miércoles, 20 de agosto de 2014

Día 94: La cofradía de los ineptos

      Quisieron organizarse, armar una especie de asociación. Pero no les salió. Sus propias inhabilidades le volvieron a jugar una mala pasada. En cambio se contentaron por vagar por las inmediaciones de un puente a las afueras de la ciudad.
      Ahí estaban, todos parados, con sus cartelitos. Se quejaban, demandaban mejoras en cosas que ni ellos mismos saben qué. Lo único que tenían claro era que el sistema los había apartados, y no le habían dado ninguna explicación.
      Pasar el puente era una odisea. Estas personas se arrojaban sobre los autos, como perros enfurecidos. Pateaban, gritaban. Todo sin motivo aparente. Les quisieron dar trabajo, no aceptaron. Les quisieron ayudar económicamente, no aceptaron. Les ofrecían comida, tampoco aceptaban. En cambio, gritaban. Hacían morisquetas. Y cada tanto, en un rapto de lucidez, pedían que le dieran lo que le quitaron, que claro, no sabían de forma clara lo que era.
      Los trataron de locos. De modo cariñoso le decían "la cofradía de los ineptos". El gobierno los quería encerrar, pero no tenían motivos. No parecían tan peligrosos. Tampoco parecían tan locos. De hecho, no parecían nada. Solo caminaban, y gritaban un poco. 
      Un día cayó una helada. Los miembros de la cofradía reclamaban. Tenemos frío. Algo hay que hacer. Algunos trataron de hacer fuego. Otros buscaron abrigo. Ninguno tuvo éxito. Como resultado, terminaron enfermos. Rehusaron ir al hospital. Y de un modo mágico, aceptaron los antibióticos.
      La enfermedad parecía haberles sentado bien a los habitantes del puente. Estaban más calmados, y no gritaban tanto. En cambio, sus facciones se habían vuelto más sombría. Un cambio se había operado.
      Unas semanas después, la cofradía de los ineptos se curó. Pero ya no gritaban. Permanecían todo el día sentado. Murmuraban entre ellos. Estaban preocupados.
      Los agentes de policía que solían transitar por el puente también se preocuparon. Esperaban de un momento a otro un desenlace trágico, o un acto criminal, lo mismo les daba. Les preocupaba el trabajo que podrían llegar a darles. Eran como veinte.
      Un agente se acercó a un miembro del grupo, y trató de entablar una conversación. Le preguntó cómo andaba. Silencio. Le volvió a preguntar, si le pasaba algo. El hombre llevó un dedo a su boca y le indicó que permaneciera en silencio.
      El policía empezaba a impacientarse. Silencio, dijo el hombre. Ya está por empezar. Ya sabemos. ¿Qué es lo que sabe, señor? Indagó el agente:

      - Sabemos para lo que estamos -respondió el miembro de la cofradía-.

      - ¿Y para qué están, se puede saber? Ándese con cuidado, señor. Mire que lo puedo llevar a la comisaría a declarar.

      - No hice nada. No hacemos nada. No sabíamos. Ahora sí. Estamos para avisar. Le aviso, oficial.

      - ¿Qué me avisa?

      - Que el puente, el puente se va a...

      La explosión terminó la frase. Un maremoto de piedras y acero cayó al río. Nadie más supo qué era lo que tenía que decir el hombre al policía.


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