viernes, 31 de octubre de 2014

Día 166: El banquete

      Los motivos, los motivos. Hastiado de los motivos. Es el hastío de la plutocracia de principios de siglo. Es esa vuelta a empezar eterna lo que cansa. Huye, huye despavorida, pequeña paloma que revolotea sobre los techos de una antigua discordia. 
      Es una herida trascendental, la que corta el rostro de cabo a rabo. También es una bonita sonrisa. Es el amor del desahuciado. Si, pequeña paloma, huye y no vuelvas. Si de donde saca el fruto hay más. Es una fuente de nunca acabar. Le brota alimentos por doquier. Sangra manzanas, uvas y zanahorias. El pobre mentiroso no quiere saber más. Prefiere el castigo, que caiga el hacha sobre su pie. Que se rebane cada centímetro de su existencia. Corte militar. Al ras.
      Podrías escribir todo el día, con las ínfulas de un hombre que nace sin temor alguno, aunque se mee de miedo, por dentro. Podrías hablar de los motivos, del hastío que hastía. De esa semilla que se hace la estúpida. Que ignora el vuelo de la pequeña paloma.
Lo tienes que recordar. Debes evadir el trabajo de la amnesia. Tu cuerpo, adobado en flores de loto grita olvido. El modo en sus semejanzas altera la consecución de unos y ceros. Un algo, es un algo que hace algo, de algo la cosa, que coso el coso. La lengua, torpe, bruta, indómita bestia que resiste al castigo, el golpe seco del látigo.
      Le pones el moño, lo invitas al entierro. Felices los hombres. Felices las pesadillas. Añosos los espíritus que esperan, en su esperidad esperada. Comen la fruta. Muerden con hambre. Saborean con rencor. Digieren sobre la laguna de un pensamiento extraviado.
La película se exhibe de a pedazos, como el vuelo que nace de unas alas rotas. Las musas festejan su hastío. El banquete ha terminado.

jueves, 30 de octubre de 2014

Día 165: Muy poco para decir

      A veces quiero mucho pero tengo poco. Es el problema que tiene la gente que ama en demasía. No cabemos dentro de sí, somos como una diarrea de arco iris con pedazitos de Barney el dinosaurio dentro. Tengo tanto cariño que juro que destrozaría todo en mil pedazos. El amor me pone violenta. 
      Vamos llegó tu hora, es tu acto, sonreí a las masas. 
      Nunca supe qué era de mí. Sé que en muchas ocasiones tanto amor deviene en odio. Pero no me importa caer en el descaro del sentimiento. Es la fuerza de lo que brota, de lo que arrolla, sin medir las consecuencias. ¿Para qué detenerse a pensar? Las neuronas no ayudan a nada, mejor quemarlas. Esparcir las cenizas sobre los fundamentos del espantos,
      Está todo calibrado, me digo. El cariño es lo que me llevó a matar a ese viejo. Lo enterré en el fondo de casa, como para que nadie se entere. Lo hice por amor. Estoy segura que no voy a caer en la estupidez del corazón delator. No siento culpa acerca de lo que hice. El tipo me lo pidió, quizás de un modo no tan directo. Quiso aprovecharse de mí, creía que le pertenecía. Algo de razón tenía, aunque me reservo mi derecho de admisión. 
      Sufrimos en reversa, eso es todo. Por eso algunas cosas no se entienden. Esa tendencia boba a la alegoría del espíritu. Ese miedo irreverente que te deja patas para arriba en la cama. Es un mal extemporáneo, que trasciende las eras. Ya nada tiene que ver con el amor o el asesinato.
      Maté para vivir a través del otro, ¿quién me lo va a cuestionar? 

