanidad, de aquí a la posteridad. Ese tiene que ser su papel, grandilocuente, en este gran teatro de luces y sombras. Debe brillar cuando las luces se apaguen. Debe oscurecer cuando la luz nos impida llegar a la verdad. Debe ser testigo, protagonista, director, escritor, tiracables, editor, continuista, asistente de producción. Debe montar solo esa gran obra. Ese testimonio único, ese producto inalienable, de una mente esplendorosa. 

martes, 12 de agosto de 2014

Día 86: El gigante acomplejado

      Había una vez un gigante que vivía en un reino muy, muy lejano. Este gigante no era el típico monstruo que arrasaba aldeas y escupía fuego, era más bien un gigante acomplejado. Tenía miedo de todo. Las cucarachas, los hombres, el sol, las estrellas, el viento, los árboles, los serruchos, los pajaritos, los relojes, las iglesias, el pasto, las piedras. A todo le tenía miedo.
      Este gigante, enorme y miedoso, tenía un gran amigo, que se llamaba Pedro. Pedro vivía con los hombres, y solía visitar al gigante. Cada vez que llegaba a su choza, el gigante se sobresaltaba del temor, hasta que descubría que era su amigo. A Pedro era una de las pocas cosas a las que no le tenía miedo.
      A Pedro le daba tristeza su amigo. Sabía que tenía buen corazón, pero estos complejos no lo dejaban salir a ningún lado. Algo tendría que hacer para solucionar el problema de su amigo. 
      Tuvo muchas ideas, como inventar un ataque de un perro, o de una serpiente, para que lo salve, y no tuvo resultado, el gigante se rehusaba a salir de su casa.
      Pedro no podía dormir en la noche, quería solucionar los miedos de su amigo. Se le ocurrió una idea genial. Prendería fuego la aldea, y su amigo salvaría a todos.
      Otra vez el gigante no salió. Para mal de peores los hombres descubrieron a Pedro, y lo declararon culpable del incendio. Así que lo encerraron en la cárcel.
      Los días pasaron, y el gigante se sentía triste. Extrañaba a su amigo Pedro. Se preguntaba, ¿Adónde habrá ido? Tendría que ir a la ciudad, a preguntarle a los hombres, pero tenía tanto miedo. 
      El gigante dudaba, tenía miedo, pero necesitaba saber de su amigo. Pedro habría hecho lo mismo por él. Ahora se sentía tan mal por haber actuado así. 
      Sin dudarlo más, el gigante salió corriendo hacia la aldea. Grande fue su sorpresa al encontrar a Pedro en la cárcel. El gigante se enteró de todo y se sintió muy triste. Por su culpa habían encerrado a su mejor amigo. Ahora tendría que liberarlo.
      El gigante juntó valor para hablar con los hombres. Les dijo que Pedro era la mejor persona que conocía, y que no era su intención dañar a nadie. Que si había alguien a quien encerrar, era a él.
      Nadie va a encerrar a nadie, dijo una persona. ¿Adivinen quién era? Claro, era Pedro. Ya no estaba en la cárcel. El gigante estaba confundido, no entendía bien lo que pasó.
      Pedro sonrió, y le explicó que lo de la cárcel y el incendio eran todas mentiras. Le habían enseñado una lección, que el valor de tus acciones es más fuerte que todos los miedos, y que si actúas con buen corazón, todo problema puede ser solucionado.
      El gigante volvió a ser feliz, había recuperado a su mejor amigo, y gracias a la lección de Pedro, había ganado muchos más amigos. Esa noche, en la aldea, los hombres organizaron una gran cena en honor a su nuevo amigo. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

lunes, 11 de agosto de 2014

Día 85: Drogación indirecta

      Alertemos a la población acerca de los peligros de la drogación indirecta. La estadística demuestra que 5 de cada 4 elementos tienen la posibilidad de drogarte sin previo aviso. Ya ha sentado un precedente la serie The prisoner. La tierra es el alucinógeno más potente creado hasta la fecha. Cuenta la leyenda que muchos años atrás, un hombre desconocido ha depositado drogas debajo de cada baldosa con la intención de drogar a los habitantes. Por eso recordamos el alerta. 
      Existen muchos síntomas que nos coloca ante un sujeto expuesto a la drogación indirecta. Primero, el individuo luce como drogado. Segundo, tiene un severo grado de despreocupación acerca de las normas de buen comportamiento en la sociedad. Tercero, suelen lanzar objetos contundentes, sea baldosas, heces de perro, cochecitos de bebé o dentaduras postizas. 
      Diferentes agencias de gobiernos a lo largo del mundo han combatido este flagelo en ciernes. Exponen que existen modos de drogación directa que son menos perjudiciales para los habitantes. Además, sostienen que ha habido un incremento de felicidad inusual en la población, y eso es algo que no puede permitirse bajo ningún punto de vista.
      Por esta razón se ha instaurado un régimen de delación, gratuito y anónimo. Si usted ve a su vecino más feliz de lo normal, es posible que haya caído víctima de la drogación indirecta. Llame a las líneas de asistencia al drogado indirecto, y las operadoras les dará los pasos a seguir. No hay que preocuparse, no es ser buchón, es cumplir con los derechos de no tolerar lo ajeno.  
      Los invitamos a unirse a los programas de conscientización ciudadana, en donde se explican los peligros de la drogación indirecta y la felicidad hiperbólica. No dude en ser un delator, su sociedad lo requiere, harto y enojado. Los esperamos. 


