viernes, 22 de agosto de 2014

Día 96: El número Delos

      Dicen que se aproximó al infinito. Estuvo cerca. Claro que le llevó unos cuantos años de vida averiguarlo. El exiguo matemático había rehusado cualquier condicionante social ajena a su labor con los números. Sabía que tarde o temprano el número aparecería ante sus ojos, en todo su esplendor.
      Ya desde joven lo habían tomado por un chalado. En la universidad no paraba de escribir, números y ecuaciones por doquier. De hecho la totalidad de su existencia se reducía a un teorema matemático inabarcable. La intuición teórica regurgitaba en su cerebro, como un feto a punto de nacer. 
      La hipótesis pujaba por dentro. Resultó ser muy simple explicarla. Aunque más difícil demostrarla. La idea, atractiva por su simplicidad, era explicar la limitación entre el aproximado y el exacto. Ese límite tenía que ser un número. El número Delos. La medida real del conocimiento humano. Un número exacto que sea aplicable a cada centímetro de universo visible. 
      Para ellos tendría que abandonarse a su proyecto. Sustraerse a la realidad. Debería extirpar cada gramo de improbabilidad existente en el sistema matemático ideado por el hombre. La respuesta tendría que contener con exactitud suprema la medida del número Delos. Tendría que dejar de lado las imperfecciones del método científico. Pensar con ojos de niño. Pensar con ojos de niño, se repetía el matemático.
      Las pruebas se simplificaron. Contar y probar. Contar y probar. Así hasta el infinito. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Y así sucesivamente. Hasta la eternidad permitida por su esperanza de vida. 
      Cualquier persona en su sano juicio podría reconocer la locura del proyecto. Incluso podría aventurar el seguro fracaso de su iniciativa. Y no, no fue así. Contra todo pronóstico, el matemático se adentró en las fauces del número Delos. Lo demostró. Casi podría decirse que lo tocó. E incluso salió vivo.
      El matemático descubrió la felicidad. Un acto pasajero de la inconstancia humana. Un momento como cualquier otro. Pero un espacio, una fracción de tiempo que merece ser vivido. Feliz. Tenía tiempo para disfrutar su victoria. Hacía ya cuarenta años que no conocía la luz del día.
      Tantos años de vivir encapsulado. Saldría a la calle. Ahora podía caminar tranquilo. ¡Cuánto había cambiado su barrio! La gente había cambiado. El aire había cambiado. Incluso los negocios ya no eran los mismos. Acá había una panadería, se recordaba el matemático. 
La puerta se abrió automáticamente. El matemático pensó en alguna clase de brujería. Una moza lo invitó a elegir asiento. Le dejó la carta. A los minutos volvió para tomarle el pedido. Una cerveza. Una cerveza fría le sentaría estupendo. 

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