sábado, 6 de septiembre de 2014

Día 111: Contacto

      El piloto sobrevolaba el área con destreza. No había muchos lugares en donde aterrizar la aeronave, así que se decidió a hacerlo en una playa próxima en su radio de vuelo. El aterrizaje fue un éxito. Los controles de la nave estaban todos en los niveles adecuados. El infrarrojo le advertía que a no menos de 10 kilómetros se hallaba una ciudad.
      Una maldición salió de los labios del piloto. Recordó el accidente con el asteroide, en el que perdió el vehículo de reconocimiento terrestre. Sin mayores apuros, tomó asiento en la playa y se dedicó a terminar su almuerzo. Una vez hecha la digestión, caminó rumbo a la ciudad. El silencio del nuevo planeta era atroz.
      Algo le habían informado acerca de la posibilidad de cruzarse con un planeta habitable vacio, pero esto parecía una gran broma. El lugar era fantástico, ¿quién en su sano juicio eligiría no vivir aquí?
      Luego de media hora de caminar, el piloto empezó a divisar los edificios de la ciudad. Conforme se acercaba, la expectativa del explorador crecía. Activó el dispositivo termoneutrónico, para detectar concentraciones de carbono inteligibles. Para su fortuna, a doscientos metros se hallaba un alto edificio con una anatomía viviente de carbono dentro.
      El edificio, contrario al descuidado entorno, estaba impecable. Una gran puerta de madera, semientornada, lo invitaba a pasar. Un pequeño ser se hallaba dentro del edificio, sentado en un escritorio. Pareció no advertir la entrada del piloto. Estaba concentrado en limpiar sus oídos con un hisopo. El piloto golpeó amablemente el escritorio, para llamar la atención del individuo. Un gesto de dolor atravesó el rostro del pequeño oficinista, el hisopo había entrado demasiado en el oído.
      El explorador empezaba a perder la paciencia:

      - ¡Saludos, terrícola! ¡Vengo de la XI región de Krastark, cuarto planeta desde nuestra estrella! Ustedes han llamado a mi planeta Marte. Lo saludo. Me es muy grato establecer el primer contacto con su planeta. Nos ha llevado mucho tiempo llegar...

      El oficinista le preguntó qué estaba diciendo, que no lo oía. Estaba medio sordo. Su voz pastosa y gangosa salía en un tono monocorde capaz de dormir a un león. El marciano volvió a repetir su discurso. El oficinista lo miraba de arriba a abajo, como un pajarito muerto que había traído el perro:

      - Mire, señor marciano. Usted por ahí no viene muy seguido a la Tierra. Yo le informo: Son las 2 de la tarde, y es mi hora libre, así que no puedo atenderlo. Va a tener que esperar. Puede sentarse en ese banquito.

      - Pero, pero, ¡Ésto es un hecho histórico! ¡Debemos celebrarlo!

      El oficinista le señaló su reloj, sin volver a mirarlo. Luego de eso, metió el hisopo en el otro oído. El marciano ignorado no tuvo más remedio que sentarse a esperar. A las 15 en punto el oficinista esbozó una sonrisa media boba y con el menor interés del mundo dijo: Siguiente. El marciano entendió que era llamado. Repitió por tercera vez su discurso, esta vez de manera más detallada. Le habló de su civilización, de su historia, de como habían descubierto la existencia de vida en la Tierra y por último de su travesía para llegar hasta este mismo lugar. El oficinista lo miraba igual que antes, como un pedazo de caca con el que jugaba un gato malo:

      - Si. Entiendo. Usted requiere hacer contacto con la humanidad. Le explico. Tiene que llenarme este formulario por triplicado. Luego necesito un certificado expedido por su planeta en el que se detalle los motivos de visita a la Tierra. Y acá tiene esta declaración que preciso que me complete por duplicado. No olvide de traerme todo sellado. Cuando tenga toda la documentación en regla, autorizada por la Estación Espacial Internacional, un delegado de nuestra civilización le dará la bienvenida. Muchas gracias. Siguiente.

      El marciano estaba perplejo. No entendía nada. Esperaba mayor entusiasmo de su par terrestre. Al fin y al cabo, como repetía, era un hecho histórico. Le dijo que era un marciano de verdad, por si acaso, que necesitaba hablar con las autoridades de su planeta. El oficinista acomodó sus gafas. Lo miró serio. Él también empezaba a perder la paciencia:

      - Pero tendría que habérmelo dicho de un principio, señor. Para contactar a las autoridades de la Tierra tiene que viajar a la Luna, y de ahí lo van a dirigir a la Dependencia con la que usted desea contactar. Esto es una oficina de migraciones. Y lamento informarle, pero la Tierra se encuentra desierta, nadie vive acá. Su viaje ha sido una pérdida de tiempo. Le pido por favor que se retire y me deje hacer mi trabajo, que para eso me pagan.

      El piloto marciano también empezaba a exasperarle ese pequeño renacuajo terrestre. Si tan solo pudiera aplastarle el cráneo con una barra. El marciano recordó que en su equipaje tenía un láser subatómico. Lo sacó y apuntó al oficinista:

      - Más le vale que haga mejor su trabajo. ¿Le explico de nuevo lo que deseo?

      - No va a lograr nada con amenazarme. Lo van a detener y va a perder su libertad. Baje el arma, si se considera un marciano inteligente.

      - Claro que lo soy. Usted está solo en el planeta, si lo mato, la Tierra pasará a manos de los marcianos, mire que inteligente soy.

      El oficinista se desternillaba de la risa. Se tomaba el estómago, no podía parar de reír. El marciano, nervioso, le colocó la pistola láser en la sien, quería saber qué era tan gracioso. El terrícola se enjuagó las lágrimas:

      - Es que, es que... jajaja, usted es un idiota. ¿No ve que este planeta está desierto porque es un basurero nuclear? No puede vivir nadie, nadie acá. Ni siquiera usted con su tonto láser. La Tierra está envenenada, no sirve para nada. Si usted me dispara, van a enviar a otro androide de la estación. No sea bobo, reaccione hombre.

      El marciano hizo oídos sordos. La cabeza del androide voló en mil pedazos, un charco de aceite manchaba el escritorio. El marciano se sentó. Ahora estaba en paz. Un acceso de tos le hizo vomitar. Tal vez tenga razón esa criatura del demonio, tal vez tenga que irse cuanto antes.

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