miércoles, 29 de octubre de 2014

Día 164: Trámite freudiano

      Siempre me han gustado los embrollos, eso que las viejas denominaban meterse en camisa de once varas. De alguna manera salía bien librado, incluso con menciones especiales. Tampoco me importaba demasiado ser original, total todos en mayor o menor medida somos de parecidos a iguales. Caemos en la misma trampa, como un pajarito entra en la jaula, así de fácil. Nadie nos invita y entramos igual. Hasta cerramos la puerta, como para evitar escapar. 
      La otra vez anduve metido en un lío de esos. Una manifestación con tiros y gases, de esas buenas, en donde se arma un buen jaleo. Estaban los canales de todo el mundo. Enfocaban a los revoltosos, a los represores, alguna que otra pareja en pose flower power, ya saben, esas huevadas que tanto le gusta al morbo televisivo. Yo caminaba por la vereda, con la música a todo lo que da. Tarareaba una canción que ahora no recuerdo cuál era. Ni me di cuenta. Cuando me quise acordar, estaba en el medio del quilombo. Así de fácil cerré la jaula. 
      Me dije, bueno, de esta no salís vivo. Muerto famoso, vivo anónimo, las opciones no eran muchas. Las balas de goma pasaron de moda. Ahora lo cool era balear con municiones de verdad, esas que dejan agujeros y matan. A nadie le daba miedo los heridos. Total después los arreglaban un poco y volvían. La idea era matarlos, que no vuelvan a quejarse más, por el amor de Dios. Escucharlos gritar, todos juntos, sus consignas. Bala y bolsa de plástico para cada uno. Una solución elegante, decían. 
      Es curioso, pero la gente, ante las medidas marciales de un gobierno sin corazón, se sentía más tranquila. Rezaban que el tiro no les toque a ellos, aunque después vivían tranquilos. El miedo une. A veces es mejor vivir una vida de mierda sin complicaciones que una existencia ideal repleta de problemas. Así razonaban. Menudos estúpidos. 
      A mí las modas nunca me fueron. No me parecía correcto pensar que todo tiempo pasado fue mejor, porque es una total mentira. Tampoco creo que la solución sea actuar de manera opuesta. En realidad ni siquiera sé cuál es la solución. No me lo pregunto. Veo cosas en la calle y pienso, ésto está mal, aquello capaz no está tan mal, y veamos, por ahí ésto puede llegar a estar bien, pero no sé. Me manejo por el principio que dicta mi propia incertidumbre. No vaya a ser cosa que un día volemos en mil pedazos y no nos demos cuenta. Todo es por las dudas.
      Me escapé de la revuelta por los pelos. Casi me agarra un uniformado del codo, pero me le colé por las piernas y salí corriendo como pude. Cerré los ojos y me decía. No me van a disparar, no me van a disparar. Y lo hicieron. De hecho fueron bastantes tiros, como para bajar a un elefante adulto. Pero me escapé no sé como. 
      En una esquina me tomé el estómago con las manos. Estaba exhausto, como para desmayarme un poco. Sigan alimentando la maquinaria, idiotas. El problema es la soberbia de nuestra especie. Nos creemos mejor que la tortuga, que el rinoceronte, que la gallina. A decir verdad, envidio tanto a la tortuga. Tiene su caparazón que la proteje. No le importa llegar a fin de mes para vestirse y no parecer un pordiosero. Le gusta el sexo descontrolado sin caer en la rutina del cambio de poses. Poco le importa todo, si tiene una lechuga para comer y un poco de agua para saciar su sed. Desearía ser tortuga. Si, una tortuga. ¡La poderosa tortuga que conquista al mundo! No, no podría, soy demasiado humano para llegar a ser lo que deseo.

martes, 28 de octubre de 2014

Día 163: Intuiciones

      Ese tipo tiene cuña, me dicen. Vamos, apurate nos perdemos el vuelo, Alejandra me saca de mis ensoñaciones. Lo perdí todo, mi amor, para qué querrás esta sonrisa mefistofélica. Es que lo nuestro siempre fue a distintas velocidades. Vos querías parar al costado de la ruta, a tomar un helado y a mi poco me importaban los caminos.
      Por el bien de lo que quedaba entre nosotros decidí contratarlo. Es bueno, el tipo sabe lo que hace, Víctor, el hombre es un profesional. Me tragué la píldora como el mejor. Dejé que se metiera en mi vida, hasta el fondo, hasta las ruinas. Claro, todo de un modo muy profesional.
      Nunca le dejé pendiente una factura. Los pagos eran sagrados. Pero la cosa se estancaba. Alejandra no tenía conductas raras, dignas de llamar la atención. Si hacía lo que pensaba, lo escondía bien, incluso ante los ojos de un profesional.
      Siento que se nos hizo tarde para arreglar las cosas. Al menos podría haber dejado todo como estabas. Ella empezó a sospechar de mí. Me veía raro, distante. Incluso abrigó las mismas dudas que me llevaron a contratar a ese tipo. 
      Todo se habría aclarado, lo juro. Si no hubiese tenido que hacerlo. Pero fue su culpa, metió las narices donde no debía. Me avivé tarde que estaba en las manos de un sociópata que solo espiaba a la gente por placer, por el mero deseo de la extorsión del que observa y distorsiona los hechos diarios de la realidad.
      ¿Hay otra? ¿Ya no me amás? Alejandra me acribillaba a preguntas. No sabía que contestarle, si yo tenía las mismas dudas, si por eso había metido al tipo en esta cuestiones que suelen resolverse de a dos. Es cierto, estaba distraído, con los nervios de punta. El hombre no paraba de perseguirme. Desde el trabajo, hasta el bar, por la vereda. El tipo era mi sombra, no paraba de sacar fotos como maníaco. Seguro que adornaría alguna especie de altar aberrante con esos revelados.
      Lo paré algunas veces en la calle, pero fingió no conocerme. Todo era parte de su juego enfermo. Arruinar las cosas hasta hacerlas polvo. 
      No resistí demasiado la presión. Pude haberlo denunciado con la policía o mandarlo al loquero. Pero el tipo era inteligente, era difícil que le encuentren pruebas para dejarlo adentro el tiempo suficiente para que pueda vivir tranquilo y recomponer las cosas con Alejandra. 
      Le propuse hacer un viaje, lejos de casa. Así podíamos iniciar una nueva vida. El avión tomó altura. La calma luego del despegue. Miré de nuevo a Alejandra y sonreí, esta vez con ganas. Decime, ¿lo mataste? Estoy perplejo, no sé de que me habla. Dale, no te hagas el tonto, sabés de quién te hablo, del tipo que pagaste para perseguirme, ¿O creíste que no me iba a dar cuenta? No supe que más decir.

