martes, 5 de agosto de 2014

Día 79: Sol

      Un poco de rayos ultravioletas. La capa de ozono se ocupa de su tarea, y el resultado es un bronceado extraordinario. Las chicas te miran. Es esa piel salida como del caribe. Luego de chusmear al espejo, te das cuenta que te cambiaron de cuerpo.
      No es una metáfora. Te cambiaron de cuerpo. Sos otro. Estabas durmiendo, tranquilo, mientras recibías un baño de sol, y alguien vino y te puso otro cuerpo. Luego de pensar un poco, te das cuenta que además pensás como otro. Sos menos mal humorado, un poco más paciente con la vida, y un tanto más sabio. Por otro lado perdiste ciertos impulsos vitales. Los cambios compensan, dicen. 
      Además descubriste que ya no tenés canas. Sos joven de vuelta. O mejor dicho, el otro cuerpo era viejo, este es joven. Tampoco hay arrugas. Pero el perro, la esposa y los hijos, tampoco existen. Después de unos treinta minutos te percatás de que todavía tenés clavada una jeringa en el brazo. Mirás de nuevo al espejo. Hay ojeras.
      Te vestís como podés, y salís de raje al registro civil. Preguntás por tu nombre antiguo, si es que existe. Pero no. Alguien ha borrado tu anterior existencia de la faz de la Tierra. 
      No queda otra alternativa. Hay que volver al sol. Tomarse otra siesta, y ver si se revierte el efecto. Una nueva tanda de rayos ultravioletas. Cara contra el espejo. No hay efecto. El mismo nuevo rostro.
      En ese momento te das cuenta que sabés cosas que no sabías. También ignorás otras tantas que antes manejabas al dedillo La vida, otra vez, equilibra. Te quitan un poco de allá, te agregan otro poco de acá. De repente sos una nueva estatua. Lista para asomar a las veredas del Louvre. 
      Estás sentado, con una botella de whisky en la mano. Tomás, y te gusta. Tu yo antiguo no bebía. Anhelás ser quien eras, de nuevo. Volver todo a la normalidad. Pero, ¿qué es la normalidad? ¿gente matándose entre si? ¿un gato nombrado alcalde de una ciudad? ¿rituales para abrir las piernas en 67 grados exactos?
      Esas preguntas no habrían salido de su cabeza. Al menos de su cabeza anterior. Este cerebro al parecer es bastante más inquieto. Quiere salir del cráneo. Es un cerebro aventurero. Le das un machete y te entra solito a la selva. 
      Dentro de una semana te familiarizás con tu nueva vida. Te das cuenta que no está tan mal. Hay que pulir algunas cosas, desechar otras. Pero no está tan mal. De a poco olvidás tu yo antiguo. Cada vez te parece más extraño. Por primera vez abrís la billetera, para ver cómo te llamás. Tampoco es un nombre tan feo. 
      Caés en la cuenta de que el cambio tal vez sí lo deseabas. Quizás no lo dijiste con palabras. Tal vez lo emitiste en el lenguaje solar. Y el sol escuchó tu plegaria, y decidió actuar. Después de todo, el sol tampoco estuvo tan mal. 


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