miércoles, 17 de septiembre de 2014

Día 122: Atascado

      El tren partió tarde. El tren había descarrilado. La gente estaba muerta. Todos. Sin excepción. El choque fue fatal. Sin sobrevivientes. Los paramédicos rodeaban los pedazos, como cuervos con estetoscopios y jeringas. No tenían mucho para hacer. Nada justificaba revivir a un muerto, salvo que ese fuera tu propósito. Salvo que fueras un loco psicópata que haya leído la bibliografía completa de Lovecraft.
      Solo una persona así picotearía los restos. Esa clase de persona estaba en el accidente. Tan solo no se había dado cuenta de sus propósitos. Todavía era una persona normal, sin locuras encima. Un simple médico que quería ayudar. Lo llamaremos a partir de ahora doctor A.

      Nuevos ojos le nacieron después del accidente a este doctor. La vida pasó a ser un enigma a descifrar. La muerte, una continuación de la adivinanza. La idea de revivir muertos o morir vivos le interesaba poco. La clave estaba en el trayecto.
      Su mente imaginaba un corredor oscuro y largo, en el que se pueda correr, tanto de ida, como de vuelta. Así suponía que debía ser el paso de la muerte a la vida y viceversa. Algo se le escapaba a la ciencia. No todo se trataba de hacer funcionar las partes del cuerpo humano, o que dejen de funcionar, o que estallen, aun en los extremos debería existir un continuo.
      Estudió todas las posibilidades que le permitía el conocimiento humano y concluyó que necesitaba un interruptor. Un simple mecanismo de encendido y apagado que logre controlar la actividad neuronal del individuo. Eso permitiría obtener su cometido inicial: tener un sujeto muerto o vivo de acuerdo las circunstancias.
      Gracias al interruptor neuronal, el médico sería capaz de matar a un sujeto por una hora y media, revivirlo por seis, y dejarlo ocho horas más muerto como reemplazo del sueño. Lo bueno de su invento es que preveía las consecuencias de estar muerto, sea la corrupción de la carne o la pérdida irrecuperable de neuronas.
      Lo probó con una rata. El interruptor andaba de maravillas. Lo difícil sería probarlo con un ser humano. Las actividades del doctor A eran bastante ilegales. Así que todo se reducía a dos posibilidades. O convencer a un familiar o conocido, o probar el interruptor en él mismo.
      La segunda opción fue la más plausible. No le llevó demasiado conectarse el interruptor en la nuca. El doctor A le pediría a un asistente de confianza para ayudarlo en las pruebas. En el transcurso de las siguientes ocho horas, experimentarían tres muertes y tres resurrecciones. 
      Cada una de las etapas habría sido un éxito, de no ser por la perilla. El interruptor falló, mejor dicho, quedó atascado, ahí justo en el medio. Luego se rompió. Ni muerto, ni vivo. Así estaba el doctor A. La mejor definición de zombie. Un tipo que chorrea baba, pestañea a destiempo y charla con lucidez en un dialecto críptico. El doctor A camina como un bebé atropellado, parece que quiere decir algo así como que lo maten. Es imposible, la porquería está atascada, no importa cuanto plomo metan dentro de su cuerpo, seguiría en este estado de semiconsciencia hasta el fin de los tiempos, o hasta que alguien se las ingenie para desatascar lo atascado.

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