martes, 23 de septiembre de 2014

Día 128: La fuente

      La epidemia se extendió por varios lugares. Primero en algunos países asiáticos, luego otro poco por Europa y finalmente desembarcó en América. Arsenales de doctores recorrían regiones enteras, sin encontrar nada. Ávidos de formular una cura para la epidemia enfrentaron la paradoja del problema. ¿Cómo detener el avance de un virus que cura?
      Los dilemas éticos y filosóficos llenaron varias pancartas y hojas de diario. Existía el miedo latente, del ejercicio de control por parte de una entidad exógena. El virus entraba al cuerpo y reformaba cada centímetro de la anatomía humana, hasta mejorarla. Los cuchicheos entre pasillos hablaban acerca de una nueva raza de seres inmortales creada a partir de esta anomalía virósica. 
      De acuerdo a los análisis realizados a varios sujetos, los científicos concluían que el virus D8 destruía cada cepa potencial de infección dentro del organismo humano, reestructura por completo las células y establece un desarrollo neuronal capaz de curar enfermedades como el Alzheimer. Es magia, es un mensaje de Dios, clamaban varios sectores de la sociedad. Aquellos escépticos contemplaban reticentes aquel nuevo espectáculo. 
      No hubo tiempo para mayores debates. La epidemia del D8 se trocó en pandemia. En cuestión de semanas, toda la población de la Tierra mostraba síntomas de contagio. El efecto fue inmediato. Los enfermos curaron. Los ancianos rejuvenecieron. Muchas personas salieron del coma. Salvo excepciones en organismos reticentes, todos los miembros de la raza humana pasaron a ser organismos perfectos. 
      Dos siglos después, cuando ya muchas personas superaban los 300 años de vida, surgieron los problemas. La Tierra era demasiada pequeña para tantos nacimientos y tan pocas muertes. El Gobierno mundial ensayaba soluciones poco útiles. Pensaban por lo bajo en métodos de aniquilación masiva, pero desistieron. La opinión pública no lo perdonaría. ¿Cómo conciliar los efectos del virus con sus consecuencias? Barajaron la posibilidad de crear un nuevo virus que contrarrestara los efectos del D8, pero fue inútil. 
      Un día cualquiera, el virus dejó de hacer efecto, y la gente comenzó a morir, como hace dos siglos atrás, o peor, como hace doce siglos atrás. Morían uno tras otro. Poblaciones enteras desaparecieron de la noche a la mañana. Los más fuertes caían muertos, víctimas de simples resfriados. Los hospitales colapsaron. Nadie había preparado a la humanidad, que había pasado de la inmortalidad a la debacle en un abrir y cerrar de ojos. 
      Pocos seres humanos fueron capaces de atestiguar el primer contacto alienígena. Los extraterrestres comprobaron las bondades del nuevo planeta conquistado. Bajaron de sus naves complejos aparatos de medición. La inoculación del virus había resultado un éxito. 

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