martes, 30 de septiembre de 2014

Día 135: Médico brujo

      El paciente tambalea las piernas. El doctor toma algunas notas distraído. Apenas mira a la persona que tiene en su consultorio sentada en la mesa de examinación.
      Con voz queda anuncia el diagnóstico. Adenoides inflamadas acompañada de un cuadro severo de sinusitis. El hombre se extraña, no conoce este nuevo tipo de medicina. Le pregunta al doctor si no necesita alguna clase de estudio o si tiene que auscultarlo para confirmar su diagnóstico.

      El doctor lo fulmina con la mirada. Mi ciencia es exacta, humano, dice. Ah, con razón, piensa el paciente, los nuevos médicos, ahora entiendo.
      El paciente se vuelve a vestir. Al parecer el asunto va a ser rápido. El médico lo detiene, le explica el procedimiento que tiene que ser llevado a cabo. Una serie de estímulos eléctricos acompañada de una operación de gran riesgo. Por cierto, aclara el profesional, ambas son costosas y conllevan una gran cuota de dolor.
      Parece como si el bastardo lo disfrutara. Lo debe disfrutar. Pero, ¿Qué entenderá del goce una máquina? Una chatarra diseñada para curar personas. Lo debo hacer ahora, su vida corre riesgo, dice el médico.
      Un arsenal de elementos cortopunzantes brota del pecho del androide. La operación es un éxito. Las adenoides son extirpadas. Junto el ochenta por ciento del rostro del paciente, por supuesto. 
      El pobre hombre murió no tanto por la sangre que perdió, sino por el susto que se llevó. El robot era un maníaco. 
      Con quince años de fabricación, el modelo de emergencias médicas y quirúrgicas ya merecía un service. El trámite burocrático correspondiente atrasó de modo considerable la visita del técnico.
      Mientras tanto, el robot doctor hacía de las suyas, extrapolaciones de la medicina y experimentos casuales con el mero objetivo de analizar la resistencia humana al dolor previo a la muerte. El servicio técnico de North Positronics detectó la falla de la unidad. En una semana un nuevo modelo se había colocado en el consultorio del hospital. El viejo modelo aún está encerrado. Nadie sabe cómo apagarlo. La cosa es un peligro.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Día 134: Ghost trail

      La bolita salió del centro. Jugó unos segundos con el hoyo hasta desviarse. Las paredes sudaban jugo de fantasma. Una rayuela pintada en una eternidad lejana se desdibuja. La bolita elige su camino, quiere internarse en la jungla. 
      En los rincones del jardín olvidado se extienden sombras curiosas, aniñadas. Se entretienen con moverlo todo, un poco de acá otro poco de por allá. Una pelota pinchada se prende fuego. Una muñeca se encuentra tirada en el baño de niños. 
      Surcan historias por entre las baldosas cargadas de grama. Viejos cuentos de terror para asustar a los pequeños. Ahora todo ha desaparecido, sucumbió al desastre de los experimentos de los mayores. Nada resiste, excepto una cucaracha camino a ser aplastada.
      La bolita es apabullada por el insecto, aun así no le impide pasarlo por arriba. Los restos de la cucaracha se confunden ahora con la suciedad del piso. 
      A lo lejos, a unos cuantos kilómetros de los reinos vacíos, los hombres ríen y cantan, ajenos a su pasado. Ya no les importa lo que generaron. Hicieron borrón y cuenta nueva. Da lo mismo, la Tierra es grande, hay mucho espacio. Qué tanto puede importar arruinar unas cuántas hectáreas de terreno con desechos nucleares.
      En la ciudad desocupada las almas vagan. Circulan con sus cotilleos de tiempos mejores. Las piedras a veces tiemblan. Ignoran el destino de las cosas. A veces el espacio se reconstruye, busca nuevos reyes. Se rearma bajo una nueva lógica, distinta a la humana. Otro tipo de energías velan por las noches. A veces son ruidos por la mañana. O rumores desde el ocaso. 
       El aire que llega es singular. Está radioactivo. Como las escaleras. Como las hamacas. Como el bebedero de agua. Todo infecto. La profanación procede al cálculo de las fuerzas. El fantasma cree en sus fortalezas. Duda acerca de los beneficios de su plano existencial. Desde su reino invisible, radioactivo, planea. Coloca las piezas y se prepara para la conquista. 

domingo, 28 de septiembre de 2014

Día 133: El escuadrón de la muerte

      Al escuadrón de la muerte no le gusta su nombre. No quedaban muchos. Cuando un grupo de ancianos seniles navega por los canales al son de los disparos de ametralladora no puede esperar que lo llamen de otro modo. Quieren que los traten como héroes o que al menos le otorguen una denominación acorde. 
      Pero no deja de ser un escuadrón, ni dejan de matar todo lo que se les cruce por delante. Ni siquiera podrían considerarse piratas, porque los piratas roban. Bueno, también torturan y matan, pero al menos roban, eso les da un propósito para navegar. Este grupo de antiguos combatientes de guerra solo mata por placer. Por amor al arte, dicen. Menos ama un muerto, así dicen. 
      El escuadrón de la muerte mata, pero tiene códigos. Nadie se acuesta después de las siete de la tarde. Todos tienen al menos setenta años. Comen sano y toman cerveza. Se quieren entre ellos. Y no se permiten mujeres abordo. Ninguna. Eso es ley. Las mujeres solo sirven para estropear los barcos, dicen, además no saben matar, salvo el ánimo y la paciencia.
      El pequeño barco tiene siete tripulantes. Siete viejos seniles, misóginos, ex militares con códigos, asesinos, caóticos, que quieren que los nombren como héroes pero no como escuadrón de la muerte. Ese es el resumen. Olvidaron un poco como se navega, por eso se perdieron.
      Giraban en círculos, como gaviotas extraviadas, en el medio del océano. Salvo algún que otro pez, no había mucho para matar. 
      Pasaron muchos meses presos del agua. Para no volverse más locos de lo que ya estaban ensayaron una renovada versión de la ruleta rusa. El cargador tiene siete compartimentos. Uno de los miembros del escuadrón carga seis balas y realiza siete disparos. 
      El curioso afortunado es el que recibe el tercer balazo. En la soledad del océano, los cadáveres, la putrefacción, mira al cielo. Es un día soleado. Ideal para broncearse. El anciano se acomodó en una silla reclinable y esperó que el sol haga su trabajo.  

sábado, 27 de septiembre de 2014

Día 132: ¡Buda 'tá nojado!