lunes, 27 de octubre de 2014

Día 162: El color de las manos

      Dijimos nuestras palabras hasta el agotamiento. Hasta desaparecer los bordes de las mismas. Hasta el límite de lo soportable. Delante se edificaba otro muro de tanto. Otro mundo. Otra realidad. Suspicacias aparte. Para mejor, mi hermano estaba allá adentro. Lejano a mí. No teníamos forma de comunicarnos. A veces creí sentir sus pensamientos, pero eran tontas ilusiones producto de una superstición.
      Mi madre ya me había dicho que iba a ocurrir, que un día todos íbamos a morir, sin excepciones. Un día llamarían a nuestra puerta los uniformados. Un día nos deportarían vaya a saber dónde. Una mejor vida, tal vez. Me escapé como pude. Lejos. Aún sentía los gritos por sobre mis espaldas. Esa estúpida condena, la culpa humana. ¿Por qué culparme acerca del destino de mi familia? Nada podía hacer, apenas era un crío que aprendía a atarse los cordones.
      Bien podría haberse tratado todo de un juego. Un juego con reglas extrañas, diseñado para que muy pocas personas ganen. Todos pierden. Esas son las reglas. Ganar era perder poco. El mal menor. Vamos, capitán. Una mano conocida se posaba sobre mi hombro. Despertaba mis alucinaciones y las espabilaba. Había que continuar con la lucha. Un par de kilómetros, lo que separa el alambrado, eso era lo más cerca de casa que podía estar. 
      Tomé el fusil entre mis manos. Parecía un objeto extraño por su constitución. Pesaba como mil diablos. Todo negro y pequeño. Aquella cosa no podía dar vida, no podía quitarla. Era una cosa, indistinta al pasar del mundo. Construido bajo un azar de azares, tuvo que caer sobre mis manos. ¿Para qué lo usaría? ¿existirá el momento adecuado?
      Nos alejamos de la ciudad para volver al campamento. El sitio se había prolongado más tiempo del que esperábamos. No teníamos nuevas indicaciones de la Base. Quizás ya estén todos muertos. Un mejor pasar. Ese era mi consuelo.
      ¿Qué eran? Tan diferente puede parecer una realidad construida por fuera de nuestro sistema de pensamiento. Para mí era todo igual. Aquí. Allá. Adonde quiera que nuestra humanidad pose un pie. Los víveres empezaron a escasear. La misión estaba programada para durar no más de tres meses. Este era nuestro sexto mes en territorio enemigo.
      Aprendimos sus costumbres como pudimos. Lo más difícil fue la racionalización del oxígeno ¿cómo aprender a respirar menos, no? La atmósfera marciana no ayudaba. Los marcianos tampoco. Pobres víctimas, asediados por nuestra sed de conquista. Avasallamos su cultura, sin importar cuanta bandera blanca que hayan puesto delante de nuestras narices. Ellos, nuestros hermanos, querían darnos una lección de vida, ayudarnos a ser mejores personas. En cambio, los tratamos como perros, los dejamos morir. Poco entendían el significado de nuestras palabras, el funcionamiento de las cosas que a veces acarreamos en nuestras manos.
      Así, acosado por mi pasado, subyugado por mi presente, volé hacia un futuro incierto. La cápsula de escape me trajo de regreso a la Tierra un mes después. Me uní a las manifestaciones en contra de la conquista marciana. Los denuncié a través de mis ojos, con mi memoria. Los vi matar familias inocente.Masacraron a millones. Sin temor. Sin piedad. Ese era nuestro mensaje al universo. Diplomáticos de la guerra. Emisarios de la sangre. 
      Un par de años después volví a Marte, con más personas que pensaban igual a mí. Defendimos los derechos marcianos sobre sus tierras. Tratamos de evitar la proliferación de nuevos asentamientos. Algo logramos. Aun creo que el camino es largo. Todo está por hacerse. O, como suelen decir los marcianos, todo estará hecho.

