viernes, 26 de septiembre de 2014

Día 131: Canibalismo à la carte

      El mozo sobrevolaba las mesas con una destreza para el asombro. Tomaba pedidos. Cobraba. Cada tanto iba y venía. Siempre con soltura, con educación, con la elegancia de un Luis XVI. Los comensales, con frecuencia snobs ignorantes o ricachones de trampa, soltaban sus epítetos laudatorios al chef, al mesero y al perro que pasaba enfrente de la vereda para echarse un meo. 
      La puerta giratoria del restaurant se accionó. Un hombre estaba atrancado con su sobretodo. Trababa de soltarse, pero cada vez se enredaba más. Golpeó el vidrio y le hizo una seña al mozo. 
Con su habitual diligencia, el empleado del restaurant concurrió a la entrada de la instalación y liberó al hombre.
      El hombre dio dos pasos dentro del local y miró al mozo. El mozo miró al hombre. El hombre miró al mozo. La escena duró unos segundos. El mesero rompió el silencio:

      - Señor. Le informo que esta casa no permite el ingreso de personas carenciadas. Lo lamento.

      El vagabundo se sonó la naríz con un pañuelo viejo y usado, que usó para limpiarse las manos. Con una sonrisa palmeó al mozo:

      - ¡No se preocupe, hombre! Que no vengo a pedir nada. Vengo a comer. Tengo plata. Mucha plata.

      El hombre le señaló los bolsillos entreabiertos de su gastado sobretodo. Los dólares sobresalían. El mozo pidió un momento. A unos dos metros de distancia, al fondo del restaurant, el mesero y el dueño discutían. Volvió a acercarse al hombre y le pidió que por favor se retirara.

      - ¡Pero cómo! ¿Es que mi plata no vale? Tengo millones de millones. Y no, no quiero vestirme bien, ni bañarme, es mi problema, no el suyo. Yo quiero comer, y con mis dólares hago lo que se da la gana. ¿Me van a atender, o no? - El vagabundo sacudía un fárrago de billetes delante de las narices del empleado del restaurant.

      El mozo volvió a retirar con parsimonia su pedido. El hombre se negó una vez más. Quería hablar con el dueño del local. Los comensales empezaron a preocuparse. Cuchicheaban por lo bajo, algunos se tapaban la nariz con la servilleta. El mozo tuvo otra álgida discusión con el dueño. Ahora volvía el dueño, con paso decidido y una sonrisa ensayada. Repitió con mucha amabilidad el pedido de su empleado. Le explicó que no tendría problema en ofrecerle el menú, pero la clientela del establecimiento era muy selecta y darle una mesa no sería bueno para su negocio. 
      El vagabundo suspiró. Tenía hambre. El estómago le empezaba a hacer ruido. Sus nietos preguntaban cada tanto, cuando iba a dejar esa locura de hombre pobre. Claro, tenía suficiente dinero como para revivir a Tutankamón y quedarse con el vuelto, pero no podía comer. ¿Qué clase de libertad era aquella? 

      - Usted no me deja alternativa, hombre.

      El vagabundo sacó del sobretodo un cuchillo de caza que depósito con gentileza en el estómago del dueño varias veces hasta desangrarlo. Con la punta del instrumento seccionó un pedazo de piel de los brazos y la comió con gusto. Los comensales no salían del asombro. El hombre se acercó a una mesa cercana y tomó un vaso de agua. El vaso todavía tenía gotas de sangre cuando tocó la mesa. 
      Con un gesto de humildad, el hombre se dio vuelta, y le agradeció al mozo y a todos por dejarlo entrar. Tomó un tira de carne de la pierna del ex dueño del restaurante y se retiró a la calle.

No hay comentarios.:

Linkwithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...