      ¡Buda 'ta nojado! Berreaba Iván, mientras la pequeña estatuilla volaba por el espacio seguro de su habitación. Buda era el héroe. Tenía que rescatar a la princesa, o sea, el diminuto auto rojo que colgaba del risco. Una voz inconfundible llamaba. La hora de comer se acerca y ¡Buda 'tá nojado!
      El nuevo cadete del espacio flotó hasta el comedor, Iván sacudía sus manitos. El vuelo era frenético. Mamá despabiló al pequeño de sus fantasías aéreas. Le pidió que dejara la estatuilla en su lugar, que era un recuerdo de Papá. 
      Iván miraba para otro lado, con los ojos entrecerrados, enseñaba su mentón. Mamá no entiende que Buda 'tá nojado. Iván alternaba las cucharadas, una para mí, una para Buda, una para mí, una para Buda. La pequeña estatua chorreaba sopa hasta por la pelada.
      ¡Pero, cosa seria! Un chirlo en la mano y a guardar en su lugar el souvenir. Mamá ponía cara seria porque sabía acerca de las dotes artísticas de su hijo. Lagrimas de cocodrilo no, Ivan, sos grande. Mirá el enchastre que hiciste. Mamá no puede estar siempre limpiando todo.
      Mami, Buda 'tá nojado. No entendía a lo que se refería. Le explicó que era una estatua, que era imposible que esté enojado, salvo que sea parte del juego. ¿Es eso, es un juego? No, mamí, Buda 'tá nojado. La frase le empezaba a resonar como un mantra.
      De hecho, la estatuilla tenía el ceño fruncido. Cara de pocos amigos. En verdad estaba enojado. Buda salió disparado contra la cabeza de mamá. Voló contra el estómago, luego a las rodillas. Mamá recibía una paliza por parte de la estatua. Iván lloraba más aún y se tapaba los ojos.
      Tanto era el enojo de la pequeña estatua que la cabeza le explotó. Aún le temblaba un poco la panza de los nervios. Mamá juntó los pedazos de la estatua, y los trituró con un martillo. Luego arrojó los restos a un tacho de basura. Ahora mamá 'tá nojada.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Día 131: Canibalismo à la carte

      El mozo sobrevolaba las mesas con una destreza para el asombro. Tomaba pedidos. Cobraba. Cada tanto iba y venía. Siempre con soltura, con educación, con la elegancia de un Luis XVI. Los comensales, con frecuencia snobs ignorantes o ricachones de trampa, soltaban sus epítetos laudatorios al chef, al mesero y al perro que pasaba enfrente de la vereda para echarse un meo. 
      La puerta giratoria del restaurant se accionó. Un hombre estaba atrancado con su sobretodo. Trababa de soltarse, pero cada vez se enredaba más. Golpeó el vidrio y le hizo una seña al mozo. 
Con su habitual diligencia, el empleado del restaurant concurrió a la entrada de la instalación y liberó al hombre.
      El hombre dio dos pasos dentro del local y miró al mozo. El mozo miró al hombre. El hombre miró al mozo. La escena duró unos segundos. El mesero rompió el silencio:

      - Señor. Le informo que esta casa no permite el ingreso de personas carenciadas. Lo lamento.

      El vagabundo se sonó la naríz con un pañuelo viejo y usado, que usó para limpiarse las manos. Con una sonrisa palmeó al mozo:

      - ¡No se preocupe, hombre! Que no vengo a pedir nada. Vengo a comer. Tengo plata. Mucha plata.

      El hombre le señaló los bolsillos entreabiertos de su gastado sobretodo. Los dólares sobresalían. El mozo pidió un momento. A unos dos metros de distancia, al fondo del restaurant, el mesero y el dueño discutían. Volvió a acercarse al hombre y le pidió que por favor se retirara.

      - ¡Pero cómo! ¿Es que mi plata no vale? Tengo millones de millones. Y no, no quiero vestirme bien, ni bañarme, es mi problema, no el suyo. Yo quiero comer, y con mis dólares hago lo que se da la gana. ¿Me van a atender, o no? - El vagabundo sacudía un fárrago de billetes delante de las narices del empleado del restaurant.

      El mozo volvió a retirar con parsimonia su pedido. El hombre se negó una vez más. Quería hablar con el dueño del local. Los comensales empezaron a preocuparse. Cuchicheaban por lo bajo, algunos se tapaban la nariz con la servilleta. El mozo tuvo otra álgida discusión con el dueño. Ahora volvía el dueño, con paso decidido y una sonrisa ensayada. Repitió con mucha amabilidad el pedido de su empleado. Le explicó que no tendría problema en ofrecerle el menú, pero la clientela del establecimiento era muy selecta y darle una mesa no sería bueno para su negocio. 
      El vagabundo suspiró. Tenía hambre. El estómago le empezaba a hacer ruido. Sus nietos preguntaban cada tanto, cuando iba a dejar esa locura de hombre pobre. Claro, tenía suficiente dinero como para revivir a Tutankamón y quedarse con el vuelto, pero no podía comer. ¿Qué clase de libertad era aquella? 

      - Usted no me deja alternativa, hombre.

      El vagabundo sacó del sobretodo un cuchillo de caza que depósito con gentileza en el estómago del dueño varias veces hasta desangrarlo. Con la punta del instrumento seccionó un pedazo de piel de los brazos y la comió con gusto. Los comensales no salían del asombro. El hombre se acercó a una mesa cercana y tomó un vaso de agua. El vaso todavía tenía gotas de sangre cuando tocó la mesa. 
      Con un gesto de humildad, el hombre se dio vuelta, y le agradeció al mozo y a todos por dejarlo entrar. Tomó un tira de carne de la pierna del ex dueño del restaurante y se retiró a la calle.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Día 130: Un negocio familiar

      Una marquesina de luces azules brillaba sobre la calle Independencia. El cartel ofrecía un tentador combo de ataúd y sepelio a un módico precio de cinco mil pesos. Las paredes, de un color verde chillón, parecían estar a tono con lo ofertado.
      El edificio de enfrente, más pulcro, tenía solo una puerta y un pequeño espacio en donde se colocaba los nombres de las personas y los horarios de sus velatorios. En la vereda, un hombre de unos setenta y cinco años, barría el frente de la funeraria con ímpetu, parecía que en cualquier momento arrancaría una baldosa. Cada tanto miraba de reojo la marquesina azul de enfrente y sacudía la cabeza.
      El señor Firenze tenía ahora la vista clavada enfrente. 47 años de trabajo. 47 años de trabajo, ¿Todo para qué? ¿Para alimentar a unos filisteos, negociantes de la muerte? Tantos años detrás del negocio de la familia, una humilde empresa que con los años creció y dio sus frutos monetarios. Tanto para nada.
      Su único hijo resultó ser un aficionado a todo lo que cague Pollock, y sus nietos eran demasiados pequeños para entender. La señora Firenze ya llevaba varios años muerta. El negocio, su negocio, terminaba acá, luego de romperse el alma por 47 años, sin interrupciones. 
      Con la misma dedicación elegía las flores de las salas, saludaba a los familiares del fallecido, ofrecía una taza de café a los más apesadumbrados. Lo importante es que el cliente salga contento. Con ganas de volver. Mejor dicho, con ganas de elegir a la Funeraria Firenze cuando el momento, Dios no lo permita, lo requiera.
      Hace cuatro años se terminó la paz. Un par de empresarios que solo piensan en números instalaron su negocio de pan, muerte y circo enfrente a su funeraria. Funeraria El descanso. Tremendo nombre. ¿Qué son, funebreros de profesión, o esos poetas drogados con los que se suele juntar su hijo? El señor Firenze apretaba la escoba.
      Cada mal comentario respecto a sus vecinos lo regocijaba, por lo dentro. Esperaba de un momento a otro que se fundieran. Este negocio no es para cualquiera. Hay que saber los tejes y manejes de la profesión, hay que contener a las personas. Estar al frente de una funeraria requería un toque muy humano, y a su vez un alto nivel de frialdad para no dejarse avasallar por las circunstancias del momento. Ya van a caer. Un día voy a llegar, como siempre, y el cartel que se asome de la puerta de El Descanso será un aviso inmobiliario. 
      Los días pasaron, los meses, las estaciones. Todo siguió su curso natural. Ahí seguían, cuatro años después, con esa marquesina azul detestable. Podían vender perfumes, lo mismo daba. ¡Qué tipos malditos! ¡Justo enfrente! La calle Independencia es larga. Estaba ese local en donde pusieron una casa de ropas, ese otro terreno baldío apto para construir. Pero no, acá está, enfrente mío, para hacer de los últimos años de mi vida un martirio. Un martirio. Un martirio.
      El señor Firenze no pudo seguir más sus reflexiones. Un fuerte dolor que nacía del brazo izquierdo le atravesó todo el pecho como una flecha. Unos vecinos que pasaban trataron de reanimarlo. Fue en vano. Tal como vaticinaron los pensamientos del señor Firenze, la funeraria fue vendida por su hijo y así es como terminó un legado de 47 años de una empresa familiar.
      El cuerpo del señor Firenze fue velado una noche de lluvia. Tanto por comodidad como por precio, el velatorio fue llevado a cabo en la Funeraria El Descanso. Esa noche hizo frío, y las pocas personas que se acercaron al féretro se fueron a quejar con la chica de recepción. El café, al parecer, salía tibio.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Día 129: Head like a hole