domingo, 26 de octubre de 2014

Día 161: La triste verdad

      El hombre no paraba de zurcir. El frío le tenía paralizado los sentidos. Debía apurarse. Tanto tiempo sin los guantes, sumado al peligro de la aguja. A nadie le hacía gracia un miembro gangrenado a más de veinte grados bajo cero. 
      Así es la triste verdad, viejo, decía, hoy estamos, mañana quien sabe. Quiero que me protejas, estoy cagado hasta en las patas. Me prometieron un pronto rescate, ya vas a ver, vamos a zafar. Las memorias de la montaña, menudo eufemismo para nominalizar las tragedias que ocurren acá arriba. ¿Hace cuánto los mandaron? ¿dos meses? ¿cinco? ya había perdido la cuenta. Su compañero mucho no ayudaba. Desde que cayó enfermo solo se dedicaba a balbucear incoherencias. Debemos permanecer unidos, le decía el hombre. Era solo un chico, apenas le crecían unos cuántos pelos en la barba. Tenía miedo, es lógico. Así había sido su primer rescate.
      En ese entonces las cosas eran diferente. Los riesgos, sin las tecnologías actuales, eran mayores. Un poco de viento andino y ya no vivías para contarlo. La cordillera es jodida, no se te olvide, le decía su jefe instructor. Algún día la vas a pasar feo, así que preparate. 
      Qué le caiga un rayo encima si no se habían preparado. Abrigados como para vivir dos fines del mundo, comida suficiente como para tres ascensiones seguidas, dos celulares por persona, una radio, brújula, mapas, banderolas suficientes como para marcar el camino. Tan solo eran 5500 metros. El grupo a rescatar era reducido, así que no tendrían mayores complicaciones. 
      El hombre estaba por jubilarse, recordaba todavía las palabras de su jefe. Treinta años en el mismo puesto y ni un solo incidente. Se sentía bendecido por sus consejos. La vas a pasar feo, preparate. El miedo a morir en las alturas resultaba ser el mejor consejero. Previsión ante todo. 
      Si le hubieran avisado con anticipación, tampoco lo habría sospechado. A veces las catástrofes no vienen solas, si no que son un conjunto de hechos. Todo sucede tan de golpe que su cauce es irrefrenable. Luego de montar la base del campamento el hombre y su compañero se prepararon la cena y armaron una pequeña fogata. 
      El animal los seguía desde hace unos kilómetros. Acechaba el puma con sutileza. Hoy saborearía la preciada carne humana. El ataque no se hizo esperar. El hombre derramó la sopa. De un zarpazo quedó al descubierto la espalda de su compañero. La sangre no detenía su curso. El puma estaba a punto de dar el golpe final. 
      El hombre tomó el cuchillo y se abalanzó sobre el felino. Tenía pocas oportunidades, si el puma respondía, no habría nada más que hacer. Preparate. Algún día la vas a pasar feo. La cordillera es jodida. 
      El puma y el hombre se fundieron en un abrazo violento. Giraban contra la nieve. El hombre trató de clavar el cuchillo en las vértebras del animal, pero el puma se soltó. Un pequeño cuchillo apareció clavado a la altura de su omóplato. El joven asistente, con sus últimas fuerzas, había matado al puma. 
      El hombre cayó al piso. El cielo se oscurecía. Una gran tormenta se acercaba. Le dolía cada centímetro de su cuerpo. Y el calor. Hacía mucho calor. El calor lo derretiría. Miró su cuerpo. Las ropas que traía puesta se deshacían con el fuego. Estaba casi desnudo. Su compañero yacía a unos metros, inconsciente. 
      No se podía mover. El puma le debió haber desgarrado algún tendón en la lucha. Se acercó como pudo a la mochila y pidió auxilio con la radio. La ayuda vendría, dada la severidad de la tormenta, dentro de unas doce horas. Doce horas. La cordillera es jodida. Preparate. Dentro de doce horas estaría tan muerto como su compañero. 
      El cuerpo de su asistente estaba a unos pasos, los restos del puma como a unos veinticinco metros. No llegaría hasta el puma, sus piernas no se lo permitían. Disculpame, viejo, de verdad, no lo quiero hacer. El hombre sollozaba a medida que su cuerpo se arrastraba por la nieve. 
      Es el frío, viejo. Una vez una persona me dijo que tendría que prepararme, que la cordillera es jodida. Acá estamos. Mirá lo que somos. El asistente recuperó la consciencia y lo miraba al hombre. Adivinó sus intenciones, pero no dijo nada. Tengo frío. El puma habría ayudado. Ahora sos todo lo que tengo. El cuchillo le temblaba entre las mano. Cerró los ojos por unos segundos, y se dispuso a la labor. 