domingo, 10 de agosto de 2014

Día 84: El club de los miserables

      Se reúnen una vez al mes, para no armar mucho jaleo. Las reuniones son cortas, milimétricas. Los socios del club de los miserables poco aportan a la causa, es que el precio de las cosas está por las nubes. A veces algún afiliado trae un canapé para compartir durante el encuentro, pero eso ocurre con rara frecuencia.
      Todavía no se sabe con certeza si los asociados al club buscan ser curados o, por el contrario, exacerbar los patrones de su conducta. Motivos para sostener ambas posturas abundan. Como cualquier reunión de gente con problemas, las socios utilizan el espacio abierto para compartir sus experiencias. Incluso tienen un especialista en cuestiones de miseria.
      De acuerdo al Doctor Tricornio existen dos categorías de miserables, los abstemios y los controladores. El miserable abstemio es aquel cuya conducta tiende a realizar sacrificios innecesarios, ya sea abandonar por completo la bebida o dejar de abrir la ventana para no ver más al sol. Por lo general, este tipo de personas creen que la tenacidad de su sacrificio es un modo de restablecer un balance cósmico que ni siquiera ellos mismos conocen. Los abstemios suelen confundiste entre los practicantes de religión y los cultores del new age, por lo tanto es labor del Doctor Tricornio su correcta distinción
      El caso del miserable controlador aún es más complejo, dado sus tintes neuróticos. En este caso, el sujeto tiende a realizar pequeños actos insignificantes con el fin de estar tranquilo. Sus actitudes rozan el espectro del trastorno obsesivo compulsivo. Son personas que un día pueden tratar de limitar sus contactos sexuales, con propósitos meramente desconocidos, o llegar a administrar sus comidas de acuerdo a rigurosas limitaciones nutricionales. Si bien, a diferencia del abstemio, los controladores pueden llevar una vida social aceptable, sus conductas son más susceptibles de caer en cuadros psicológicos de mayor tenor. Por lo demás, suelen considerarse un dolor de huevos, nos aclara el Doctor.
      Si bien en las reuniones el Doctor Tricornio encuentra la típica resistencia del enfermo mental a ser curado, sus esfuerzos dedicados a encontrar curas y alternativas al mal que aqueja a los miserables no merma. Sus métodos son cuestionables, pero los resultados a mediano y largo plazo avalan los fundamentos de su terapia. 
      El Doctor nos explica que sus métodos no son restrictivos de acuerdo a la categoría del paciente. Más bien por el contrario, abarca un gran espectro de posibilidades. La experiencia del club de los miserables da cuenta de contagio de categorías y ritos a partir de las reuniones. Por lo tanto, se busca extirpar de raíz ciertos motivadores primarios del acto miserable.
      En primera instancia, el Doctor Tricornio exige con antelación el pago de una cuota social, la cual aumenta, en el transcurso de la sesión, tres veces. Este fondo monetario permite la compra de instrumentos empleados para la cura de sus pacientes: jeringas, strippers, marihuana, alcohol, chocolate, ceniceros, fotografías del sol, y demases utensilios. Luego de quince minutos de presentaciones, se da lugar a una orgía y/o bacanal ritual destinada a purgar los malos hábitos que aquejan al miserable.
      No es necesario decir que esta clase de reuniones, con tantas libertades, se han ganado la antipatía de varios sectores de la sociedad. Por fortuna, el club de los miserables es una asociación anónima inscrita bajo la ley, y sus fines privados no se interponen con su manifiesto inicial. El doctor Tricornio agrega: "La sociedad no está dispuesta a derrocar el hábito generado por el tabú. Es un estado de alerta que se genera a partir de la habituación al aparato cultural. Los individuos defienden sus causas, y olvidan que respecto a la naturaleza humana, existen ciertas pautas actitudinales que son irreductibles a una defensa. El ser humano tiende al exceso, y en muchos casos, para contrarrestar el rechazo que se genera a partir del estamento cultural, los sujetos tienden a caer en el acto miserable. Razón por la cual podemos concluir que la miseria es el revés sintomático del exceso".

sábado, 9 de agosto de 2014

Día 83: Lo que deja la muerte

      En ciertas necrópolis se respira un cierto aire a vida. Los seres vivos caminan por la ciudadela cuan si fueren muertos. Los monumentos son la continuidad de un espíritu fundador que prosigue por entre las tumbas. Los mausoleos preguntan por sus intrigas. 
      Los pasillos figuran un viaje eterno a un tiempo que no fue. Historias de pasos, recuerdos, fluyen hacia el mismo destino, la posada de un descanso. Caen las hojas. Vuelan con el viento.
      Un hombre camina. Comprueba que todo esté en orden. Tiene un enorme reloj colgado por el cuello. Anuncia la medianoche. El nuevo día del muerto. Reciben con gracia al mensajero. Ahora la necrópolis es soledad.
      Aprovechan para estirar sus articulaciones. Los muertos charlan sobre cosas cotidianas. Leen las noticias, corren, escriben en sus diarios personales. Y tienen sus recuerdos. Recuerdos de vida, que vuelven a nacer. Los recuerdos recorren los paredones, atraviesan los sepulcros. 
      La noche dibuja sus círculos. El hombre fuma y sonríe. Recuerda sus propios momentos de muerto. Ahora está vivo, y ya nada importa. Pero le gusta su trabajo, le gusta verlos agitarse, como niños. 
      Son tres horas. Nada más. No hay que despertar al vecindario. A los muertos les gusta gritar. Eso les hace felices. Pero son tres horas. Nada más. Y las horas en el reloj pasan. Ese reloj colgado al cuello les avisa el fin de la jornada.
      El camino hacia sus moradas dura un par de minutos. Los muertos se saludan con afecto. Se dan besos. Se dicen hasta mañana. Van a soñar a sus tumbas. Ilusionados, a la espera de un nuevo día. 

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