      Viene con agujero incorporado. Un hoyo en el cerebro. Advertencias para la ciencia mojigata. El milagro de la pesadilla avala el pensamiento mágico. Imposible evitar caer en el desvío, mojarse con el charco. El momento espera.
      Cuesta. Uno trata de desprenderse. Pero está. Se advierte. El vacío de la humanidad ante su insignificancia. Se quiere reponer aquello que es disfunción inherente al pensamiento. La vida es una ilusión demasiada larga que permite el desencanto transido de esperanza.
      El silencio arremete contra la piedad. Los crueles vallados de aquellos nacidos bajo el signo de la violencia. Fantasmas callados en nombre de la libertad. Total, viene con agujero incorporado. O a incorporar. 
      La imposición del vacío ante todo. Ruedan las cabezas. Los sacrificios y su necesidad ritual. La necesidad se avala, se institucionaliza, se comprime, se aprisiona y deja escapar lo que no entra. La aflicción pregona el abismo de lo inevitable. Vivir por nada. Por respirar. Por exhalar. Por cesar la respiración. 
      Completar el trauma es preponderante. Reconstruir el paisaje. Rearmar el laberinto. Volver a la paz fetal del sentido. Nos construimos porque así nos impermeabilizamos de la verdad. El hoyo en el cerebro aleja la urgencia del rigor metafísico.
      Nos volvimos ajenos a lo que nos es propio. El llamado de lo que hay dentro se desnaturaliza, se opera una bilocación de la necesidad. El miedo es lo otro, el fantasma. Entramos de la locura de llamar las cosas por su nombre. Nominalizar el espanto.  
      Vayamos a lo sucio. Tendremos que ahondar en la herida. Profundizar el agujero a su máxima expresión. Jugar con el contorno, desacralizar la palabra. El hoyo lo pide. Transustanciar en un rincón del absurdo. Es el humor de lo incomparable. Un común acuerdo con el sinsentido. Vamos. Disparen. Viene con agujero incorporado. 

martes, 23 de septiembre de 2014

Día 128: La fuente

      La epidemia se extendió por varios lugares. Primero en algunos países asiáticos, luego otro poco por Europa y finalmente desembarcó en América. Arsenales de doctores recorrían regiones enteras, sin encontrar nada. Ávidos de formular una cura para la epidemia enfrentaron la paradoja del problema. ¿Cómo detener el avance de un virus que cura?
      Los dilemas éticos y filosóficos llenaron varias pancartas y hojas de diario. Existía el miedo latente, del ejercicio de control por parte de una entidad exógena. El virus entraba al cuerpo y reformaba cada centímetro de la anatomía humana, hasta mejorarla. Los cuchicheos entre pasillos hablaban acerca de una nueva raza de seres inmortales creada a partir de esta anomalía virósica. 
      De acuerdo a los análisis realizados a varios sujetos, los científicos concluían que el virus D8 destruía cada cepa potencial de infección dentro del organismo humano, reestructura por completo las células y establece un desarrollo neuronal capaz de curar enfermedades como el Alzheimer. Es magia, es un mensaje de Dios, clamaban varios sectores de la sociedad. Aquellos escépticos contemplaban reticentes aquel nuevo espectáculo. 
      No hubo tiempo para mayores debates. La epidemia del D8 se trocó en pandemia. En cuestión de semanas, toda la población de la Tierra mostraba síntomas de contagio. El efecto fue inmediato. Los enfermos curaron. Los ancianos rejuvenecieron. Muchas personas salieron del coma. Salvo excepciones en organismos reticentes, todos los miembros de la raza humana pasaron a ser organismos perfectos. 
      Dos siglos después, cuando ya muchas personas superaban los 300 años de vida, surgieron los problemas. La Tierra era demasiada pequeña para tantos nacimientos y tan pocas muertes. El Gobierno mundial ensayaba soluciones poco útiles. Pensaban por lo bajo en métodos de aniquilación masiva, pero desistieron. La opinión pública no lo perdonaría. ¿Cómo conciliar los efectos del virus con sus consecuencias? Barajaron la posibilidad de crear un nuevo virus que contrarrestara los efectos del D8, pero fue inútil. 
      Un día cualquiera, el virus dejó de hacer efecto, y la gente comenzó a morir, como hace dos siglos atrás, o peor, como hace doce siglos atrás. Morían uno tras otro. Poblaciones enteras desaparecieron de la noche a la mañana. Los más fuertes caían muertos, víctimas de simples resfriados. Los hospitales colapsaron. Nadie había preparado a la humanidad, que había pasado de la inmortalidad a la debacle en un abrir y cerrar de ojos. 
      Pocos seres humanos fueron capaces de atestiguar el primer contacto alienígena. Los extraterrestres comprobaron las bondades del nuevo planeta conquistado. Bajaron de sus naves complejos aparatos de medición. La inoculación del virus había resultado un éxito. 

lunes, 22 de septiembre de 2014

Día 127: Poesía sellada

      Cuéntamelo todo. Anhelo saberlo. Quiero que todo conocimiento me sea introducido. A la fuerza, consensuado, como sea. Tengo que aspirar cada línea de saber. Pegarme un atraco epistemológico. Debo hacer renacer las miles de suposiciones, los millones de posibles al alcance de una mano.
      Es lo que se preguntan los antiguos. Es aquello que intrigó a los filósofos allá lejos y hace tiempo. Montaban el show y lo dejaron seguir, como toda burda improvisación. Transcribieron el saber a libros, a través de las leyes de la herencia, bebieron el aperitivo cultural hasta las heces. El show. Montar la mímica. 
      Estoy como la cuenca vacía, al borde de la oclusión. Debo inventar un nuevo mundo adonde trasladar mis castillos. Un nuevo mañana que me deje ser libre del tiempo. Prisionero en las convenciones. Quiero secuestrarte y que me lo cuentes. Sé que lo sabes. Sé que lo puedes contar.
      El señuelo de un alocado pescador de incertidumbres revolotea por las aguas. Busca el pez su alimento y no se deja arrastrar por el engaño. Las aves danzan en círculo, permanecen inmunes al encanto. La naturaleza calla, se niega a enseñar. El hombre busca y se niega a callar. 
      Habla hasta hacer volar sus codos. Habla porque lo necesita. Habla porque no le queda otra. Habla porque los labios no pueden permanecer cerrados. Habla e intenta alcanzar un cúmulo de conocimientos que le permita ser capaz de escapar del embiste inevitable de aquella silente fuerza. 
      Lo que enseña sin palabras. Lo que el tiempo demuestra. Que nada permanece en pie. Que todo cae hasta caer y es definitivo. No vuelve a levantarse. No vuelve a volver. Queda. No hay venganza posible. No hay cizañas mediante. El tiempo se demuestra a sí mismo hasta su detención. 
      Es menos lo que falta. Es lo que quiero saber. Cuéntamelo. Dime una mentira, aunque sea piadosa, aunque sea oscura. Necesito que me mientas, que me digas lo lindo para dormir tranquilo, para no abandonar la comodidad del útero. Quiero que me cuentes, que me digas que es posible la imposibilidad de ser retenido en otro mundo, de quedarme en suspenso, en el no tiempo, hasta el fin de lo inevitable.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Día 126: El palacio de la hipocresía y la verdad

