domingo, 14 de septiembre de 2014

Día 119: Un terrón de ácido

      Buenos recuerdos de mi infancia. Un terrón de ácido. No tendría más de once años cuando envenené por primera vez a mi madre. La vieja salió viva, todavía era inexperto. Vomitaba bilis camino al baño. El percance la tuvo unos meses en cama.
      A la segunda oportunidad tuve éxito, el combinado que utilicé fue fatal. No tuvo tiempo a respirar. Antes de morir llegó a mirarme. Intuyo que se debe haber dado cuenta que fui yo, de todos modos ya no me importa. Luego de eso fui libre. Podía salir a la calle, respirar. El reinado materno había llegado a su fin.
      Después de la muerte de mi madre, no volví a envenenar a nadie más. Me parecía un acto cruel y despótico acabar así como así la vida de un ser humano. Pareceré loco, pero tengo consciencia plena de lo que hago.
      Tampoco es que anide en mí una animosidad interna. Confieso que lo hago por placer. El veneno puede ayudar a los propósitos, pero no tiene las propiedades del fuego.
      Comencé a incendiar perros en un período oscuro de mi vida. Coincidió con la aparición de las Voces. Más que nada sonaba a recuerdos demasiado vívidos. Tenía la voz de madre, ese maldito seseo chirriante. Me instaron a hacer las cosas que hice. Me obligaron. Sabían, tanto como yo, que nunca ganaría mi libertad si no obedecía.
      Confieso que lo hice con disgusto. Era desesperante ver las caras de los pobres perros, como si me pidiesen una ayuda que no les podía dar. Así tenía que ser. Ojalá hubiera podido revertir las condiciones del ritual.
      Un tiempo después me descubrieron. Me tomaron por loco. Traté de explicarles lo que pasaba. Les conté acerca de las Voces. No me creyeron. Por el contrario, parecía que aumentaban más la dosis a medida que brotaban de mí las palabras.
      Igual no todo es malo. Descubrí cosas nuevas entre estas cuatro blancas paredes. Descubrí en ese vórtice que confluyen los mundos una posibilidad de escape. Las Voces no se escuchaban, debía ser efecto de los narcóticos. Sin embargo intuí que allí estaba la solución a todos mis problemas, en ese mismo vórtice, el Ojo me observaba, esperaba que realice mi movida.
      No me considero una gran mente. Suelo ser práctico. Lo combino con un dejo de audacia, ese es mi fuerte. Sé que me investigaron y saben de lo que soy capaz. Con más razón tenía que actuar con sigilo. Mis pedidos tendrían que parecer inocentes caprichos de loco.
      Así me hice con todos los elementos necesarios. Cerré los ojos, y rememoré mi vida. Tuve todo el tiempo en frente de mí la solución y no quise verla. Un terrón de ácido. Sólo eso necesitaba. 

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