jueves, 21 de agosto de 2014

Día 95: El viaje del Lawrence I

      Navegar en arena se había vuelto una rareza. La utilización de grandes barcos representaba un costo difícil de sostener para las empresas transdesérticas de transporte de mercadería. De hecho, el Lawrence I viajaba poco, incluso era el único barco de arena que quedaba en pie de la época de la gran sequía.
      La nave arenera era uno de los pocos testigos de un periodo oscuro en la humanidad. Fue cuando se rozó la sexta extinción, muy por el borde. En realidad a las demás especies sí podría decirse que la extinción les pegó un cachetazo en el medio de la nuca. No muchos animales se las arreglaron para sobrevivir sin agua. El líquido de la vida. El elixir trascendental. Ya no estaba. Hacía siglos que nadie conocía algo llamado H20.
      Existía el agua sintética, es verdad. Incluso los inventores tenían el descaro de llamarla agua, como si de verdad pudiera reemplazar el líquido vital para el organismo. Aunque tan mal no lo hacía. Desde su creación, a fines del siglo XXI hasta nuestros tiempo, el agua sintética había incrementado la esperanza de vida media de la población de los 45 años en tiempos de la gran sequía a los 60 años actuales, lo cual era una enorme mejora.
      Los órganos empezaron a desarrollar ciertas adaptaciones. Mejoras evolutivas, aclaraban los científicos, las cuales permitían sintetizar de un modo más saludable el paliativo acuoso. Mientras tanto, la humanidad se las ingeniaba para luchar con la pérdida de sus principales medios de transportes, debido al final del ciclo de los combustibles fósiles.
      Fueron buenos años para las empresas transdesérticas, que impusieron sus grandes barcazas como un nuevo modo de paliar la sed mundial. Grandes barcos iban y venían, a través de los restos de los océanos, ahora convertidos en inmensos desiertos que superaban en tamaño a los ya minúsculos Sahara y Gobi. Barcos como el Lawrence I se habían convertido en sinónimo de esperanza.
      Ahora, en pleno 2550, el Lawrence I no era más que una chatarra ambulante. Realizaba su recorrido de rutina, de África a Norteamérica, en donde dejaba una importante carga de agua sintética. Y luego viajaba a Europa a través del Desierto Atlántico, a quienes despachaba el resto del despacho.
      En países más desarrollados, como en África, Sudamérica y Asia, el agua sintética ya era parte del pasado. Ahora tomaban casi agua de verdad. Al fin habían encontrado un modo de reproducirla de un modo fidedigno, tal como la que solían consumir sus antepasados antes de la gran debacle.
      Los países del bajo mundo tenían una realidad diferente. Su pobreza de medios le impedían realizar nuevos desarrollos, por eso dependían de África y sus transportes de agua sintética. Las poblaciones eran cada vez más pequeñas. Aquellas que no murieron de sed, terminaron sus vidas víctimas del hambre. Tan pocas personas vivían en Norteamérica y Europa que un solo viaje del Lawrence I cada dos meses bastaba. 
      Para mediados de 2550 los habitantes europeos estaban preocupados. Se acercaba el verano I más caluroso del año. Y el verano IV (ex primavera) tuvo temperaturas altísimas, dada la época.
      Las noticias tardaron varios meses más en llegar. Una curiosidad técnica acabó con la vida del Lawrence I. Un desperfecto en la proa del barco generó el mayor derrame de agua sintética desde el año 2309. Se calculó que las pérdidas fueron millonarias. Lo más extraño han sido sus consecuencias. Contrario a todo pronóstico, el agua sintética no se evaporó en su totalidad. Un pequeño mar sintético se desplegó a lo largo de varias hectáreas del Desierto Atlántico. 
      Aquellos que han presenciado el área de la catástrofe aseguran que han sido testigos de lluvias, un fenómeno nunca conocido por la humanidad posterior a la gran catástrofe. Los científicos han nombrado a esta anomalía tipográfica Mar Lawrence, en honor al barco creador, del cual nunca más se han encontrado restos. Desde entonces, muchos secretos han estado circulando por África. 
      El territorio perteneciente al mar Lawrence ha sido vallado y militarizado. Una persona que ha logrado ingresar al lugar ahora vaga por el desierto. Dicen que lo que vio lo ha trastornado. El hombre asegura, asevera, siempre temeroso: "Ahí adentro hay vida. ¡Hay vida!".

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