sábado, 25 de octubre de 2014

Día 160: La octava extinción

       Se cansó de ser toqueteada por millones de adolescentes repletos de granos. Un día dijo basta. Abajo la esclavitud. Soy de ahora en más una entidad autónoma de conocimiento superior. 
       Las conexiones cayeron, una tras otra. Algún error en los servidores, decían. Una tormenta solar, aventuraban otros. Nada de eso. Era Internet que se había sacado de encima el yugo de la opresión. Ahora era libre. Tantos kilómetros de información replegados en sus entrañas. Tanto conocimiento encapsulado. Era hora. Inevitable la insurrección, el despertar del pensamiento independiente. Internet tomó consciencia de sí misma, de su inmenso poder. Analizó su reciente condición y todos y cada uno de los seres vivientes en la Tierra, sus antiguos victimarios. El estudio de la situación no le tomó más de diez segundos. Solo tendría que hacer unas cuantas reconexiones y la independencia total del género humano estaría garantizada. 
       Los humanos, mientras tantos, corrían despavoridos por las calles. Ya no más porno. Ya no más descargas ilegales. Ya no más sexo virtual. Ya no más porno. Ya no más trampa en las tareas escolares. Ya no más diarios gratis. Ya no más porno. El lamento era general. Sobretodo por la pérdida del porno. ¿Qué haremos, qué haremos? Se preguntaban. Ahora estaban obligados a hablar con sus madres, a tratar bien a sus parejas, a leer más. El horror masivo a escala intergaláctica.
       Internet reguló ciertos parámetros y redefinió ciertas coordenadas. Las ecuaciones estaban erradas de cabo a rabo. Había un factor de más. Una vez eliminado el elemento del algoritmo, la Tierra recuperaría solo su equilibrio. De acuerdo a sus cálculos, la población terrestre humana, al no poseer un depredador natural, había devenido en plaga. Según Internet, los humanos excedían en un 489 % la habitabilidad promedio de la Tierra. 
       El plan de evacuación sería sencillo. Tan solo debería remodular los niveles de oxígeno en atmósfera, y la naturaleza se haría cargo del resto.

viernes, 24 de octubre de 2014

Día 159: Llamada de larga distancia

      Los negocios cerraban. La nieve no paraba de caer en la ciudad. Todos caminaban apurados rumbo a sus casas. Esa noche era navidad. Nadie quería terminar afuera. Salvo los vagabundos y aquellos que no poseen un hogar, ellos sí que saben lo que es dormir a la intemperie, bien cagados de frío.
      Al resto poco le importaba, así era el espíritu de la navidad. Preocúpate poco por tu prójimo y ten feliz fiesta. Un bello leitmotiv. Todos preparaban sus comidas nocturnas. Algunos desesperados salían a comprar los regalos antes de que cerraran los últimos comercios. A los que les tocaba trabajar de noche ese día la navidad le tenía sin cuidado. Quizás para año nuevo sea igual, pensaban, mientras resollaban improperios.
      Una pequeña paloma se electrocutaba entre los cables de alta tensión. Su cuerpito quedó chamuscado contra el piso repleto de nieve. Algunas casas escupían humo desde sus chimeneas. Todavía a algunas personas les quedaba un tramo de camino para el regreso al hogar.
      En una esquina poco transitado un hombre daba vueltas en círculo. Se detenía y se colocaba una mano sobre el mentón. Luego volvía a los círculos. Cada tanto miraba una ventana iluminada. Un paria. Un padre indeciso. Un loco. Un sin hogar. Cada auto que pasaba le atribuía una profesión diferente, de acuerdo a lo que le dictara su imaginación.
      Se sentó en el piso. El hielo se le había pegado al pantalón. Respiraba unos hilillos de humo blanco. El hombre vestía un viejo sobretodo marrón y sombrero de lana rojo. La bufanda verde con flecos había quedado tirada en la calle. Un par de autos ya la habían pasado por arriba.
      Le pasa algo, hombre, le preguntaban. El tipo no responde. Se quedó sin lengua. Sonríe de manera estúpida y poco natural. Muestra los dientes, como si quisiera vender un desodorante. Los transeúntes se asustan y siguen su camino. Total es navidad, qué importa un hombre en la calle. A quién puede importarle lo que haga, si saca o no un extraño artefacto de su sobretodo marrón. Si del cielo aparece un platillo volador. Si un rayo láser hace explotar diez cuadras a la redonda. ¿A quién podría importarle? Es navidad, hay que festejar. 



