jueves, 18 de septiembre de 2014

Día 123: Construirás cercas

      Está de incógnito. ¿Cómo será? Nadie lo descubre. Está ahí parado, justo al lado del florero. Tiene una mirada penetrante, como el florero. Sostiene un par de flores en la mano, como el florero. La pregunta. La que importa. ¿Qué hace? Ya sabemos, está de incógnito. ¿Pero quién lo mandó? Nadie. Es su trabajo.
      No es su trabajo estar de incógnito. Su trabajo es experimentar la vergüenza, de vez en cuando, no siempre. A veces se viste de pitufo drogado, para obtener un resultado similar. Como para que la gente observe, (cuando lo encuentra) y se regodee en su normalidad. Otras veces actúa como un sujeto normal. Toma cerveza, eructa, habla de su vida normal, eructa, tiene problemas como el resto. Un tipo normal. No hace nada y a su vez trabaja. No es un ñoqui, pero tampoco cobra. Tampoco es una adivinanza.
      El tipo trabaja de ser humano. Así de fácil. Bueno, no es tampoco el trabajo más fácil del mundo. Hay que alimentar a los críos, tener uno o dos trabajos extras inventados por el hombre, ganar dinero, comprar relojes de oro, escuchar a Eminem, salir a pasear en limusinas, comer caviar, eructar, tener sexo promiscuo, salir en las tapas de las revistas, dormir, visitar países socialistas, cantar debajo de la ducha, mojarse el pelo. No, nadie aceptaría de buenas a primeras un trabajo tan poco gratificante. Las larvas tienen menos trabajo. Se colocan su capullo y esperan, esperan, esperan, comen, esperan, esperan. Así sucesivamente. No hay secretos o motivaciones ocultas detrás del accionar de una larva. El ser humano es una concatenación de secretos y motivaciones ocultas. A veces está triste, otras enojado, pocas veces feliz, algunas veces drogado, muchas veces lleno de comida, otras enfermo. No es vida. Trabajo esclavo. Vivir para existir, las veinticuatro horas del día. Siete veces a la semana.
      Más sencilla es la vida de sus compañeros. Nacen con un solo propósito: conquistar galaxias. No existe nada que se interponga. El objetivo es fácil, no hay mucho por hacer. La labor de campo es más complicada. Infiltrarse entre los humanos, parecer humano, trabajar de ser humano, no parecer raro. Demasiadas cosas para tener en cuenta. Es la labor del marciano pobre. 
      Este pobre diablo espera un relevo, o un ascenso. Lo mismo da. Ya informó mucho. Les dio datos claves a sus superiores. La conquista de la Tierra era inminente. ¿Qué esperaban? ¿Destruir todo y dejar sus restos calcinados en algún que otro bar de mala muerte? No. Tal vez no tendría la ascendencia más ilustre, quizás su labor no sería la más importante y condecorada. Pero algo había aprendido de los humanos. Esa palabrita sonaba bien. Dignidad. Eso. Tenía dignidad, y honor.
      Por fortuna sus contactos en Marte no lo olvidaron. Un asteroide cayó en las cercanías de la ciudad dónde vivía el falso humano. Dentro del meteorito se encontraba la cápsula de escape. Esa noche, previa a la conquista marciana de la Tierra, nadie se percató de una pequeña nave que atravesó la atmósfera y se perdió en los confines de la Vía Láctea.


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