lunes, 4 de agosto de 2014

Día 78: La rebelión

      Conocían el camino de memoria. A la bajada de la montaña, luego del primer risco, doblar a la derecha. Seguir derecho unos doscientos metros, hasta descender a la granja. Esa tarde decidieron olvidar el camino de vuelta a casa. Ensayaron lo que algunos dan por llamar una rebelión. 
      Acortaron el camino del descenso hacia la próxima carretera. Esperaron pacientes el próximo autobús. El chofer no daba crédito a la escena. Antes de indagar en un posible acceso de locura, ubicó a sus pasajeros en los asientos del fondo. 
      Pararon en la ciudad. El pequeño contingente de rebeldes no superaba los quince. La cabeza del grupo optó por tomar una cerveza en un bar próximo al centro. No tenían dinero. No tenían modo de comunicarse. La escena es difícil de describir, aunque quizás fácil de imaginar. Lo único que hay que decir es que tomaron cerveza por la fuerza, y la gente miraba asombrada. 
      Todo hubiera sido normal, dentro del severo grado de anormalidad, hasta que a una del grupo se le ocurrió robar un banco. Era raro para alguien de la montaña, más raro para este grupo. Las personas estaban incómodas. Se preguntaban entre ellos, ¿para qué querrán el dinero?, ¿por qué le dejamos que nos roben?. 
      Nadie podía explicarlo. Dejaban que ocurriera. Quizás les parecía divertido la escena. Algunos recordaban una película en que se volvían asesinas. En este caso no había tan grado de organización. Las acciones parecías regidas por alguna especie de deleite caótico. Tomar cerveza, robar bancos, dejar excrementos en monumentos. Ese era más o menos el plan de acción. Hasta que algo se salió de control.
      Las beligerantes querían más. No estaban contentos con robar bancos o pisotear ancianos. Un par de voces dentro del grupo instó a los rebeldes a tomar la ciudad. Los aldeanos, temerosos de un futuro regido por actos de vandalismo, decidieron contratar a un sicario. 
      El conflicto armado no duró más de una hora. El sicario, sorprendido ante el encargo, realizó su trabajo. Les preguntó, ¿por qué? ¿no lo podían hacer ellos?. Pero tomaron la ciudad, toman cerveza, roban bancos, era la respuesta. El sicario no entendió demasiado. Las mató a todas. Vio todos los cuerpos desparramados en el piso. No eran más que simples ovejas. 



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