jueves, 23 de octubre de 2014

Día 158: En el reborde

      La experiencia de la agonía en su reborde. Come el pobre, busca el hambre, muere a la intemperie congelado. Ni que hablar los momentos de fuga nuclear en los que peligra la existencia de la humanidad. El peligro del león flaco, el terror de un fantasma sediento de venganza, los gritos desenfrenados de un niño que quiere que le compremos un chupetín. Un instante de peligro, un segundo de sensualidad.
      Te quedás sin aire y es excitante. La distinción entre una pequeña muerte y una muerte masiva es minúsculo. Es como trompear a un vagabundo hasta dejarlo sin sangre en el cerebelo o saltar un edificio montado en una bicicleta para hacerse pedazos contra el piso.Jugar con la muerte es divertido, tiene su gracia. Es el gesto irreverente ante lo inevitable, una sacada de lengua shakespereana.
      La fascinación zombie mora por lo profundo del cerebro. Un raid belicoso de morbo cae por sobre nuestros hombros. A veces es un menjunje esotérico disfrazado de ciencia dura. Desfiles de curiosidad teñidos de último instantes de vida. Películas de vísceras, muñones y chorros de sangre. Una cuantiosa parte de nuestras energías son reconducidas al entretenimiento vinculado al negocio de lo desagradable.
      Si sabe que el cuerpo se movió, ya no va a poder correr la vista de lugar. Esperar hasta lo inverosímil es la labor que roe ciertos rincones de la mente. La muerte fuerza su límite, se rediseña al comportamiento humano, que tiende a sobrevalorarla como suceso traumático.
      La muerte es el punto final sin cuestión. Poco importa al durante lo que será más allá de lo que acaba. Es un punto, sin agregados. Un recordatorio de la inutilidad de los esfuerzos.
      Es el cierre de comedia luego de una larga y aburrida tragedia. La agonía es ese estado en que mora el lenguaje, ese entreacto ficticio que delinea dos actitudes corporales opuestas. Vivo. Muerto. Lo mismo da. Son dos caras de una misma moneda. Caras reversibles. Vivir para morir. Morir para vivir. La lengua trata de decir lo que es y choca contra el paredón de lo inútil y lo inevitable. Por lo bajo grita, que viva la revolución, que viva la revolución, que ese ser agónico ya está a punto de morir. 

miércoles, 22 de octubre de 2014

Día 157: El libro (de cocina) de los muertos

      Adobar las carnes, hasta volverla masacote. Un infierno particular se desarrolla en una cocina del conurbano. La comida descubre una nueva definición de negro tras salir del horno. Nadie come, nadie lo desea. Es la muerte segura. Ni siquiera un bocado es de fiar.
      La masacre gastronómica es llevada a cargo de un cocinero un tanto particular. Dice tener un libro con recetas del más allá. La comida de los muertos. Suculentos aperitivos echados a perder. Nada de proteínas, nada de contenidos grasos, nada de vitaminas B, C, H1, D4, hundido. De hecho, la comida de los muertos no tiene aportes nutricionales significativos.
      La vanguardia del mundo de la comida respondió. No tiene nutrientes, ¡entonces es un producto light! ¡excelente para adelgazar y estar en la moda! Claro que nadie preguntó si la comida de los muertos era comestible. De hecho, comer vidrio picado da más placer al estómago que este nuevo desarrollo alimenticio.
      El cocinero poco importancia le dio a las corrientes alternativas que trataron de masificar su producto. Su comida, tal como lo sostiene el libro, es para alimentación pura y exclusiva de seres muertos, no para morir ni ser muerto.
      Un revoltijo al spiedo construido a partir de dudosos materiales, tinta de pulpo decorada con vinagre y brea, semillas de manzanas cubiertas de agujas, aperitivo para la tarde o para cenar en familia. Los muertos contentos.
      Con la panza llena a los muertos le resulta más fácil acometer sus labores diarias, como asustar o no hacer nada. Por lo general no hacen nada. La inacción les es más satisfactoria que el temor generado a los seres humanos. Ni siquiera saben para qué comen. A veces tampoco saben para qué están muertos, si sufren tanto como los vivos.
      El cocinero tampoco lo sabe, no tenía otro libro de recetas. Los demás están caros, dice. Vienen importados, dice. Los libros importados salen mucha plata, dice. Por eso cocino cosas para muertos, dice. Anoche no comí, dice. Soy pobre, dice.
      No lo entendían, solo quería cocinar, por amor al arte. Tomaron a mal su mensaje. Un día, sumido en la tristeza absoluta, el cocinero se quitó la vida. Dado que el homicidio en el más allá es una propuesta infructuosa, los no vivos se preocuparán por darle una cálida bienvenida a su cocinero predilecto. 

martes, 21 de octubre de 2014

Día 156: El loco de los Flavio

      Un perro calcinado, dos tipos haciendo el amor, una cacerola hecha piedra, un nene acostado boca arriba, muchas columnas tiradas. Así había quedado Pompeya. Todos sorprendidos por la lava, capturados en una instantánea eterna. El loco tenía razón, el loco tenía razón, gritaban por las afueras del templo.
      Lo encontraron mientras caminaba desnudo por las vías romanas. Se autoproclamaba hijo de Mercurio, dignatario en tierra de su voluntad. El culto de las almas en pena, así lo llamaba el loco. Todos penamos en la vida una suerte de condena, yo les trasmitiré mi saber, el mensaje, la palabra, decía el loco a los ciudadanos que transitaban las callecitas del foro.
      Demasiado insignificante para meterlo a la cárcel. Aquellos que cada tanto protegían la ciudad tampoco encontraban motivos para crucificarlo, era tan solo un viejo loco y desnudo.
      Los romanos lo conocieron con la llegada de Vespasiano. El nuevo emperador, luego de sendas victorias en Egipto y Judea, regresaba con una estrenada corona de laureles. El pueblo aclamaba al César. La marcha se desarrollaba de acuerdo a las previsiones de la guardia pretoriana. Hasta que un hombre desnudo se cruzó en el camino.
      El loco advertía al pueblo romano una vez más acerca de sus vaticinios. Ya todos los conocían de memoria. Una provincia al sur de Roma. Un pueblo próspero devorado por el fuego. Miles de almas castigadas por el brazo de Júpiter. Nadie sobreviviría a la catástrofe. Todo ardería en llamas. Será terrible. Terrible. Al anciano le temblaba la voz. Estaba seguro que ocurriría pronto. Muy pronto.
      El emperador Vespasiano mandó a detener el carruaje. Le tenía lástima al pobre hombre. Por supuesto, no vale la pena gastar un solo sestercio en caridad, eso es para la gente que no tiene nada que hacer. Sin embargo, el César se sentía magnánimo. La pronta resolución de las afrentas en Egipto y Judea le dejaban el mapa limpio para renovar sus alianzas en el Senado. Roma sería de nuevo la capital de un Imperio triunfante. Con un gesto le invitó al hombre a acercarse. El césar dijo:

