miércoles, 3 de septiembre de 2014

Día 108: Vigilia por el futuro

      La obsesión. El vuelo de la libélula. Un camino de estrellas que se torna un pasaje de velas, encendidas. La mente sueña lo imposible. Es la habilidad del soñador profesional. Su trabajo se destaca dentro de las actividades laborales más promisorias del siglo XXII.
      La habilidad de inventar mundos se ha vuelto un bien preciado dentro de una sociedad menguada por la locura y la radicalidad existencial. Los individuos nacen y crecen sin la capacidad de recrear imágenes oníricas. Con su consabida explotación de mercado, el surgimiento de personas capaces de recrear sueños ajenos a cambio de un módico costo se ha vuelto más que conveniente.
      El precio que se abona es el equivalente a unas vacaciones en Europa, el satélite de Júpiter. Un costo que muchas personas son gustosas de pagar a cambio del protagonismo de su propia película. Vivir cosas diferentes. Escapar de la realidad que aprisiona. Condimentar la rutina con cuotas de vivencias surrealistas. Todos preceptos que el soñador profesional conoce al dedillo.
      Lamentablemente, aún no se ha desarrollado una tecnología capaz de reemplazar al soñador, dado los riesgos inherentes de la profesión. De acuerdo a un estudio, la vida útil del soñador profesional no supera los diez años. Y el riesgo de muerte se incrementa a partir de esos diez años trascurridos en un 450 %.
      Las principales causas de muerte de los soñadores profesional son variadas, aunque mayoritariamente el producto ocasionado por la falta de sueño propio en el soñador son cáncer cerebral y muerte por accidente cardiorrespiratorio.
      A pesar de los riesgos de la profesión, de renunciar a los sueños propios, a no dormir y la reducción significativa en la calidad de vida, el gremio de los soñadores profesionales abraza su legado. Hablan de su trabajo como un arte que cura las heridas de la civilización. Los soñadores profesionales se consideran mártires de una causa. Su sacrificio no será en vano, ya que los pronósticos científicos estiman que dentro de 60 años, a principios del siglo XXIII, la población marciana va a recobrar la capacidad de volver a soñar.

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