sábado, 9 de agosto de 2014

Día 83: Lo que deja la muerte

      En ciertas necrópolis se respira un cierto aire a vida. Los seres vivos caminan por la ciudadela cuan si fueren muertos. Los monumentos son la continuidad de un espíritu fundador que prosigue por entre las tumbas. Los mausoleos preguntan por sus intrigas. 
      Los pasillos figuran un viaje eterno a un tiempo que no fue. Historias de pasos, recuerdos, fluyen hacia el mismo destino, la posada de un descanso. Caen las hojas. Vuelan con el viento.
      Un hombre camina. Comprueba que todo esté en orden. Tiene un enorme reloj colgado por el cuello. Anuncia la medianoche. El nuevo día del muerto. Reciben con gracia al mensajero. Ahora la necrópolis es soledad.
      Aprovechan para estirar sus articulaciones. Los muertos charlan sobre cosas cotidianas. Leen las noticias, corren, escriben en sus diarios personales. Y tienen sus recuerdos. Recuerdos de vida, que vuelven a nacer. Los recuerdos recorren los paredones, atraviesan los sepulcros. 
      La noche dibuja sus círculos. El hombre fuma y sonríe. Recuerda sus propios momentos de muerto. Ahora está vivo, y ya nada importa. Pero le gusta su trabajo, le gusta verlos agitarse, como niños. 
      Son tres horas. Nada más. No hay que despertar al vecindario. A los muertos les gusta gritar. Eso les hace felices. Pero son tres horas. Nada más. Y las horas en el reloj pasan. Ese reloj colgado al cuello les avisa el fin de la jornada.
      El camino hacia sus moradas dura un par de minutos. Los muertos se saludan con afecto. Se dan besos. Se dicen hasta mañana. Van a soñar a sus tumbas. Ilusionados, a la espera de un nuevo día. 

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