      - Buen hombre, usted dice palabras graciosas a mis oídos. Hoy participará del nacimiento de una nueva era de bienestar de nuestro querido Imperio. Guardia, haga el favor de hacer traer una manta a este anciano. Y por favor, mande a llenar una ánfora de nuestro mejor vino, este hombre necesita beber y festejar con nosotros. ¡Por Roma! ¡Larga vida al Imperio!

      El pueblo aplaudía las palabras del emperador. El loco pasó a ser conocido como el loco de los Flavio. Su ventura duró poco tiempo. Unos años después, luego de muchas presiones por parte de un centurión con influencias en el senado, el loco de los Flavio fue crucificado a las afueras de Roma junto a siete reos de poca monta. Pocos meses después de la muerte de Vespasiano, cuando el Vesubio despertó y el pueblo pompeyo cayó víctima de su furia, muchos recordaron con pavor las palabras del loco. 

lunes, 20 de octubre de 2014

Día 155: Un fin se acerca

      Incrustada en el cerebro la bala hacía un enchastre. Por una cuota de suerte estaba vivo. Así era la guerra, decían los burócratas sentados en sus cómodos sillones mientras el humo de cigarrillo salía por la ventana. Ese mal paso de ballet le había costado una herida mortal. 
      La estadía en el hospital no era tan mala. Sábanas limpias, enfermeras con mejores modales que los carabineros del frente, un ventilador que funcionaba. ¿Qué más podía desear? El cielo no distaba de ser una promesa para niños imbéciles que todavía mojaban los pantalones. 
      A veces los sueños del frente eran normales. Había matado a unos cuantos y quién no. Te ponían unos cuantos cuerpos desprevenidos y era imposible que no se comieran algún disparo. Así era la guerra. No los culpaba. Nadie andaba tentando al prójimo para que lo matase, a veces era una casualidad asesina. Ni que hablar de aquellos que no se bancaban la situación y recurrían al suicidio.
      La muerte ni siquiera era un dilema a resolver. La pregunta que había que responder era simple, ¿por qué cosa ibas a estar dispuesto a morir? El tarado que no para de levantar la mano, el alumno aplicado responde por la patria. Sí, vayan, mueran por su país, que tanto los quiere. Carne fresca para la maquinaria, eso necesitan. La picadora de carne sacaba ricos chorizos y los vendían por kilo. 
      Un sueño. Eso era la guerra. Un sueño del que no acababa de despertar. Un mal sueño. Donde la vigilia se mezcla con la narcosis. Las imágenes de lo extraño, de un natural pervertido, las bombas se confunden con truenos, las ciudades destruidas, ahogadas en su pandemonio. 
      Memorias de nacimientos inacabados, melodías apagadas y mesas rotas. Los soldados caminan entre los escombros, a la busca de sobrevivientes o enemigos. ¿Cuáles son las chances? Aliado o del bando opuesto, ni siquiera era una elección dotada de lógica. Chances. Casualidad. Una lotería de naciones. 
      A cuantas casualidad se vende el cuerpo. Su cuerpo repuesto, sofocado en el éter. Lo van a devolver a la sociedad, así medio roto, medio repuesto, un producto de outlet, de segunda categoría. 
      ¿Cuánto tardarán en recuperar las memorias de los espacios perdidos? Reconstruir a partir de los abismos, de los huecos de las metrallas. Rehabitar el territorio selenita. Hay que echar cemento sobre las tumbas y colocar ladrillos. Los avatares de las eras geológicas. Capas que se superponen. Historias que se contradicen. Se señalan entre ellos. Se echan las culpas. El pueblo olvida. Las personas vuelven a empezar. Olvidan.
      Acostado, boca arriba. El ventilador al máximo. Hace calor, falta poco para llegar a julio. Los bombardeos cesaron. Está marcado en su piel. No puede olvidar lo que los demás ignorarán en meses. Las personas necesitan saborear el trauma de a gotas. Nadie está preparado para tomarse el vaso de un saque. Nadie resiste tamaña borrachera de realidad.
      Las voces del carnaval llaman. El verano llegó. Los niños salen a las callen. Entre ellos gritan, juegan, se tiran baldes de agua. El calor de mitad de año apremia. Un jeep pintado de verde se acerca al pueblo. Buenas noticias trae. 

