viernes, 19 de septiembre de 2014

Día 124: Nadie pierde un alfajor

      La oficina de objetos perdidos tiene mucho trabajo. Hay mucha cola, mucha gente insatisfecha y pocos empleados. En el pasillo de entrada hay un hombre con una escoba que organiza el tránsito.
      Un señor, con el número 57 en la mano, zapateaba con gusto, mientras miraba de izquierda a derecha, como una lechuza aburrida. El asunto daba para largo.
      Unos cuantos minutos después, un empleado maullaba el número dos. Su felina voz invitó al número 57 a tomar asiento. El señor 57 relató su pérdida y pidió los formularios que corresponden para buscar su objeto.
      El empleado no cabía en su cubículo, pensó en lamerse la espalda, pero eso no sería adecuado. Con gesto de sorpresa dictaminó: nadie pierde un alfajor.
      Pero yo sí, respondió el señor 57. El empleado mostró sus garras. Me temo que va a ser imposible, señor, su pérdida no califica dentro de los estándares de objeto perdido.
      57 estalló en lágrimas. Tiene un valor sentimental. Me lo regalaron hace veinte años, nunca fue comido. Es un alfajor especial. Con dulce de leche. Es negro, y el paquete es marrón.
      Lo siento, señor, no podemos hacer nada, escupió el empleado, cual bola de pelo. El señor 57 golpeó el escritorio con entusiasmo. Algo debe hacerse, este crimen no puede permanecer impune. Yo pago mis impuestos, pago el sueldo de todos los patanes de este edificio. Hagan algo. Hagan algo. Es mi alfajor.       
      El hombre de la escoba entró en guardia, y cruzó miradas con el empleado. Levantó una mano y asintió con la cabeza.
      Mire, señor, entiendo lo que le pasa. A mi me encanta tomar leche de un plato, y una vez se me rompió mi plato preferido. Era hermoso, tenía unos motivos florales, con relieves en los costados. Se hizo trizas. Fue triste. Pero no me desanimé. Salí a la calle, y compré otro plato, como haría cualquier persona normal. O cualquier gato, si pudiera comprar platos. El señor 57 aceptó la derrota. Todavía hipaba los restos del último ataque de llanto. Le agradeció al empleado por su servicio y se retiró del establecimiento.
      El empleado jugueteó con un ratón de goma que tenía en el cajón del escritorio. De verdad lo apenaba el señor 57. Lo vio salir, y notó una mancha marrón en la parte trasera de su pantalón.
      Estuvo a punto de llamarle la atención, pero desistió. No importa, ronroneaba el empleado, ya se va a dar cuenta.

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