sábado, 2 de agosto de 2014

Día 76: El libro blanco

      Hace unos cinco años llegaron a mis oídos rumores acerca de la existencia de un llamado Libro blanco. De acuerdo a estas habladurías, la existencia misma de un libro con tales características representaba una contradicción lógica. Historias de caballeros, princesas no rescatadas, robots que viajan a distantes planetas, extrañas novelas, lo nunca visto. El libro blanco era un compendio de historias inéditas, y a su vez, no era. 
      Las hojas del libro permanecían, como su nombre, en blanco. Las letras aparecían ante el lector, como un hechizo ancestral, en su misma lengua madre.
      Según lo que me han contado, el libro blanco no posee un encuadernado muy llamativo. En la portada aparece un círculo, pintado de blanco, y el resto de la tapa es toda verde. No hay títulos, ni anotaciones, ni mensajes secretos, tan solo el círculo, en el centro, invitando al lector a ingresar a un mundo desconocido y hostil por sus semejanzas.
      Los pocos privilegiados que han tenido acceso al libro poco han vivido para contarlo. Muchos han recurrido al suicidio, víctimas de su propia locura. Hay que imaginarse, todo el conocimiento de un mundo aún no inventado, que se despliega como un fractal ilimitado, ante ojos ávidos de información.
      El libro blanco representa la fantasía de lo nuevo. Es esa posibilidad de transgredir las leyes del eterno retorno. Es la tentación de la manzana. Quizás algo más.
      Desde ese punto de partida se entiende que un objeto así despierte la curiosidad de miles, que pululan a través de extensas bibliotecas, en busca de una respuesta que es por demás, aberrante.
Imagino un punto en el que converge la locura y la existencia de la totalidad de nuestra humanidad. Todos de cara a un precipicio. Se espera la respuesta del abismo. 
      A mí, en particular, no me ha llamado la atención tal libro. Lo creo una leyenda urbana, una mentira creada para la mente curiosa. Me sorprende que nadie se haya preguntado acerca de su autoría. ¿Dónde comienza y dónde termina, me pregunto? ¿Es autor el lector, que emite a través de su cerebro ideas que se imprimen a través de un mágico mecanismo en las páginas del libro? ¿O el lector es un recipiente dónde se deposita el saber acumulado de una literatura aún no descubierta?
      Incluso podría aventurar que el libro blanco es el resultado de la permutación de miles de textos de millones de autores, una especie de ejercicio de combinatoria.
      Me gustaría creer en la existencia de un libro blanco, mejor aún. Quisiera creer que existen muchos libros blancos, al alcance del mundo entero. Y que cada lector pueda depositar su mano sobre la portada, y al mirar el círculo piense en esa única palabra. Esa palabra que lo define todo.

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