martes, 9 de septiembre de 2014

Día 114: La Conspiración Arco Iris

      El malhechor, atado de pies y manos, se negaba a confesar. Todavía tenía las manos manchadas de pintura. No abriría mas la boca. Su juramento de silencio a la revolución del color lo llevaría a la tumba. Así lo entendía, mientras soportaba las vejaciones de los torturadores.
      El Rey Sombra estaba preocupado. Su reino se hallaba en peligro, todo por culpa de una bandada de insurrectos que se negaban a acatar sus decretos. Esa mentada Conspiración Arco Iris. A él le gustaba llamarlos rebeldes a secas, dado el grado de autoridad que emanaba ante sus súbditos.
      Los problemas en la corte se aguzaron desde la decapitación del último bufón. El rey está loco, el rey está loco, susurraba la plebe a sus espaldas.  El lo sabía, no era sordo, los escuchaba a través de las delgadas paredes de su reino. Un día mandó a llamar a todos los payasos y arlequines del pueblo. Todos sabían que desde la muerte de la Reina Iluminada, el humor y los colores estaban prohibidos.
      Las paredes deberían estar pintadas de negro. Las cortinas, los trajes, todo tenía que tener el consagrado luto dedicado a la desaparición física de la mandataria. Creyeron que la pena duraría unos meses, y todo volvería a la normalidad, como ocurrió en los anteriores reinados, pero nada fue lo que pareció. 
      Los años pasaron, y el semblante del rey se oscureció, para ese entonces se había ganado el apodo de Rey Sombra, nombre que al final adoptó para instaurar el temor a su autoridad. Las ejecuciones crecían, las guerras aumentaban, el ánimo de los súbditos disminuía. El Rey Sombra estaba triste, todos deberían sufrir sus tristeza, hasta la misma muerte. 
      En esa época había llegado a la corte los primeros rumores de la Conspiración Arco Iris, un puñado de vándalos que se dedicaba a pintar las paredes de colores. De ese modo tonto quebraban el decreto real. El rey, furioso, mandó a matar a cualquier persona con visos de artista. Debía cuidarse de los peligros de una insurrección violenta que derrocara su reinado. 
      Los ataques de la conspiración crecía, así como los terrores nocturnos del Rey Sombra. Temía ser envenenado. Temía que el sol lo quemara vivo. Temía amanecer degollado por sus sirvientes más próximos. Por temor, no osaba salir del salón principal del castillo. Nadie podía entrar o salir sin su consentimiento. Cualquier documento tenía que ser pasaba a través de la puerta, lo mismo que la comida. 
      Un acto inesperado sacudió la vida del Rey Sombra. El arlequín venía a los gritos. Cantaba con alegría. Los colores de su ropa eran capaces de cegar a la parca. Pedía una audiencia con el rey,
      El Rey Sombra decidió seguirle el juego por un rato. Después mandaría que lo decapitasen, y exhibieran su cabeza en la plaza principal. Un pequeño recordatorio de su estado de ánimo. El arlequín le sonreía, le contaba acerca de la conspiración. No eran vándalos como él pensaba. Eran tan solo personas alegres, que querían que volviese a ser feliz.
      El rey frunció el ceño. Negaba con la cabeza. Nadie sería capaz de hacerlo feliz, a menos que fueran capaces de revivir a su querida esposa. El arlequín se acercó al trono. Le cantó una hermosa balada. La vida sigue, explicaba. Afuera hay vida. No se puede tapar el sol con una mano. El sol es vida, y todos los días vivimos para hacer nuestra estancia en este mundo algo más lindo.
      Con qué fin, preguntó el rey. Era astuto, no se iba a dejar vencer tan fácil. El arlequín tampoco tenía demasiados argumentos, así que repitió lo mismo de antes, que la vida sigue. El Rey Sombra empezaba a cansarse del juego. Dio dos palmadas para llamar a la guardia.
      El arlequín sabía que el tiempo se acababa. Algo tendría que haber para vencer ese estado de inanición espiritual. Sin nada más por hacer, improvisó un movimiento para salvar su vida. Dio un par de pasos hacia el trono, lo más rápido que pudo y abrazó al rey. Lo abrazó fuerte, como para que lo sienta. El Rey sombra ni se inmutó. Entonces fue cuando el arlequín empezó a hacerle cosquillas.
      El Rey Sombra hizo una mueca. Se resistió hasta que no pudo más. Largó una carcajada que retumbó en todo el salón. Las manos manchadas le tocaban todo el cuerpo. El Rey moría de la risa. Por suerte la guardia llegó y encarcelaron a tiempo al arlequín. 
      La tortura estaba por empezar. El arlequín permanecía estoico. Había renunciado al habla. La cuchilla se acercaba a su cuerpo. Cerró sus ojos y rezó en silencio. Nada ocurrió. Una mano se apoyaba en su hombro. El Rey Sombra estaba a su lado. Su rostro aún estaba colorado por las cosquillas. Le explicó que luego de que lo llevaran a la mazmorra, había salido del salón, y también del castillo. Dio un paseo por su reino, después de tantos años.
      Un vendedor lo reconoció, y le regaló una manzana roja, la cual era deliciosa. Miró al cielo azul y vio el sol que le había nombrado el arlequín, el sol amarillo. Cruzó por la caballeriza real. Unos majestuoso alazanes pastaban. Recordó al arlequín. Tantos colores tenía la vida. Tantos colores que estaban más allá de su poder en esta Tierra. ¿Quién era él para suprimir el derecho a ser feliz? ¿Era eso lo que habría querido la Reina Iluminada, tan afín al canto y la alegría? No, no lo hubiera permitido, le habría hecho notar sus actos tiránicos, como siempre, con la valentía de su estirpe. El Rey Sombra se acercó al arlequín y le devolvió el abrazo. Muy despacio al oído le susurró: Gracias por revivirme.

No hay comentarios.:

Linkwithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...