viernes, 15 de agosto de 2014

Día 89: De safari

      Un día soleado de diciembre una pareja de tigres salió de safari a la ciudad. Habían planeado por meses la visita. Es que querían conocer a los famosos humanos. Gracias a los servicios de encomiendas de la selva, la pareja felina fue depositada en pleno centro cívico. 
      Lo primero que les sorprendió fue la ausencia de flora, y en consecuencia, la sobreabundancia de humanos. Estaban por doquier. A cada paso dado, un humano. Otro por aquí, otro por acullá. Nadie se percataba de estos dos tigres extrañados.
      El desengaño fue muy grande. Los humanos no eran más que monos sin pelos. Esperaban algo más sorprendente, tipo gigantes de 5 metros de altura, o serpientes lanza fuego, algo así, no minúsculos monos pelados con ropa encima. Señora tigre estaba muy enfadada, se lo diría a su agente de turismo, le pediría que le devuelvan el dinero. Tamaño era su disgusto que profirió un rugido que debe haber sido escuchado por media ciudad.
      Encima de ser muchos monos, eran desatentos. Nadie les prestaba atención. Todos caminaban, atento a sus cosas, con sus maletines y sus celulares. Los transeúntes ignoraban por completo que una pareja de tigres caminaba por el medio de la vereda. Señor tigre tenía un folleto arañado en su garra derecha. Trataba de calmar a la señora tigre. Cariño, repuso señor tigre, seguro que ocurre ésto porque de acuerdo a lo que dice este folleto es hora pico en la ciudad. Es el momento en donde más gente camina. Tal vez no tienen tiempo de prestarnos atención. 
      La señora tigre empezaba a perder la paciencia. En todo el viaje no había comido un solo bocadillo. Se preguntó a qué sabría la carne de mono pelado. No le costó demasiado. Eran bastante débiles. Arrancó con cuidado un pedazo de carne del costado y la probó. ¡Madre de todos los tigres! ¡Ésto es un manjar, pa! exclamó señora tigre. 
      Señor tigre, más contenido al ver feliz a su pareja, mordió el muslo del humano. Tenía razón, era delicioso. Y lo mejor de todo... había sido la caza más fácil realizada en toda la vida de señora tigre, y eso que no era una proveedora de alimentos consumada. No, eso no era lo mejor de todo... lo mejor de todo era que ningún humano se había percatado. No salían huyendo, como el resto de sus presas. Los humanos eran más que dóciles al hecho de dejarse matar. ¡Qué maravilloso! gruñó señor tigre. Quizás con un par de arreglos en el trabajo, tal vez pueda pedir el traslado a la ciudad. 

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