viernes, 12 de septiembre de 2014

Día 117: El encantador de serpientes

      El viejo flanger perdía su encanto. Las modas actuales lo habían arruinado, y no es que desease venderse al mercado como una prostituta del arte, decía. Pero las monedas eran cada vez menos, de algo había que vivir, y comer, por supuesto. La dieta del aire lo iba a dejar en un hospital. Tampoco podía vender la guitarra, era de las pocas cosas que le traía satisfacciones, o sea, algunos billetes. 
      El guitarrista pasó por un viejo callejón que le habían recomendado. Chequeó la dirección con el papel que tenía anotado. Acá era. Nada asombroso, un viejo bazar con una ventanita sucia. Se veía algunas ollas y sartenes, un juego de vasos, una guitarra de cuerpo azul pintada como con los dedos del pie. Ese tarado me jugó una broma, pensó. 
      Qué podía llegar a hacer. Estaba parado en el medio de un callejón, frente a un local con una guitarra azul en el exhibidor. Tendría que entrar, aunque sea para satisfacer la curiosidad. La campanita de la puerta anunció al vendedor la entrada del músico. El hombre era un viejito sentado en un taburete, con una radio portatil en la oreja izquierda. Escuchaba un partido de fútbol, una carrera de caballos o un heavy metal. Cualquier opción es factible, el sonido no era muy claro. 
      El viejito miró al músico de arriba a abajo, con gesto interrogativo. ¿Sí? dijo el hombre. El músico le explicó lo que deseaba. Necesito una cajita a la que se conecta la guitarra y el amplificador, con eso puedo sacar sonidos extraños, ¿entiende?
      Usted necesita una pedalera. No soy tonto, entiendo algo de música, joven. Mire. El viejo empezó a revolver en unos cajones de madera. Luego asintió como para sí y salió para el fondo del local. Unos minutos después trajo una caja negra llena de polvo:

      - La tengo desde hace unos años en el depósito. Ni siquiera sé si andará. Fue un regalo, porque el fabricante me la envió por error. Pruébela, si funciona le puedo hacer buen precio -el anciano guiñó al guitarrista-.

      El guitarrista no pudo contener su asombro. La ingeniería del aparato era algo nunca visto. En el costado derecho tenía el pedal del wah wah, y a la izquierda, un botón al lado del otro. La caja era toda negra. Los botones, el pedal, todo negro. No se ve tan mal.
      Luego de observar el aparato, sacó la guitarra de la funda y la conectó a la pedalera. Le colocó el plug del amplificador de 15 W que llevaba en la mochila y ensayó un par de acordes. El sonido era celestial. Una nitidez que en su vida había escuchado del pobre marshallito. Sin dudarlo preguntó el precio de la pedalera. 
      Trató de sonar lo más calmo y desinteresado posible. No sea cuestión de activar la codicia del viejo. El vendedor levantó tres dedos. En verdad era buen precio. El músico salió a la calle con la caja negra debajo del brazo. No podía esperar más, la probaría esa misma tarde en su esquina.   
      Lo toqueteó como pudo, el aparato tenía un accionar un tanto raro. Comenzó con un repertorio tranquilo, como para llamar la atención de los transeúntes. La gente comenzó a acercarse de a poco. Primero, los curiosos, luego los reacios, al final, todos los que pasaban por ahí se quedaban. Más personas llegaban, y más. El enjambre superaba los diez mil, y seguía creciendo. 
      El guitarrista ni se imaginó lo que ocurría, estaba concentrado en su música. Notaba que había alguno más de la cuenta. La ovación al final del tema lo aturdió. Un nudo a la mitad de la garganta se asomaba. Por cinco minutos el público aplaudió sin parar. Lo coreaba, le pedía otro tema, y otro, y otro.
      Tomó un poco de agua, estiró los dedos y les tocó una composición de su autoría. El griterío lo aturdió. Todos palmeaban, sacaban encendedores, acompañaban los ritmos con pequeños cantos, un par de personas se había sacado la remera y se encontraba con el torso desnudo. 
      Como un oso atraído a un panal, más gente se sumaba al concierto. Ya había más de cincuenta mil, no entraba un alma. Las colas para acercarse al músico ya superaban las diez cuadras. Algunos comenzaron a golpearse entre sí, desaforados por el ritmo que los llevaba directo al frenesí. Los que estaban más cerca, ya estaban la mayoría desnudos. Muchos de ellos, haciendo el amor entre sí. 
      La policía llegó unos diez minutos más tarde, dispuesta a reprimir e instaurar el orden. Pero ni bien la música detonó en sus tímpanos, los oficiales bailaron sumidos en el descontrol del tumulto. De vez en cuando disparaban al aire, y algún que otro policía descargaba la 9 mm entre ellos, o en sus propias sienes. 
      El tercer tema, de largo aliento, llegó a su fin. El aplauso era una ola inmensa de sonido, las manos que se juntaban eran tantas que era imposible distinguir la onomatopeya del clap seguida del clap. El aplauso era un largo clap sostenido, fuerte, que destrozaba el oído. Los que hacían el amor, empezaban a patearse entre ellos. Las personas que aún no habían caído en el hechizo tomaban al que tenían al lado, y le comían el cuello, o el brazo, o lo que tuvieran a mano.
      Un tema más, señaló el músico. El aplauso menguaba en su intensidad, algunos ya estaban muertos, otros iban camino a eso. Mi obra maestra, la voy a tocar, y van a saber lo que es bueno, pensaba. De hecho fue increíble, un gran solo dio paso a un desarrollo del mejor flamenco nunca antes escuchado. Algunas explosiones se sentían a lo lejos. Algunas cabezas ya no daban más. Explotaban, así como así. 
      El concierto terminó con la mayor masacre del mundo de la música. El guitarrista apagó su marshallito, y guardó la guitarra y el pedal. Estaban todos muertos. Todos. Un océano de cadáveres lo rodeaba, algunos desnudos, algunos comidos, otros con el cráneo desfigurado. 
      Trató de hacerse camino. Capaz que toqué muy fuerte, voy a tener que bajarle un poco al volumen, razonaba el guitarrrista. Seguro era eso. Es una pena que todos hayan muerto. Si al menos le hubieran dejado una moneda. 

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