sábado, 20 de septiembre de 2014

Día 125: Reincidente de la realidad

      Atrapado de nuevo. Un reincidente de la realidad. Una nueva causa para el sumario de Brown. Robo a mano armada, disturbios en la vía pública, incendio premeditado y la lista sigue. Los amigos de la cárcel, así los llama Brown, mientras sonríe al oficial que retiene sus pertenencias a la entrada del Recinto.
      De hecho, los amigos de la cárcel no tardan en aparecer. Quince años en libertad es mucho tiempo, así se lo hacen entender sus nuevos amigos, luego de recibir la paliza de su vida.

      Un par de días en la sala de enfermería sirven para actualizar a Brown sobre los nuevos movimientos. Ya no hay líderes ni bandas. Son todos individuos, reos para los de afuera. Las alianzas son temporarias, sucintas al engaño y la traición, la clave es sobrevivir, hacerse fuerte o pasar desapercibido. Quince años en libertad es mucho tiempo.
      Brown aprieta las mandíbulas y se dedica a instaurar su orden. La condena es muy larga como para empezar a pasarla mal. Un nuevo atentado contra su vida se desarrolla. No son humanos, son bestias.  No razonan, no negocian, ¿Qué demonios les pasa? Pensaba Brown, al escupir una considerable cantidad de sangre. El nuevo encuentro con sus amigos le dejó un regalo. Cinco puntos a la altura del estómago. Milagro es vivir para contarlo. Un punto más dividía la distancia.
      Brown empieza a soñar con el escape. Tiene muchos planes, pero pocos socios. Los rudimentos de seguridad eran bastantes precarios como para asegurar el éxito de la empresa. ¿Quién le daría la mano? Parece que están concentrados en matarse entre ellos. La tunda les afectaba el cerebro, y por cierto no era personal. A todos le tocaba golpear y ser golpeados.
      En este clima de anarquía incipiente, Brown sollozaba por su futuro. Decidió reformarse, no entregarse al delito. Nunca más. Tendría que salir de este infierno, antes de que lo maten. Pasó meses instruyéndose. Leía todo libro que caía dentro de su celda. Se despojó de cualquier atisbo de mal hábito y se dedicó a permanecer invisible al radar. Para su sorpresa, los cambios fueron radicales. Los reclusos pasaban a su lado, como fantasmas que ignoran su sombra. Brown desapareció en presencia. La buena conducta vino acompañada de una reducción notoria de la sentencia. 
      El Recinto, cinco años después, vomitó de sus entrañas un hombre reformado. Un nuevo hombre. Brown caminaba dubitativo, el miedo a dar vuelta la espalda y descubrirse dentro de un sueño lo aterraba. Dos guardias miraban al hombre alejarse a paso de tortuga. Uno de ellos, apoyado sobre su fusil, sonrió y comentó: 

      - Parece que el sistema nuevo de androides golpeadores funciona. Casi mejor que la terapia de electroshock. ¿Quién iba a pensarlo? Sólo necesitaban que se los alejara un poco de la humanidad para reformarlos.

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