domingo, 31 de agosto de 2014

Día 105: Las amantes del aquelarre

      En tiempos de persecución conocieron el amor. Atraídas por el influjo de una oscura perversión unieron sus cuerpos. Entre el incienso y las cenizas, así las descubrieron, desnudas, luego de hacer el amor.
      La condena usual contra los actos sexuales realizados entre personas del mismo sexo era el de herejía. Así fue. A eso se sumaban los rumores del pueblo. Sospechas de brujería en el bosque. Cuando asome el alba, ambas mujeres formarían parte de la hoguera. Tendrían la oportunidad de asumir sus pecados. Podrían rogar por una absolución eterna. Morirían bajo el manto del Señor si admitían su condición.

      Las horas previas al evento pasaron. Se respiraba tensión en el aire. Quince años pasaron. Desde entonces, ni una sola bruja había sido quemada. De la noche a la mañana, aparecen el pueblo dos brujas cometiendo un acto indecente, abominable.
      Las mujeres, apenas unas niñas, permanecían tomadas de las manos. En silencio. Pensaban en el aquelarre. Tiempos mejores. Conjuros, rituales, secretos develados bajo un trance divino. Las mieles del amor. Muy por lo bajo tarareaban una canción infantil. Las brujas aceptaban su destino, con la solemnidad de un hombre de guerra.
      Las llamaron por sus nombres. Los verdugos las ayudaron a ponerse de pie, para que no se tropezaran con sus cadenas. El reverendo aguardaba, con la Sagrada Escritura en una mano, y un cáliz dorado en la otra. Se inclinó ante las muchachas, y rogó a Dios por su perdón. Que las vuelva a aceptar en el seno de su rebaño. Son corderos que han perdido el camino. Solo tenían que aceptar el sacramento divino y ofrecer su carne, su sangre al señor.
      El reverendo ofreció el cáliz. Las mujeres lo escupieron. Tan fácil habría resultado escapar. Todos tan ciegos. Tan débiles. Prefirieron honrar sus votos. No traicionar a la Orden. La vida del aquelarre estaría asegurada por unos cuantos siglos más. Con un gesto apenas perceptible, una de las brujas tomó la antorcha que sostenía el verdugo y gritó: ¡Cthulhu  fhtagn! ¡Cthulhu fhtagn! para luego dejar que las llamas devoren poco a poco sus huesos.

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