martes, 2 de septiembre de 2014

Día 107: La sílfide sumergida

      Por las profundidades del océano vagaba una sílfide. Una lucha entre ángeles la había depositado en aquella cárcel acuática. Luego de años sin lograr escapar, las condiciones naturales de su elemento asimilaron las nuevas condiciones de vida bajo el agua.
      Así como la eternidad es un largo camino que se tiene que pagar, la sílfide pululaba en el océano, sin rumbo prefijado. Cada tanto se alimentaba de algún que otro pez. Su actividad favorita era ahogar navegantes. El canto de una sílfide se confundía con los llamados de las sirenas. Su belleza se equiparaba a las más hermosas mujeres sobre la tierra. Era normal que los navegantes no puedan resistirse a la invitación de la sílfide de morir ahogado en el fondo del océano.
      Ese día tenía muchas ganas de invitar a algún marinero a hacerle compañía con su cadáver. Una mala elección de la Fortuna lo cruzó con el capitán del Nautilus II, el cual estaba al tanto de los peligros sobrenaturales de surcar las vastedades del océano. Razón por la cual, el capitán advirtió a su tripulación, que estén preparados para atarse al mástil y a impermeabilizar sus oídos ante el peligro de las sirenas.
      La sílfide llamó y llamó, pero no obtuvo respuesta. Eso lo puso de muy mal humor. Pateaba el agua. Le salían burbujas de improperios. Basta de juegos. No se contentaría con ahogar un navegante. Hundiría todo el barco.
      El capitán del Nautilus II, un viejo lobo de mar, al sentir los golpes por debajo de la estructura del barco, viró el timón hacia estribor, para retomar el curso a babor. La brusca maniobra generó que la sílfide se golpeara la cabeza con la quilla. Con dolor se tomaba el rostro, mientras maldecía al mundo entero. No, no ahogaría un navegante, no hundiría el barco. Prendería fuego el océano, de cabo a rabo.
      El fuego que emanaba de sus manos no era el típico fuego humano, que perecía bajo el peso del agua. El fuego sobrenatural brotaba de la sílfide, y resistía la amenaza oceánica. Sin dudas lo habría logrado, de no ser por la aparición de un invitado inesperado a la fiesta.
      El tiburón estaba lejos de su casa. Faltaba comida, y por eso tenía que desplazarse. A un par de kilómetros había divisado lo que parecía ser un barco. Al fin tendría un festín digno de un Dios. La buena suerte lo cruzó de antemano con un aperitivo. Una pequeña hadita con fuego en las manos, que maldecía sin parar. Sin dar lugar a saludos de compromiso, el tiburón engulló a su presa de un bocado. 

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