                                                                                                           Cuando el palacio estuvo terminado, el señor Wonka
                                                                                                            le dijo al príncipe Pondicherry: «Le advierto que no 
                                                                                                            durará mucho tiempo, de modo que será mejor 
                                                                                                            que empiece a comérselo ahora mismo.» 
                                                                                                             «¡Tonterías!», gritó el príncipe, «¡no voy a 
                                                                                                             comerme mi palacio! ¡Ni siquiera 
                                                                                                             pienso mordisquear las escaleras 
                                                                                                              o lamer las paredes! 
                                                                                                              ¡Voy a vivir en él!»

                                                                                                             Charlie y la fábrica de chocolates 
                                                                                                             ROALD DAHL



      De la misma forma en que Horacio erigió hace tiempo un monumento más duradero que el bronce, así de efímera fue la construcción de otro loco príncipe del lejano oriente. El palacio lo construyó con sus propias manos. Fastuoso hasta decir basta. Un consorcio de siete estrellas en el medio del desierto iraquí. 
      Las habitaciones eran un portento de la arquitectura. Una alabanza a los dioses del diseño, si es que existen. ¿Para tanto? Si, para tanto. Aunque los comentarios respecto al palacio denominado de la hipocresía y la verdad solo provienen de fuentes orales. No hay fotos. No hay resultados en búsqueda de google. Nadie habla de ello en las redes sociales. Un silencio atroz cae sobre los orígenes de aquella magnánima construcción.
      Un beduino lo atestigua, con fervor mahometano: ese templo está hecho de caca. Caca en las paredes. Caca en el techo. Caca en las escaleras. Todo hecho de caca, hasta el inodoro. Es lo más parecido al adobe, el beduino conviene.
      Noticias acerca de la extravagante morada del príncipe del lejano oriente corrieron a lo largo del Eúfrates. El tipo está loco. Ese hombre usa su propia caca. Hace como veinte años que junta sus desperdicios en balde.
      Cuenta que un día los movimientos de caca en el desierto terminaron, así como la obra del príncipe. Desde ese entonces, el hombre se dedicaba a predicar desde una terraza del palacio. Invitaba a todo habitante del desierto a pasar a su morada, que contemple los designios de dios para con la humanidad. Una gran bola de caca, de hipocresías y verdades.
      Predicaba hasta la afonía, con un gastado megáfono. Por cierto nadie lo escuchaba. Lo tenían por un millonario excéntrico con mucho tiempo para perder. Además, aquella zona del desierto no tenía el mismo tránsito que Times Square. 
      El hombre solo con su caca, despotricaba contra la humanidad. Hablaba acerca de un plan divino que nadie entendía. Sus creencias, así como su palacio, eran difíciles de digerir.
      El beduino recuerda al hombre. Un tipo menudo, de largas extremidades. Rostro anguloso y barba poco cuidada. Lo vio por última vez semanas atrás, antes de que el final se precipitara sobre el palacio.
      El estruendo sacudió el desierto de Irak. El beduino se sobresaltó. Temió un bombardeo del extranjero. Eran como las dos de la madrugada. Tomó sus prendas de abrigo y salió de su tienda. 
      Desde su morada divisó el palacio, a unos kilómetros. El palacio se caía de a pedazos. Al menos eso parecía, si su visión nocturna no lo engañaba. 
      Preocupado por el príncipe se acercó a lo que sin dudas eran las ruinas del palacio. Nunca había estado tan cerca. El olor era insoportable. Un hedor tan persistente que haría palidecer a un cadáver. El beduino recurrió a sus mantos para taparse la nariz y atenuar las náuseas. 
      Lo buscó entre los restos. Esperaba encontrar su cuerpo debajo de una pared rota de caca. Nada. La arena había tragado los restos del príncipe. Su desaparición aun no ha sido resuelta. 
      El beduino sacude la cabeza. Era un buen hombre. Ha visitado a mí familia en un par de ocasiones, incluso compartimos nuestros alimentos. No lo dudo, tenía pensamientos extraños. El hombre saca un libro de tapas negras. Es lo único que encontré entre los restos del palacio. Está lleno de códigos que no comprendo. Como escrituras de una civilización distante. Tiene muchos dibujos. Presiento que alguna respuesta tendrá. 

sábado, 20 de septiembre de 2014

Día 125: Reincidente de la realidad

      Atrapado de nuevo. Un reincidente de la realidad. Una nueva causa para el sumario de Brown. Robo a mano armada, disturbios en la vía pública, incendio premeditado y la lista sigue. Los amigos de la cárcel, así los llama Brown, mientras sonríe al oficial que retiene sus pertenencias a la entrada del Recinto.
      De hecho, los amigos de la cárcel no tardan en aparecer. Quince años en libertad es mucho tiempo, así se lo hacen entender sus nuevos amigos, luego de recibir la paliza de su vida.

      Un par de días en la sala de enfermería sirven para actualizar a Brown sobre los nuevos movimientos. Ya no hay líderes ni bandas. Son todos individuos, reos para los de afuera. Las alianzas son temporarias, sucintas al engaño y la traición, la clave es sobrevivir, hacerse fuerte o pasar desapercibido. Quince años en libertad es mucho tiempo.
      Brown aprieta las mandíbulas y se dedica a instaurar su orden. La condena es muy larga como para empezar a pasarla mal. Un nuevo atentado contra su vida se desarrolla. No son humanos, son bestias.  No razonan, no negocian, ¿Qué demonios les pasa? Pensaba Brown, al escupir una considerable cantidad de sangre. El nuevo encuentro con sus amigos le dejó un regalo. Cinco puntos a la altura del estómago. Milagro es vivir para contarlo. Un punto más dividía la distancia.
      Brown empieza a soñar con el escape. Tiene muchos planes, pero pocos socios. Los rudimentos de seguridad eran bastantes precarios como para asegurar el éxito de la empresa. ¿Quién le daría la mano? Parece que están concentrados en matarse entre ellos. La tunda les afectaba el cerebro, y por cierto no era personal. A todos le tocaba golpear y ser golpeados.
      En este clima de anarquía incipiente, Brown sollozaba por su futuro. Decidió reformarse, no entregarse al delito. Nunca más. Tendría que salir de este infierno, antes de que lo maten. Pasó meses instruyéndose. Leía todo libro que caía dentro de su celda. Se despojó de cualquier atisbo de mal hábito y se dedicó a permanecer invisible al radar. Para su sorpresa, los cambios fueron radicales. Los reclusos pasaban a su lado, como fantasmas que ignoran su sombra. Brown desapareció en presencia. La buena conducta vino acompañada de una reducción notoria de la sentencia. 
      El Recinto, cinco años después, vomitó de sus entrañas un hombre reformado. Un nuevo hombre. Brown caminaba dubitativo, el miedo a dar vuelta la espalda y descubrirse dentro de un sueño lo aterraba. Dos guardias miraban al hombre alejarse a paso de tortuga. Uno de ellos, apoyado sobre su fusil, sonrió y comentó: 

