sábado, 30 de agosto de 2014

Día 104: Discurso de premiación

      ¡Pero qué mal me siento! La cabeza me da vueltas. No tendría que haber tomado tanto anoche. Ahora soy una destilería caminando. Apesto a borracho. ¿Qué digo? ¿Qué digo? Estoy nervioso, nunca antes me habían premiado. Hay mucha gente. Todos me miran. Esperan que diga algo. No sé, que me siento feliz por recibir este premio, que voy a donar el dinero a los carenciados, que me voy a bañar con un cubo de mierda. No sé. Algo. 
      Mirá, ahí están mis compañeros del colisionador de partículas. Si los saludo, me va a dar algo de tiempo. Creía que me odiaban. El tiempo cura toda herida, dicen. Por ahí ahora aprendieron a quererme un poco más, ahora que soy un científico exitoso. Al lado de mamá y papá está el Dr. Miceli, mi compañero de experimentos. Cúanta locura, por favor. Pensar en una solución para la calvicie, algo tan... descabellado. Lo reconozco, la cabeza sin pelos le queda bien. También me saluda. Qué importante que soy.
      Papá me hace gestos obscenos. No puede evitar cualquier situación para demostrar el amor que me tiene. Mamá encendió un cigarrillo. Ni siquiera mira al escenario, está concentrada en un cantante famoso, de esos que le gusta a ella. Qué bonita es mi familia. Los quiero, incluso a mis clones. Gracias por venir. Les tiro besos a todos.
      Bueno, voy a aclarar mi garganta. Algo va a salir. Empiezo por agradecer a todos los presentes. A los señores organizadores de tan prestigiosa institución. Quiero dedicar mi premio Nobel a todos los que creyeron en mí, y a los que no también. Como todo el público presente sabe, la carrera de la ciencia es un camino arduo y sacrificado. Hay muchos compañeros que quedaron atrás, y se merecen por igual este premio. A todos ellos les digo: ¡TOMEN, TOMEN! ¡agárrenme ésta!.
      No, eso no, quedé mal. Me miran feo. No tendría que haberlo dicho. Capaz que si no hubiese hecho ese gesto con la mano en mi entrepierna, habría pasado por un malentendido. Cómo la arreglo. Ah, sí. Perdón a todos, es que me cambiaron las pastillas. Esa maldita sirvienta indoeuropea. Nunca  los contraten, en el momento menos pensado los drogan. No, eso tampoco está bien. Bueno, gracias a todos. El doctor Coniglio acepta su premio.
      Ya está, ya pasó. Menos mal que no se dieron cuenta que estoy desnudo. Mi papá se paró de vuelta, tiene una escoba en la mano, creo que dicen algo.

      Despertate. Despertate, sabandija.

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