viernes, 8 de agosto de 2014

Día 82: El engaño del espejo

      El espejo atravesaba, con su mirada horizontal, el rostro de sus acólitos. Les había ordenado un imposible. No esperaba una respuesta negativa, dado su tiránico afán de conquistar la península.
      Invitó a sus sirvientes a tomar lugar en la mesa. La comida no debía esperar. Los cuatro partícipes del rito cruzaron sus miradas. Pensaban cosas similares. Más que nada cuándo iba a terminar todo ese engaño. Aún así, ninguno estaba dispuesto a ceder al magnetismo de la orden especular.
      Hay que romperlo, hay que romperlo. Hacerlo trizas, solo así los liberaría. Solo así volverían a ser personas. Pero callaban. La idea rondaba por sus mentes, como el cuchillo que azota la carne con su filo.
      El silencio obligaba. No lo puedo soportar, no lo puedo soportar, pasaba por la mente de Atkinson. Rozaba sus neuronas una idea criminal. Acabar con el cansancio. Ese temor que le impedía salir corriendo de la habitación. 
      Atkinson se puso de pie. Caminaba alrededor de la mesa. Sus círculos se tornaban cada vez más ligeros. El murmullo se hacía cada vez más sonoro. Hasta que el grito insostenible No lo puedo soportar, no lo puedo soportar. Agitaba los brazos, miraba a sus compañeros, como instándoles a hacer lo mismo. 
      Ellos lo miraban. Pero no dejaron de comer. Estaba perdido, pronto moriría. Atkinson, en su rapto de iluminación, tomó la silla que ocupaba un compañero, con tal fuerza, que su cuerpo cayó de bruces al piso.       
     Tanto, tanto que no podía soportar, Atkinson dejó que sus manos soltaran la silla y terminara su vuelo contra el espejo. En cuestión de segundos, astillas volaron por todo el salón. Del espejo no quedó ni polvo, y tampoco de las personas que ocupaban las sillas. 

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