martes, 12 de agosto de 2014

Día 86: El gigante acomplejado

      Había una vez un gigante que vivía en un reino muy, muy lejano. Este gigante no era el típico monstruo que arrasaba aldeas y escupía fuego, era más bien un gigante acomplejado. Tenía miedo de todo. Las cucarachas, los hombres, el sol, las estrellas, el viento, los árboles, los serruchos, los pajaritos, los relojes, las iglesias, el pasto, las piedras. A todo le tenía miedo.
      Este gigante, enorme y miedoso, tenía un gran amigo, que se llamaba Pedro. Pedro vivía con los hombres, y solía visitar al gigante. Cada vez que llegaba a su choza, el gigante se sobresaltaba del temor, hasta que descubría que era su amigo. A Pedro era una de las pocas cosas a las que no le tenía miedo.
      A Pedro le daba tristeza su amigo. Sabía que tenía buen corazón, pero estos complejos no lo dejaban salir a ningún lado. Algo tendría que hacer para solucionar el problema de su amigo. 
      Tuvo muchas ideas, como inventar un ataque de un perro, o de una serpiente, para que lo salve, y no tuvo resultado, el gigante se rehusaba a salir de su casa.
      Pedro no podía dormir en la noche, quería solucionar los miedos de su amigo. Se le ocurrió una idea genial. Prendería fuego la aldea, y su amigo salvaría a todos.
      Otra vez el gigante no salió. Para mal de peores los hombres descubrieron a Pedro, y lo declararon culpable del incendio. Así que lo encerraron en la cárcel.
      Los días pasaron, y el gigante se sentía triste. Extrañaba a su amigo Pedro. Se preguntaba, ¿Adónde habrá ido? Tendría que ir a la ciudad, a preguntarle a los hombres, pero tenía tanto miedo. 
      El gigante dudaba, tenía miedo, pero necesitaba saber de su amigo. Pedro habría hecho lo mismo por él. Ahora se sentía tan mal por haber actuado así. 
      Sin dudarlo más, el gigante salió corriendo hacia la aldea. Grande fue su sorpresa al encontrar a Pedro en la cárcel. El gigante se enteró de todo y se sintió muy triste. Por su culpa habían encerrado a su mejor amigo. Ahora tendría que liberarlo.
      El gigante juntó valor para hablar con los hombres. Les dijo que Pedro era la mejor persona que conocía, y que no era su intención dañar a nadie. Que si había alguien a quien encerrar, era a él.
      Nadie va a encerrar a nadie, dijo una persona. ¿Adivinen quién era? Claro, era Pedro. Ya no estaba en la cárcel. El gigante estaba confundido, no entendía bien lo que pasó.
      Pedro sonrió, y le explicó que lo de la cárcel y el incendio eran todas mentiras. Le habían enseñado una lección, que el valor de tus acciones es más fuerte que todos los miedos, y que si actúas con buen corazón, todo problema puede ser solucionado.
      El gigante volvió a ser feliz, había recuperado a su mejor amigo, y gracias a la lección de Pedro, había ganado muchos más amigos. Esa noche, en la aldea, los hombres organizaron una gran cena en honor a su nuevo amigo. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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