lunes, 25 de agosto de 2014

Día 99: El mal del Y3K

      Durante el año 2999 se suscitaron extraños eventos a lo largo del planeta. Una parva de oradores salió a las calles. Repartían folletos. Hablaban con la gente. Pregonaban el fin del mundo. Auguraban la próxima catástrofe. El día que los relojes del mundo den las 12 de la noche del primer día del año 3000.
      El Gobierno mundial detuvo de inmediato a los agitadores, los cuales fueron condenados a morir fusilados. Sin embargo, no pudieron evitar que múltiples rumores se propagaran por toda la Supranet. La paranoia colectiva crecía con el correr de las horas. El fin del mundo se acercaba, lloraban.
      Los científicos salieron a acallar las voces. Explicaban lo ingenuo que era dejarse llevar por un rumor sin sustento razonable, que la Tierra había sobrevivido a dos grandes catástrofes en los últimos cien años, que el mundo tal como lo conocemos no podía acabar "por que sí".
      De modo increíble, tales declaraciones parecieron empeorar el ánimo generalizado. La población creía que le ocultaban la verdad. Las personas, retraídas ante el posible fin del mundo, aventuraban un contacto extraterrestre. Sí, los alienígenas vendrían, y destruirían todos, con sus rayos lásers, tal como lo atestiguaban los libros de nuestros antepasados. Ellos volverían. 
      El estado álgido de la situación mundial se incrementó cuando comenzó a circular por la Supranet el artículo de un ingeniero de sistemas, que trabajaba en el mantenimiento de la red y confesaba que a la Supranet les quedaba las horas contadas, dado que los sistemas de la Tierra no han sabido amoldarse al cambio de año, debido a los tres ceros del año 3000. Una explicación que así complicada y tonta como parecía, generó un consenso absoluto en la población.
      Así que la realidad era acuciante para el Gobierno mundial. Las fuerzas de represión del Estado trabajaban las 24 horas del día. La luna estaba llena de prisioneros rayanos en la paranoia. Entre tantos, grupos opositores al actual gobierno, aprovechaban para derrocar las bases militares ubicadas en ciudades claves.
      El pico mayor de tensión se experimentó la noche del 31 de diciembre de 2999. Se esperaba que el mundo estallase en pedazos, que el sol cayese sobre sus cabezas, que los alienígenas exploten todo, o que las computadoras se rebelasen contra sus amos, o que pasara todo al mismo tiempo. Para desgracia de los patrocinadores de la paranoia, nada de eso ocurrió. De hecho, el único detalle para el asombro fue el silencio. El año nuevo más silencioso en la historia de la Tierra. Si existiera una nave extraterrestre que hubiera surcado en esos instantes nuestra atmósfera, habría jurado que nuestro planeta estaba muerto. 

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