domingo, 24 de agosto de 2014

Día 98: Brindis

      La reclusión de los últimos años. Obtener un tiempo de calma. Y abandonarse. Perderse en sus libros. La vida del erudito. Esa elección que hace de la existencia una mera farsa.
      En esos años, aprender a expresarse. Idear el lenguaje desde la necesidad, y no desde la imposición lexicosintáctica. Quizás, después de tantos libros leídos, descubra que no hay palabra que valga la pena ser mencionada o escrita. Es que el conocimiento yace, en estado catatónico. Aguarda el momento de ser descubierto.
      La instancia de la anagnórisis es reducida al silencio. El erudito guarda un rincón de su mente para la duda y la curiosidad. Ya no teme pensar sin cadenas. Pretende gritar el sonido inarticulado, la palabra no convencional.
      Las pestañas caen. Los ojos revolotean por entre las hojas, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Sabe que existe un plazo, pero lo niega. El erudito busca una convención con el tiempo. Quiere un trato justo. Sabe que las horas expiran, que los días acechan. 
      El valor real del problema por su precisa semejanza. Eliminar los intermediarios. Entablar una comunicación directa con lo que se es y con lo que se tiene.
      Cambian los almanaques. Al erudito le tiemblan las manos. Tira los libros por la ventana. Patea el piso. Luego se sienta y respira profundo. Exhala. Escribe unas cuantas líneas y llena su vaso con licor. Alguien golpea a la puerta. El erudito levanta el vaso y asiente con la cabeza.



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