martes, 26 de agosto de 2014

Día 101: Vamos a comer

      Alguien escondió los bizcochitos. Alguien que esperaba alimentar a una bestia primigenia, adicta a una masa de harina cocinada. Es el descaro del hambre invisible. El animal ante su presa ejerce una visión descarnada del sofisma elemental.
      La bestia, desde joven, ha evitado el regadío innecesario de cuerpos. Sólo come bizcochitos. Son ricos. Sus estómagos no los rechazan. Ahora la bestia está furiosa. Alguien escondió los bizcochitos.
      Cuánta maldad existe en el universo  como para tentar su capacidad de control alimentario. Por los senderos de la falta de bizcochitos transita la bestia. Nadie va a decir que no esperaban que tarde o temprano salga a cazar, tal como lo hacían sus padres.
      Quería vivir en paz, pero no le quedaba otra. Había que probar la carne humana. Esta noche cercará a una víctima, llena de sucedáneos de bizcochitos, y se la comería toda. No dejará ni un mísero pedazo. Deglutirá cada centímetro de carne en sus entrañas. Y no parará. Hasta que le devuelvan sus bizcochitos.
      A decir verdad, tampoco estaba tan mal la idea de comer carne humana. De ese modo dejaría ser un paria en la sociedad de monstruos. Ya no lo verían tan raro a él, con su cajón de bizcochitos. Pertenecer a la sociedad, soñaba la bestia.
      Al fin podría contar anécdotas de cacerías entre sus pares, sin pasar vergüenza.  Se sentaría a la mesa, y ordenaría un cubo repleto de sangre, y se lo tomaría todo. Sacaría a bailar a su antigua amada. Le haría saber que ahora es una bestia reformada. 
      Pero no. No. Ese no era el modo. No traicionaría la bestia a su amigo, el panadero. Tampoco se lo comería. Eso sí que sería una desgracia. Aguantaría el hambre, so riesgo de muerte. Esperaría un día más para engullir a su víctima. 

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