lunes, 1 de septiembre de 2014

Día 106: El tenedor turco

      Fue confeccionado en algún momento del siglo XI en las tierras de Constantinopla. Bajo su constitución alimentó a sultanes, a califas, a emires. Todos lo utilizaron, con el mismo placer, con la misma indiferencia. Todos han muerto. Él sobrevivió, eterno. Ahora es tan solo un lindo tenedor con un diseño extravagante, guardado en un estante de un mueble de una casa de familia, usado para ocasiones especiales. Cuando viene la tía chola, por ejemplo.
      Por siglos, ajeno al tiempo, permaneció sin ser usado. Acumuló venganza. Un deseo de muerte y vísceras, algo inusual para un simple y viejo tenedor, por cierto. Quería pinchar y desgarrar, pinchar y desgarrar, todo lo que se cruzase. El tenedor turco había jurado por todos los santos que destruiría a la humanidad. Ahora no sabía cómo, estaba encerrado, y no lo dejaban salir.
      Los murmullos de afuera le volvieron la vida al cuerpo. Mañana vendría la tía chola a comer. La señora le comentaba al señor que sería una linda ocasión para usar los cubiertos que trajeron de ese viaje a Estambul. Sí, una linda ocasión, para pinchar y desgarrar.
      Al día siguiente, cuando todos estaban sentados a la mesa, la señora sirvió un apetitoso plato de fideos a cada miembro de la familia. La tía chola felicitó a la señora, por lo rico que le salieron los tallarines. También alabó el lindo tenedor que le había tocado, esos motivos dibujados eran preciosos. El señor le realizó una breve reseña del viaje a Estambul, del lugar en donde compraron los cubiertos, y de como le regateó al comerciante para que le vendiese los vasos a mitad de precio. Auténtico cristal, una ganga.
      La tía chola asentía feliz. Explicaba que ya no hacen los cubiertos como antes. Ahora se rompen de nada. Están hechos de latas de durazno, apenas pinchás algo, los tenedores se doblan. Una porquería. Cacho siempre me decía. La tía chola suspiró. Cacho había muerto hace tres años y medio. Se había infartado en esa misma mesa. A la tía chola le daba pena recordar. 
      El señor estaba nervioso, sabía que a la tía chola le solían agarrar esos ataques de llantos de la nada, desde que el tío Cacho falleció, le pasa siempre. Ahora le temblaba la mano, la que tenía el tenedor. Parecía que una fuerza sobrenatural operaba sobre la mano. El tenedor tomó el control de su destino y se dirigió a los ojos de la tía chola. Clavó su cuerpo una y otra vez. Desgarró los brazos, pinchó el estómago y las piernas. La tía chola sangraba a mares y daba grititos agudos.
      Luego del silencio incómodo, el señor le tocó el hombro a la tía chola y le preguntó si se sentía bien. No es nada, querido, es que se extraña tanto a tu tío. El diálogo despertó al tenedor de sus ensoñaciones asesinas. Nadie había pinchado o desgarrado a nadie. El tenedor turco hizo fuerza, con toda su voluntad, pero no se pudo mover. No le habían comentado que en la vida de los hombres, los tenedores no suelen moverse por fuerza propia. No importa, jadeaba el tenedor, ya me voy a mover, no es la primera vez que intento, algún día lo voy a lograr.
      Luego de servir el postre, la señora juntó los cubiertos y se fue con su hijo a lavar los platos. El hijo, a pedido de su madre, una vez limpiados y secados los cubiertos, los guardó con rigurosidad en el armario hasta una nueva ocasión. 

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