viernes, 1 de agosto de 2014

Día 75: Tren fantasma

      Morrison consultaba su reloj, una vez más. El tren debería haber llegado hace veinte minutos. Estaba apurado por llegar a su destino. De hecho, el tren no se atrasaba nunca tanto. 
      La estación estaba vacía, salvo Morrison y un par de guardas que descansaban al borde de una escalera. Desde las cuatro de la mañana no paraba de llover. Y ya eran las seis.
      Morrison agitaba su maletín. Recordó su último viaje a las Minas. Los trabajadores no estaban muy complacidos de verlo. Pero, ¿Qué podía hacer él, un insignificante agente del Gobierno?. Les explicó que solo tenía que inspeccionar las áreas de trabajo y reportar en su informe los posibles riesgos. Nada más. Nadie perdería su trabajo. Pero no hay persona que lo entiendan. Hablan a través del miedo que congela su garganta. Actúan como los monos en defensa de su cría o bien preciado.
      La campana que anuncia el próximo tren sacudió a Morrison de sus pensamientos. Tal como acostumbraba, Morrison se asomó para buscar el vagón más vacío. Por suerte, el tercer compartimiento parecía desierto. Tomó asiento del lado de la ventana. 
      El tren inició su lenta marcha. Morrison estaba cansado y decidió tomarse una siesta. Unos minutos después sintió que alguien ocupaba el asiento frente al suyo. Morrison se desperezó. Un curioso hombre le sonreía. El tipo parecía sacado de una novela de Jane Austen. Portaba una galera y un traje de corte decimonónico. A Morrison no le importó demasiado, las modas actuales lo tenían sin cuidado.
      El hombre hizo un ademán y se presentó como Pierre. Le dio la bienvenida al tren y le deseó un buen viaje. Me saluda como su fuese su tren. Debe ser alguna especie de millonario excéntrico, pensaba Morrison.
      Pierre le señaló su maletín. Le preguntó si era doctor. Morrison rió. No, para nada, era inspector de riesgos laborales. Adentro del maletín no tenía nada que pudiera salvar una sola vida. Pierre le contó que él se dedicaba a escuchar historias. No es una labor muy usual, explicaba. Podría llamarme algo así como un historiador.
      El tren se detuvo en la próxima estación. Morrison escuchaba atento a las historias de su acompañante. Estaba embelesado. Nunca había escuchado tantas anécdotas de tiempos remotos con semejante precisión. Parecía como si lo hubiera vivido todo. 
      Pierre le confesó que de todas las historias sus favoritas son los accidentes  ferroviarios. Un pasatiempo un tanto morboso, lo sé, agregó. Morrison le contó a Pierre que hace unos días él también tuvo un accidente, pero en su auto. Manejaba por la ruta, camino a su casa, y perdió el control del vehículo. Chocó contra una planta. Un accidente extraño, dijo Pierre, que lo miraba con gesto de sumo interés. 
      Es verdad, concedió Morrison. El auto quedó hecho pedazos. Sin embargo, salí ileso, sin ningún daño, es increíble. Pierre lo miraba, con semblante alegre. La vida a veces esconde sus secretos, señor Morrison.
      El sonido de otro tren interrumpió la charla. Morrison se asomó por la ventana. En efecto, un tren se aproximaba por la misma vía, y la colisión era inminente. Pierre seguía sentado, dispuesto a seguir la charla, como si nada ocurriese. 
      Morrison cerró los ojos. Pierre lo palmeó. Le preguntó si se sentía bien. Morrison le dijo que necesitaba caminar para estirar las piernas. Se paró y caminó hacia el vagón contiguo. 
      El ruido del tren lo obligó a taparse los oídos. Nadie se lo creería. El tren lo estaba atravesando. Si se concentraba, podía llegar a vislumbrar a los pasajeros del otro tren, cruzando a través de su cuerpo, como fantasmas. 
      Los pasajeros no se inmutaron. Morrison sintió que estaba a punto de desmayarse. Un hombre se acercó a sostenerlo. Era Pierre, que lo miraba, preocupado. 
      Morrison lo vio. Sus ojos. Los ojos de los pasajeros. El reflejo de cientos de órbitas oculares se centraban en él. Miradas vacuas,  carentes de brillo.

No hay comentarios.:

Linkwithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...