jueves, 25 de septiembre de 2014

Día 130: Un negocio familiar

      Una marquesina de luces azules brillaba sobre la calle Independencia. El cartel ofrecía un tentador combo de ataúd y sepelio a un módico precio de cinco mil pesos. Las paredes, de un color verde chillón, parecían estar a tono con lo ofertado.
      El edificio de enfrente, más pulcro, tenía solo una puerta y un pequeño espacio en donde se colocaba los nombres de las personas y los horarios de sus velatorios. En la vereda, un hombre de unos setenta y cinco años, barría el frente de la funeraria con ímpetu, parecía que en cualquier momento arrancaría una baldosa. Cada tanto miraba de reojo la marquesina azul de enfrente y sacudía la cabeza.
      El señor Firenze tenía ahora la vista clavada enfrente. 47 años de trabajo. 47 años de trabajo, ¿Todo para qué? ¿Para alimentar a unos filisteos, negociantes de la muerte? Tantos años detrás del negocio de la familia, una humilde empresa que con los años creció y dio sus frutos monetarios. Tanto para nada.
      Su único hijo resultó ser un aficionado a todo lo que cague Pollock, y sus nietos eran demasiados pequeños para entender. La señora Firenze ya llevaba varios años muerta. El negocio, su negocio, terminaba acá, luego de romperse el alma por 47 años, sin interrupciones. 
      Con la misma dedicación elegía las flores de las salas, saludaba a los familiares del fallecido, ofrecía una taza de café a los más apesadumbrados. Lo importante es que el cliente salga contento. Con ganas de volver. Mejor dicho, con ganas de elegir a la Funeraria Firenze cuando el momento, Dios no lo permita, lo requiera.
      Hace cuatro años se terminó la paz. Un par de empresarios que solo piensan en números instalaron su negocio de pan, muerte y circo enfrente a su funeraria. Funeraria El descanso. Tremendo nombre. ¿Qué son, funebreros de profesión, o esos poetas drogados con los que se suele juntar su hijo? El señor Firenze apretaba la escoba.
      Cada mal comentario respecto a sus vecinos lo regocijaba, por lo dentro. Esperaba de un momento a otro que se fundieran. Este negocio no es para cualquiera. Hay que saber los tejes y manejes de la profesión, hay que contener a las personas. Estar al frente de una funeraria requería un toque muy humano, y a su vez un alto nivel de frialdad para no dejarse avasallar por las circunstancias del momento. Ya van a caer. Un día voy a llegar, como siempre, y el cartel que se asome de la puerta de El Descanso será un aviso inmobiliario. 
      Los días pasaron, los meses, las estaciones. Todo siguió su curso natural. Ahí seguían, cuatro años después, con esa marquesina azul detestable. Podían vender perfumes, lo mismo daba. ¡Qué tipos malditos! ¡Justo enfrente! La calle Independencia es larga. Estaba ese local en donde pusieron una casa de ropas, ese otro terreno baldío apto para construir. Pero no, acá está, enfrente mío, para hacer de los últimos años de mi vida un martirio. Un martirio. Un martirio.
      El señor Firenze no pudo seguir más sus reflexiones. Un fuerte dolor que nacía del brazo izquierdo le atravesó todo el pecho como una flecha. Unos vecinos que pasaban trataron de reanimarlo. Fue en vano. Tal como vaticinaron los pensamientos del señor Firenze, la funeraria fue vendida por su hijo y así es como terminó un legado de 47 años de una empresa familiar.
      El cuerpo del señor Firenze fue velado una noche de lluvia. Tanto por comodidad como por precio, el velatorio fue llevado a cabo en la Funeraria El Descanso. Esa noche hizo frío, y las pocas personas que se acercaron al féretro se fueron a quejar con la chica de recepción. El café, al parecer, salía tibio.

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