      - Parece que el sistema nuevo de androides golpeadores funciona. Casi mejor que la terapia de electroshock. ¿Quién iba a pensarlo? Sólo necesitaban que se los alejara un poco de la humanidad para reformarlos.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Día 124: Nadie pierde un alfajor

      La oficina de objetos perdidos tiene mucho trabajo. Hay mucha cola, mucha gente insatisfecha y pocos empleados. En el pasillo de entrada hay un hombre con una escoba que organiza el tránsito.
      Un señor, con el número 57 en la mano, zapateaba con gusto, mientras miraba de izquierda a derecha, como una lechuza aburrida. El asunto daba para largo.
      Unos cuantos minutos después, un empleado maullaba el número dos. Su felina voz invitó al número 57 a tomar asiento. El señor 57 relató su pérdida y pidió los formularios que corresponden para buscar su objeto.
      El empleado no cabía en su cubículo, pensó en lamerse la espalda, pero eso no sería adecuado. Con gesto de sorpresa dictaminó: nadie pierde un alfajor.
      Pero yo sí, respondió el señor 57. El empleado mostró sus garras. Me temo que va a ser imposible, señor, su pérdida no califica dentro de los estándares de objeto perdido.
      57 estalló en lágrimas. Tiene un valor sentimental. Me lo regalaron hace veinte años, nunca fue comido. Es un alfajor especial. Con dulce de leche. Es negro, y el paquete es marrón.
      Lo siento, señor, no podemos hacer nada, escupió el empleado, cual bola de pelo. El señor 57 golpeó el escritorio con entusiasmo. Algo debe hacerse, este crimen no puede permanecer impune. Yo pago mis impuestos, pago el sueldo de todos los patanes de este edificio. Hagan algo. Hagan algo. Es mi alfajor.       
      El hombre de la escoba entró en guardia, y cruzó miradas con el empleado. Levantó una mano y asintió con la cabeza.
      Mire, señor, entiendo lo que le pasa. A mi me encanta tomar leche de un plato, y una vez se me rompió mi plato preferido. Era hermoso, tenía unos motivos florales, con relieves en los costados. Se hizo trizas. Fue triste. Pero no me desanimé. Salí a la calle, y compré otro plato, como haría cualquier persona normal. O cualquier gato, si pudiera comprar platos. El señor 57 aceptó la derrota. Todavía hipaba los restos del último ataque de llanto. Le agradeció al empleado por su servicio y se retiró del establecimiento.
      El empleado jugueteó con un ratón de goma que tenía en el cajón del escritorio. De verdad lo apenaba el señor 57. Lo vio salir, y notó una mancha marrón en la parte trasera de su pantalón.
      Estuvo a punto de llamarle la atención, pero desistió. No importa, ronroneaba el empleado, ya se va a dar cuenta.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Día 123: Construirás cercas

      Está de incógnito. ¿Cómo será? Nadie lo descubre. Está ahí parado, justo al lado del florero. Tiene una mirada penetrante, como el florero. Sostiene un par de flores en la mano, como el florero. La pregunta. La que importa. ¿Qué hace? Ya sabemos, está de incógnito. ¿Pero quién lo mandó? Nadie. Es su trabajo.
      No es su trabajo estar de incógnito. Su trabajo es experimentar la vergüenza, de vez en cuando, no siempre. A veces se viste de pitufo drogado, para obtener un resultado similar. Como para que la gente observe, (cuando lo encuentra) y se regodee en su normalidad. Otras veces actúa como un sujeto normal. Toma cerveza, eructa, habla de su vida normal, eructa, tiene problemas como el resto. Un tipo normal. No hace nada y a su vez trabaja. No es un ñoqui, pero tampoco cobra. Tampoco es una adivinanza.
      El tipo trabaja de ser humano. Así de fácil. Bueno, no es tampoco el trabajo más fácil del mundo. Hay que alimentar a los críos, tener uno o dos trabajos extras inventados por el hombre, ganar dinero, comprar relojes de oro, escuchar a Eminem, salir a pasear en limusinas, comer caviar, eructar, tener sexo promiscuo, salir en las tapas de las revistas, dormir, visitar países socialistas, cantar debajo de la ducha, mojarse el pelo. No, nadie aceptaría de buenas a primeras un trabajo tan poco gratificante. Las larvas tienen menos trabajo. Se colocan su capullo y esperan, esperan, esperan, comen, esperan, esperan. Así sucesivamente. No hay secretos o motivaciones ocultas detrás del accionar de una larva. El ser humano es una concatenación de secretos y motivaciones ocultas. A veces está triste, otras enojado, pocas veces feliz, algunas veces drogado, muchas veces lleno de comida, otras enfermo. No es vida. Trabajo esclavo. Vivir para existir, las veinticuatro horas del día. Siete veces a la semana.
      Más sencilla es la vida de sus compañeros. Nacen con un solo propósito: conquistar galaxias. No existe nada que se interponga. El objetivo es fácil, no hay mucho por hacer. La labor de campo es más complicada. Infiltrarse entre los humanos, parecer humano, trabajar de ser humano, no parecer raro. Demasiadas cosas para tener en cuenta. Es la labor del marciano pobre. 
      Este pobre diablo espera un relevo, o un ascenso. Lo mismo da. Ya informó mucho. Les dio datos claves a sus superiores. La conquista de la Tierra era inminente. ¿Qué esperaban? ¿Destruir todo y dejar sus restos calcinados en algún que otro bar de mala muerte? No. Tal vez no tendría la ascendencia más ilustre, quizás su labor no sería la más importante y condecorada. Pero algo había aprendido de los humanos. Esa palabrita sonaba bien. Dignidad. Eso. Tenía dignidad, y honor.
      Por fortuna sus contactos en Marte no lo olvidaron. Un asteroide cayó en las cercanías de la ciudad dónde vivía el falso humano. Dentro del meteorito se encontraba la cápsula de escape. Esa noche, previa a la conquista marciana de la Tierra, nadie se percató de una pequeña nave que atravesó la atmósfera y se perdió en los confines de la Vía Láctea.


miércoles, 17 de septiembre de 2014

Día 122: Atascado

      El tren partió tarde. El tren había descarrilado. La gente estaba muerta. Todos. Sin excepción. El choque fue fatal. Sin sobrevivientes. Los paramédicos rodeaban los pedazos, como cuervos con estetoscopios y jeringas. No tenían mucho para hacer. Nada justificaba revivir a un muerto, salvo que ese fuera tu propósito. Salvo que fueras un loco psicópata que haya leído la bibliografía completa de Lovecraft.
      Solo una persona así picotearía los restos. Esa clase de persona estaba en el accidente. Tan solo no se había dado cuenta de sus propósitos. Todavía era una persona normal, sin locuras encima. Un simple médico que quería ayudar. Lo llamaremos a partir de ahora doctor A.

