miércoles, 13 de agosto de 2014

Día 87: El artista multifacético

                                                                        ...A Peter Sellers
                                                                                             ...A Philip Seymour Hoffman
                                                                             ...A Robin Williams 


      Pudo ser presidente. Pudo ser maestro de secundaria. También pudo ser escritor. Deseó vivir como un lunático. Quiso vestirse de mujer. Pudo alternar la severidad y la carcajada. Decidió ser todos al mismo tiempo. 
      El artista multifacético no teme ser encasillado. Está más allá. Es un recipiente vacío. Es el molde con el cuál el Creador juega y se divierte. Es una persona que trasgrede su naturaleza, no les importa lo que venga, el ridículo, el desconocido, la grandeza, la insignificancia, lo mismo da. 
      Alguien capaz de retener en la mirada el curso de un huracán. Devasta la composición del individuo. Vive para deconstruir. Destruye. Reconstruye. Su mente es un sinfín de jugarretas. Los buenos, malos momentos, todo se confunde.
      Llega a su casa, y se quita el disfraz. Ahora es un hombre, común y corriente. Las circunstancias de su existencia lo han puesto en un pedestal invisible, metafísico. Debe pagar para merecer, ganar para perder, pelear para sobrevivir. El artista busca el escape. Le gusta la libertad del personaje, esa desfachatez. 
      La fantasía es perfecta, más su cuerpo no lo es. Necesita sentirse libre de las ataduras de una sociedad proclive a las convenciones. Elige múltiples caminos. Fracasos, aciertos, éxitos, errores. Cae en oscuros abismos. Lucha. 
      La vida se le acorta y no se da cuenta, mas ¿qué es la vida, si no un fragmento de sucesos inconexos designados por un mero azar?. El artista multifacético hace las veces de Dante, y a su vez es Virgilio. Tampoco teme estar en las carnes de Beatriz. Sabe que el juicio se acerca. Está próximo. Golpea a la puerta.
      El artista multifacético no se decide. ¿Qué vestir? ¿Qué decir? ¿Cuánto hablar? ¿Qué tanto callar?. Tiene que ser una performance única. Un testimonio de la victoria de la vida sobre la muerte. Un triunfo de la humanidad, de aquí a la posteridad. Ese tiene que ser su papel, grandilocuente, en este gran teatro de luces y sombras. Debe brillar cuando las luces se apaguen. Debe oscurecer cuando la luz nos impida llegar a la verdad. Debe ser testigo, protagonista, director, escritor, tiracables, editor, continuista, asistente de producción. Debe montar solo esa gran obra. Ese testimonio único, ese producto inalienable, de una mente esplendorosa. 

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