domingo, 7 de septiembre de 2014

Día 112: El sentido velado

      El concierto de las partículas. A veces es dudoso no creer que exista una cierta armonía en el universo. Tal vez para bien, tal vez para mal. El  mundo suele encargarse de la belleza del asunto, también construye las estructuras próximas a ser derruídas. Y no hay cuestión de tiempo, no es un asunto de vida o muerte, no hay juegos en el espacio. Es lo que ocurre, en ese danzar de protones y electrones, en esa exigua parte de lo no visto, de lo no tocado, en donde ocurre lo que ocurre.
      Y mejor pagar un boleto a ninguna parte, porque ese es el punto de llegada, si es que existe. Es donde nace las fuerzas de lo incógnito, el emblema de lo inalterado por la labor de nuestras manos. Es un punto incognoscible que se nos escapa, como el grano de arena. Es lícito preguntarse si es posible construir un organismo a partir de la vaguedad con que uno puede aproximarse a lo desconocido. 
      Curioso, así nace la vida. Así también muere. Existe una direccionalidad implícita en ambos actos, una conexión, conducente vaya a saber dónde, o vaya a saber por qué. Desde nuestro nacimiento somos impregnados por el código secreto de la naturaleza, un jeroglífico velado a nuestra existencia, ajeno a nuestro entendimiento. Ahí está, impreso, marcado a fuego, el mentado sentido de la vida. 
      En la ignorancia creemos activar resortes, alinear mecanismos. Solemos investigar, reflexionar, recurrir a la dialéctica, para explicar eso que se nos escurre por entre los dedos. Siempre suponemos estar cerca de las respuestas. Caemos fácil en la soberbia del conocimiento, más aún en las trampas del dogma. Nuestro organismo, diseñado con la maestría de un experto relojero, cae en los mayores simplismos. Olvida así la naturaleza del caos, de lo complejo, de las múltiples conexiones. 
      No es complicado creer en la armonia del universo. Incluso tampoco lo es pensar que las respuestas puedan llegar a ser mucho más sencillas de lo esperado. La gracia de nuestra tragedia es ese cartel pegado a nuestra espalda. Ahí está escrito todo lo que necesitamos saber. Justo ahí, en la espalda, como una broma de secundario. Nadie lo ve, solo cada uno de los miembros de esta curiosa familia antropomorfa de mamíferos. No se pueden quitar el cartel entre ellos, ese papelito escrito pertenece a cada uno, y es imposible sacárselo, está pegado a fuego y sangre, y tiene algo escrito.


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