      Nuevos ojos le nacieron después del accidente a este doctor. La vida pasó a ser un enigma a descifrar. La muerte, una continuación de la adivinanza. La idea de revivir muertos o morir vivos le interesaba poco. La clave estaba en el trayecto.
      Su mente imaginaba un corredor oscuro y largo, en el que se pueda correr, tanto de ida, como de vuelta. Así suponía que debía ser el paso de la muerte a la vida y viceversa. Algo se le escapaba a la ciencia. No todo se trataba de hacer funcionar las partes del cuerpo humano, o que dejen de funcionar, o que estallen, aun en los extremos debería existir un continuo.
      Estudió todas las posibilidades que le permitía el conocimiento humano y concluyó que necesitaba un interruptor. Un simple mecanismo de encendido y apagado que logre controlar la actividad neuronal del individuo. Eso permitiría obtener su cometido inicial: tener un sujeto muerto o vivo de acuerdo las circunstancias.
      Gracias al interruptor neuronal, el médico sería capaz de matar a un sujeto por una hora y media, revivirlo por seis, y dejarlo ocho horas más muerto como reemplazo del sueño. Lo bueno de su invento es que preveía las consecuencias de estar muerto, sea la corrupción de la carne o la pérdida irrecuperable de neuronas.
      Lo probó con una rata. El interruptor andaba de maravillas. Lo difícil sería probarlo con un ser humano. Las actividades del doctor A eran bastante ilegales. Así que todo se reducía a dos posibilidades. O convencer a un familiar o conocido, o probar el interruptor en él mismo.
      La segunda opción fue la más plausible. No le llevó demasiado conectarse el interruptor en la nuca. El doctor A le pediría a un asistente de confianza para ayudarlo en las pruebas. En el transcurso de las siguientes ocho horas, experimentarían tres muertes y tres resurrecciones. 
      Cada una de las etapas habría sido un éxito, de no ser por la perilla. El interruptor falló, mejor dicho, quedó atascado, ahí justo en el medio. Luego se rompió. Ni muerto, ni vivo. Así estaba el doctor A. La mejor definición de zombie. Un tipo que chorrea baba, pestañea a destiempo y charla con lucidez en un dialecto críptico. El doctor A camina como un bebé atropellado, parece que quiere decir algo así como que lo maten. Es imposible, la porquería está atascada, no importa cuanto plomo metan dentro de su cuerpo, seguiría en este estado de semiconsciencia hasta el fin de los tiempos, o hasta que alguien se las ingenie para desatascar lo atascado.

martes, 16 de septiembre de 2014

Día 121: Fase experimental

      La copa estalló. Vidrios de variados tamaños adornaban el piso. La había matado con su hastío sigloveintiuntista. La pobre quedó hecha pedazos, víctima de un acto de telequinesis barato. Ni siquiera sabía cómo. Tan solo ocurrió. Así. Bum.
      La mesa también se movía. Era fácil. Movés los ojos, la mesa de izquierda a derecha tambalea. El piso tiembla. A salir afuera a probar el chiche nuevo. 
      Las personas caminaban por el parque. Algunos estaban sentados. Los árboles, indistintos a los acontencimientos de la vida humana, se sacudían con el viento. Algún que otro micro pasaba. Se pregunta, ¿qué pasaría si la gravedad desapareciera? El perro hacía una escalera al cielo, le dio tanto miedo que comenzó a cagar en el aire. La caca flotaba, y golpeaba contra los rostros de algunos distraidos. 
      Algún que otro tipo flotó junto con el perro también. Estaban igual de sorprendidos, aunque a diferencia del perro, no se les dio por cagar a nadie. Hubiera sido divertido, pensó.
      Caminó hacia la calle, como un mago maníaco desataba un caos vehícular. Los autos chocaban en el aire. Las personas se prendían fuego. Un chorro de agua serpenteaba entre las nubes, como una lagartija nerviosa. No hace falta aclarar, todo el mundo estaba asustado. El fin del mundo era una realidad.
      El ilusionista, feliz. ¡Es mi culpa, es mi culpa! Clamaba orgulloso. De una vez por todas ocurría lo imprevisible. Newton estaría satisfecho. Cada ley física postulada había sido rebatida y torcida a su antojo. Su mente jugueteaba con el panorama caótico de la ciudad. Un edificio volaba como un bate, mientras daba golpes al piso y aplastaba personas. Como un bate. 
      Cuando las naves llegaron, ni se percató. Estaba demasiado entretenido con sus juguetes. Los extraterrestres suspiraron. Se prometieron no volver a experimentar más con terrícolas. Conquistar planetas era un asunto demasiado serio como para andar probando métodos poco testeados. Mejor aprovechar el caos del momento, mientras no se den cuenta.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Día 120: Efecto Pigmalión

      El cajón estaba vacío, como de costumbre. No habrían de ocurrir las cosas usuales aquella noche, sin embargo. Las paredes traspiraban una humedad constante. La ventana semiabierta aguardaba, mientras un ligero viento corría por la habitación. El foco de luz que colgaba del techo, desnudo, tambaleaba.
      Un intruso camina en la oscuridad. Aprovecha el percance de la ventana. Debe ser silencioso para no despertar a nadie. Va rumbo hacia el cajón que no tiene nada, y lo llena. Luego se va del mismo modo que llegó.
      Sucede cuando una familia acaudalada muere en un accidente aéreo, en el que sobrevive un joven heredero. Ocurre cuando su fortuna araña los 4 mil millones de dólares. Luego del enojo con la existencia, de las imposibilidades de realización de tamaño patrimonio, es que acontece lo inesperado. 
      El cálculo es más o menos el siguiente. Tantos dólares para una sola persona, que no los necesita, que quiere sacárselos de encima. No cree en las bonanzas del actual sistema económico. Tampoco aboga por la filantropía que ejercen sus semejantes. Decide actuar con el énfasis que merece la situación. De esa forma se libraría del escollo del dinero. 
      Si dividiera 4 mil millones entre 15 mil, más de 250 mil familias se beneficiarían. Saldría a la calle, haría las de Robin Hood. Robaría sus propios ingresos, y los redistribuiría entre los más necesitados. Una pequeña suma, una ayuda para su alma, para el resto.
      Por la noche, un millonario acaudalado merodea. Viste de negro, lleva un saco negro, que cada vez queda más vacío. No lo atrapan por un acto del destino. 
      Se deshace de todo, hasta quedar desnudo de vida. No le importa, ya no es necesario tanto ropaje, albergar dentro de sí el odio clasista, el fantasma del combate innecesario, las purgas ideológicas, ya está lejos de todo. Más lejos aún. 




