sábado, 16 de agosto de 2014

Día 90: El pirata

      ¡Qué prominente rodilla! Se corta ahí, y en ningún lado más. Duele un poco. No importa, no es problema. Después duele más. Si, duele, mucho al final. No hay analgésico que corte el dolor de la sierra, que trabaja, sin parar, hasta dejar el muñón de carne, cartílago, sangre y hueso.
      Millones de terminales nerviosas conducen información a mi cerebro. Me informan que duele. Pero yo les retransmito ciertas aclaraciones. Lo hacemos por que queremos. Porque es divertido. Hay que ponerse una pata de palo. Salir a navegar el mundo. Conquistarlo. Como un pirata. ¿Se entiende?.
      Mi cuerpo no estaba preparado para una mutilación amateur. Perdí el conocimiento. Desperté en el hospital, rodeado de médicos y tubos. Les grité con todas mis fuerzas. No recuerdo qué. Algo divertido, seguro. Sé que me miraron extrañados. Pensaron que había tenido un accidente Esos del tipo, se me cayó un elefante sobre mi pierna, y me la partió a la mitad.
      No, nada de eso, explicaba. Estaba algo atontado por el efecto del anestésico, así que las palabras no se me entendían demasiado bien. Parecía borracho. Por ahí abajo sentía como si me hubieran puesto un ejército de hormigas coloradas. Picaba, ardía, quemaba y a su vez latía. Una herida llamativa, pensé. 
      Dicen que las cicatrices dan carácter. Con una pierna menos iba a ser el rey del carácter. Todos me verían, con un nuevo caminar, algo extraño. Los saludaría a todos. Me sonreiré, y pensaré. Me saludan porque me envidian, a mí, con todo el carácter que llevo puesto, tanto carácter para mí, y tan poco para ellos. Lástima. 
      Los días en el hospital pasaron. Me aburría como un hongo renacentista. En mi habitación no tenía vecinos. Las enfermeras eran demasiado parcas como para entablar una conversación interesante, y los doctores cada vez aparecían menos. Me recuperé rápido, para qué negarlo. Deben ser los genes de la abuela. El viejo me contó que una vez a la nonna la atropelló un colectivo, y no se hizo un rasguño. Algo de hulk debía tener la abuela. 
      A la semana me enviaron un psicólogo. Entendieron de buenas a primeras que mi necesidad de cortarme la pierna tenía que tener alguna relación con un brote de locura, o algo así. Me ofendí. Me tomaban por loco. ¿Es que en este hospital no se puede entrar, cortarse una pierna por que sí, y no ser considerado loco?
      Hablamos un buen rato con el psicólogo, le expliqué mis sueños de ser un pirata. Le conté que estaba ahorrando unos pesos, que a fin de año pensaba sacar un préstamo en el banco para comprarme un barco pirata y un loro. Le dije que el barco se va a llamar Dorita II, como la nonna, y el loro no va a tener nombre, porque un nombre para loro era algo demasiado trillado. 
      El psicólogo me recomendó que lo visitara a su consultorio cuando saliera del hospital. Le dije que sí. Pero al final no fui. Tenía miedo que me fuera a encarar, o algo así. No soy de ese tipo de gente.
      Al poco tiempo vino el doctor. Hablamos un poco acerca de cómo me sentía. Le dije que bárbaro. Le conté un poco lo que hablé con el psicólogo y saqué de la almohada una pequeña sierra que pude conseguir de la sala de mantenimiento. Lo miré al doctor y le dije: ahora el brazo. 

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