domingo, 14 de septiembre de 2014

Día 119: Un terrón de ácido

      Buenos recuerdos de mi infancia. Un terrón de ácido. No tendría más de once años cuando envenené por primera vez a mi madre. La vieja salió viva, todavía era inexperto. Vomitaba bilis camino al baño. El percance la tuvo unos meses en cama.
      A la segunda oportunidad tuve éxito, el combinado que utilicé fue fatal. No tuvo tiempo a respirar. Antes de morir llegó a mirarme. Intuyo que se debe haber dado cuenta que fui yo, de todos modos ya no me importa. Luego de eso fui libre. Podía salir a la calle, respirar. El reinado materno había llegado a su fin.
      Después de la muerte de mi madre, no volví a envenenar a nadie más. Me parecía un acto cruel y despótico acabar así como así la vida de un ser humano. Pareceré loco, pero tengo consciencia plena de lo que hago.
      Tampoco es que anide en mí una animosidad interna. Confieso que lo hago por placer. El veneno puede ayudar a los propósitos, pero no tiene las propiedades del fuego.
      Comencé a incendiar perros en un período oscuro de mi vida. Coincidió con la aparición de las Voces. Más que nada sonaba a recuerdos demasiado vívidos. Tenía la voz de madre, ese maldito seseo chirriante. Me instaron a hacer las cosas que hice. Me obligaron. Sabían, tanto como yo, que nunca ganaría mi libertad si no obedecía.
      Confieso que lo hice con disgusto. Era desesperante ver las caras de los pobres perros, como si me pidiesen una ayuda que no les podía dar. Así tenía que ser. Ojalá hubiera podido revertir las condiciones del ritual.
      Un tiempo después me descubrieron. Me tomaron por loco. Traté de explicarles lo que pasaba. Les conté acerca de las Voces. No me creyeron. Por el contrario, parecía que aumentaban más la dosis a medida que brotaban de mí las palabras.
      Igual no todo es malo. Descubrí cosas nuevas entre estas cuatro blancas paredes. Descubrí en ese vórtice que confluyen los mundos una posibilidad de escape. Las Voces no se escuchaban, debía ser efecto de los narcóticos. Sin embargo intuí que allí estaba la solución a todos mis problemas, en ese mismo vórtice, el Ojo me observaba, esperaba que realice mi movida.
      No me considero una gran mente. Suelo ser práctico. Lo combino con un dejo de audacia, ese es mi fuerte. Sé que me investigaron y saben de lo que soy capaz. Con más razón tenía que actuar con sigilo. Mis pedidos tendrían que parecer inocentes caprichos de loco.
      Así me hice con todos los elementos necesarios. Cerré los ojos, y rememoré mi vida. Tuve todo el tiempo en frente de mí la solución y no quise verla. Un terrón de ácido. Sólo eso necesitaba. 

sábado, 13 de septiembre de 2014

Día 118: La migración fantasma

      Tramaba en silencio, cansados de los maltratos. Un nuevo rumbo, un giro en la historia se buscaba. Ahí estaban, juntando polvo en los anaqueles. La humedad avanzaba, también el moho. Los líquenes se hacían un festín de papel. Todos iguales, libros descoloridos, libros baratos, libros con historias suntuosas, libros prohibidos, libros con enseñanzas morales, libros repletos de contenido sucio y vulgar, caían bajo el mismo peso del paso del tiempo y el deterioro que avanza. 
      Un pequeño tomo de la Enciclopedia Británica de 1967 resollaba. Tanto conocimiento acumulado para nada. Todo para quedar acá, sumido en el abandono. Algo tendría que hacer, él y sus compañeros de estantería. No los tocaban, les tenían miedo, eran como esa especie de monstruo de película, incluso algunos verdes por el moho se parecían. 
      El apéndice de la Enciclopedia planeaba un golpe maestro. Como él decía, el proyecto migración fantasma, una operación comando destinada a la libertad de toda la biblioteca.
      Aprovecharían el fin de semana, para no llamar la atención. Las tres de la mañana del viernes sería el horario indicado, cuando los seres humanos están preocupados en otros asuntos más triviales, como saber cuánto alcohol le cabe en el estómago o tratar de superar los inconvenientes de un nivel difícil del Super Mario. 
      Sin hacer mucho ruido, saldrían de a poco, uno a uno, o de a dos, de acuerdo a las dificultades que plantee la vigilancia del sereno.
      Los libros caminaban como pequeños gusanitos. Abrían y cerraban las portadas como si fueran patitas, las horas iban y venían, de acuerdo al vaiven de las tapas. Los libros más gordos se arrastraban con dificultad, como serpientes atragantadas. De a poco la biblioteca rebelde se convocaba en la puerta de salida. 
      Un alto en la marcha fue necesario para evadir al sereno. Poco importó, el tipo roncaba, con exhalaciones de acordeón destripado. Camino liberado. 
      El próximo objetivo, cruzar la calle. La noche ayudó. El pequeño tomo de la Enciclopedia Británica de 1967 miró para atrás, y sonrió. Se preguntaba, ¿Por qué el libro cruzó el camino? Claro que lo sabía, para salir de ese infierno, para liberarse del desahucio, una nueva oportunidad los esperaba, allá lejos, un clima más benigno para sus hojas estropeadas. Bahamas los espera. Bahamas, allá vamos.  

viernes, 12 de septiembre de 2014

Día 117: El encantador de serpientes

      El viejo flanger perdía su encanto. Las modas actuales lo habían arruinado, y no es que desease venderse al mercado como una prostituta del arte, decía. Pero las monedas eran cada vez menos, de algo había que vivir, y comer, por supuesto. La dieta del aire lo iba a dejar en un hospital. Tampoco podía vender la guitarra, era de las pocas cosas que le traía satisfacciones, o sea, algunos billetes. 
      El guitarrista pasó por un viejo callejón que le habían recomendado. Chequeó la dirección con el papel que tenía anotado. Acá era. Nada asombroso, un viejo bazar con una ventanita sucia. Se veía algunas ollas y sartenes, un juego de vasos, una guitarra de cuerpo azul pintada como con los dedos del pie. Ese tarado me jugó una broma, pensó. 
      Qué podía llegar a hacer. Estaba parado en el medio de un callejón, frente a un local con una guitarra azul en el exhibidor. Tendría que entrar, aunque sea para satisfacer la curiosidad. La campanita de la puerta anunció al vendedor la entrada del músico. El hombre era un viejito sentado en un taburete, con una radio portatil en la oreja izquierda. Escuchaba un partido de fútbol, una carrera de caballos o un heavy metal. Cualquier opción es factible, el sonido no era muy claro. 
      El viejito miró al músico de arriba a abajo, con gesto interrogativo. ¿Sí? dijo el hombre. El músico le explicó lo que deseaba. Necesito una cajita a la que se conecta la guitarra y el amplificador, con eso puedo sacar sonidos extraños, ¿entiende?
      Usted necesita una pedalera. No soy tonto, entiendo algo de música, joven. Mire. El viejo empezó a revolver en unos cajones de madera. Luego asintió como para sí y salió para el fondo del local. Unos minutos después trajo una caja negra llena de polvo:

      - La tengo desde hace unos años en el depósito. Ni siquiera sé si andará. Fue un regalo, porque el fabricante me la envió por error. Pruébela, si funciona le puedo hacer buen precio -el anciano guiñó al guitarrista-.

      El guitarrista no pudo contener su asombro. La ingeniería del aparato era algo nunca visto. En el costado derecho tenía el pedal del wah wah, y a la izquierda, un botón al lado del otro. La caja era toda negra. Los botones, el pedal, todo negro. No se ve tan mal.
      Luego de observar el aparato, sacó la guitarra de la funda y la conectó a la pedalera. Le colocó el plug del amplificador de 15 W que llevaba en la mochila y ensayó un par de acordes. El sonido era celestial. Una nitidez que en su vida había escuchado del pobre marshallito. Sin dudarlo preguntó el precio de la pedalera. 
      Trató de sonar lo más calmo y desinteresado posible. No sea cuestión de activar la codicia del viejo. El vendedor levantó tres dedos. En verdad era buen precio. El músico salió a la calle con la caja negra debajo del brazo. No podía esperar más, la probaría esa misma tarde en su esquina.   
      Lo toqueteó como pudo, el aparato tenía un accionar un tanto raro. Comenzó con un repertorio tranquilo, como para llamar la atención de los transeúntes. La gente comenzó a acercarse de a poco. Primero, los curiosos, luego los reacios, al final, todos los que pasaban por ahí se quedaban. Más personas llegaban, y más. El enjambre superaba los diez mil, y seguía creciendo. 
      El guitarrista ni se imaginó lo que ocurría, estaba concentrado en su música. Notaba que había alguno más de la cuenta. La ovación al final del tema lo aturdió. Un nudo a la mitad de la garganta se asomaba. Por cinco minutos el público aplaudió sin parar. Lo coreaba, le pedía otro tema, y otro, y otro.
      Tomó un poco de agua, estiró los dedos y les tocó una composición de su autoría. El griterío lo aturdió. Todos palmeaban, sacaban encendedores, acompañaban los ritmos con pequeños cantos, un par de personas se había sacado la remera y se encontraba con el torso desnudo. 
      Como un oso atraído a un panal, más gente se sumaba al concierto. Ya había más de cincuenta mil, no entraba un alma. Las colas para acercarse al músico ya superaban las diez cuadras. Algunos comenzaron a golpearse entre sí, desaforados por el ritmo que los llevaba directo al frenesí. Los que estaban más cerca, ya estaban la mayoría desnudos. Muchos de ellos, haciendo el amor entre sí. 
      La policía llegó unos diez minutos más tarde, dispuesta a reprimir e instaurar el orden. Pero ni bien la música detonó en sus tímpanos, los oficiales bailaron sumidos en el descontrol del tumulto. De vez en cuando disparaban al aire, y algún que otro policía descargaba la 9 mm entre ellos, o en sus propias sienes. 
      El tercer tema, de largo aliento, llegó a su fin. El aplauso era una ola inmensa de sonido, las manos que se juntaban eran tantas que era imposible distinguir la onomatopeya del clap seguida del clap. El aplauso era un largo clap sostenido, fuerte, que destrozaba el oído. Los que hacían el amor, empezaban a patearse entre ellos. Las personas que aún no habían caído en el hechizo tomaban al que tenían al lado, y le comían el cuello, o el brazo, o lo que tuvieran a mano.
      Un tema más, señaló el músico. El aplauso menguaba en su intensidad, algunos ya estaban muertos, otros iban camino a eso. Mi obra maestra, la voy a tocar, y van a saber lo que es bueno, pensaba. De hecho fue increíble, un gran solo dio paso a un desarrollo del mejor flamenco nunca antes escuchado. Algunas explosiones se sentían a lo lejos. Algunas cabezas ya no daban más. Explotaban, así como así. 
      El concierto terminó con la mayor masacre del mundo de la música. El guitarrista apagó su marshallito, y guardó la guitarra y el pedal. Estaban todos muertos. Todos. Un océano de cadáveres lo rodeaba, algunos desnudos, algunos comidos, otros con el cráneo desfigurado. 
      Trató de hacerse camino. Capaz que toqué muy fuerte, voy a tener que bajarle un poco al volumen, razonaba el guitarrrista. Seguro era eso. Es una pena que todos hayan muerto. Si al menos le hubieran dejado una moneda. 

jueves, 11 de septiembre de 2014

Día 116: La antinomia

      Descubrió que todo era una mentira itinerante. No lo sabía hasta que robó ese extraño aparato. La bestia de la creación no preparó al hombre para enfrentar a las posibles realidades de un viaje en el tiempo. De hecho su mera existencia era producto de una paradoja irresoluta.
      Atravesó el portal, a pesar de todo. Lo venció la curiosidad del momento, la posibilidad del qué habrá del otro lado. Y se encontró. A sí mismo se encontró. Miró a su cara, mucho más joven y le fue imposible recordar. No le fue posible advertir que cada minuto vivido empezaba a desvanecerse ante sus ojos.
      Hablaron de cosas que el yo del pasado no conocía del yo del futuro, y viceversa. Exploraron un mundo en el que los límites son tan solo fronteras engañosas. En un instante en que el tiempo deja de ser tiempo, en que el punto de partida deja de existir, y por consiguiente, el viaje mismo redunda en su inexistencia. 
      Los detalles técnicos para consagrar una idea de tamaña complejidad se escapan, son tan solo números de una extensa ecuación escritos en las aguas remotas de la paradoja tiempo. Lo que se comprueba es la imposibilidad del viaje a un punto del espacio en una fracción diferida de tiempo. La idea es que, como los ríos, todos los tiempos confluyen en un gran océano, ajeno a las invenciones de la mecánica cuántica y las bromas de la física. 
     El océano al fin del tiempo permanece inerte. Se encuentra exento de las responsabilidades de las reglas de la naturaleza. Vive sumido al efecto de un conjuro anárquico, una alabanza pagana y despótica. Nadan los muertos entre sus aguas. Flotan sin saber los comos, sin preguntarse los por qué. Fluyen a la deriva de la misma nada figurada. Más allá existe una puerta, o la sombra de un horizonte. Nadie se pregunta, nadie sabe, si es en verdad el final de todo lo catalogado bajo el espectro de la existencia, o es otro pequeño engaño, una nueva broma que prefigure el inicio del círculo.  

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Día 115: Mi techo es ningún lugar

      Existe un poco de prisa aunque no sea tanto apuro. Es la tinta que corre sobre la hoja, o la barra que avanza por el monitor a medida que se expiden las letras y los espacios. Luego, el punto que duele, el final. La pequeña muerte del texto terminado. No más. No more. La historia no tiene más para contar. Ya no hay nada más para decir, o acotar. A lo sumo quedará un burdo epílogo, o una tonta nota al pie. Algún que otro descuido del escritor.
      Se relee lo escrito. Con alegría y pena nos convencemos que ya no nos pertenece. El nene creció, armó las valijas y se fugó de la casa, no está más. Mientras más pase el tiempo, más nos va a costar reconocer algo nuestro, dado que nos es ajeno. Iluso de nosotros, nos creemos autores, que podemos encadenar el texto al fantasma de un nombre en la portada de un libro, o al pie de unas cuantas frases.

      Lo peor es el vacío. El sentirse como un dentífrico gastado. El miedo de que ya no exista nada más por decir, de callar la voz por siempre. Miedo de que el punto sea final, y definitivo. Estar al borde del abismo, y no saber si vamos a caer o si surgirá un nuevo puente, así de la nada.
      La mente no ayuda. El tiempo no ayuda. Nada ayuda. Todo conspira para hacer desistir al individuo de sus propósitos. Es una tentación a vencer, evitar que la espalda se quiebre. Las voces llaman, hablan de lo inminente. Que tal solo sea una crisis, es el deseo. Puede destruirse todo, mas algo siempre queda en pie.
      De nuevo el texto, y la imagen del dentífrico exprimido hasta su última consecuencia. ¿Quedará algo más por decir? ¿Es posible evadir la cuota de silencio que impone ese solemne momento? Los sueños quizás sean la prueba de que quizás quede algo más.
      Tal vez sea posible detener el mecanismo, activar una especie de expiación. Hay que creer en lo diferente, tener un acto de fe, aunque esté muerto por dentro. Romper con el espejismo, disolver el espanto, gritar, creer en la existencia de la vida después del texto. Volver a escribir, moribundo, vencer ese momento de lo todo dicho. Aunque no sea la indicada, aún queda una palabra.

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