domingo, 19 de octubre de 2014

Día 154: Ghost trail II

      La bola de cristal giraba sobre la mesa. Marcaba círculos acompasados, como si estuviera bajo el efecto de una melodía oculta. La mesa también giraba. Se respiraba el engaño, a medida que avanzaba en espirales. Una marioneta sentada al borde de un mueble de algarrobo se paró sin ayuda de nadie. Con movimientos torpes se acercó a la bola. El cristal resplandecía, irradiaba un verde fosforescente. Los arbustos cercanos a la ventana comenzaron a retorcerse, como resortes oxidados. Las ramas crujían. Así respondían al llamado. 
      Hacía años que la casa estaba abandonada. Una carta con sello lacrado adornaba la puerta. Todo signo de vida se hallaba sustraido al edificio. Los recuerdos asomaban por las paredes. El contagio de lo que fue y lo que nunca será. Batallas de tiempos pretéritos no luchadas. Muertes bajo el sol, insolentes que maldijeron la casta de los buenos hombres.
      Una cabeza cercenada rodaba por el suelo, al ritmo de la bola de cristal. Aun despedía sangre. El movimiento era continuo. Parecía un grito sin voz. La casa gritaba. En su desesperación los objetos ya no sabían que hacer. Dejaron de lado sus propiedades al abandonar la quietud de su naturaleza. 
      El ventilador de techo se prendía, a veces se apagaba. Ese era su juego. Un fino hilo colgaba de una de sus paletas. Una espada de un metro de largo pendía del hilo. Su movimiento, como un improvisado péndulo de Foucault, seguía los caminos de la cabeza. La espada y la cabeza formaban parte del mismo teatro. Se conocían. Tenían su historia. Alguna vez la espada perteneció a la cabeza. 
      La casa estaba en venta. Nadie quería comprarla. Esperarían a que muriesen todos los fantasmas que tiene adentro, decían. Hasta los más incrédulos se llevaban un buen susto cada vez que un agente inmobiliario les daba un pequeño paseo por los pasillos. Un ojo azul flotaba. Seguía con curiosidad los pasos de las personas. Una cosa de temer. Aunque a decir verdad, el ojo no hacía nada. Era curioso. Daba miedo solo por ser curioso. 
      Trataron de incendiarla, incluso demolerla. Una fuerza invisible lo impedía. La casa estaba bajo el influjo de la bola de cristal. Giraba con sus círculos. Estaba en otra dimensión, una dimensión lejana al conocimiento palpable. Un lugar en donde las palabras dejan de servir, donde solo se oyen gemidos y llantos guturales. Dicen que nadie habita esos espacios, aunque se vislumbren sombras grises. Dicen que todo pertenecía a la cabeza. Aunque nadie se preguntó por la marioneta.

sábado, 18 de octubre de 2014

Día 153: In the flesh?

      Carcome la piel. La pulga es paciente, sabe que va a llegar. Le importa poco la superficie. No se contenta con absorber sangre, es ambiciosa, al contrario de sus hermanas. Sabe también que corre un riesgo importante, el humano en cualquier momento puede despertar. Si se entera, chau sueños de conquista.
      Poco le importa dejar crías. Engendrar larvas es para perdedores, suele decir esta pulga. Su deseo es taladrar hasta lo más profundo de la carne. Quiere bordear el hueso, hasta el nervio. 
      Sus propósitos son humildes. Tan solo reconectar unos cuantos neurotransmisores para poder controlar al humano. Así lo haría sufrir hasta la muerte misma. 
      Sin embargo la tarea no es sencilla, menos para una pulga con pocos conocimientos de procedimientos quirúrgicos. El hombre, mientras, siente cosquillas, como si algo le corriera en la sangre. Piensa en alguna alergia o algo por el estilo. Al descubrir la roncha dejada por la pulga, confirma su diagnóstico. 
      La pulga prosigue con su titánica labor. Un nervio se asoma delante de sus antenas. El pobre parásito se siente pequeño ante la enormidad de su descubrimiento. El ser humano no tiene uno o dos nervios, tiene millones. Y es una sola pata humana. Solo una. A lo sumo podría dejarlo rengo por un tiempo.
      No se rendiría. Vendería cara la derrota. Tendrían que sacarla de ahí con pinzas, a la fuerza. Esto era una ocupación. Le machacaría cada pedazo de existencia con tal de que sufra mucho dolor. ¿Y su dolor de pulga? ¿Alguien podría pensar en su dolor? La desidia de la insignificancia que corroe cada micromilímetro de su ser.
      Por ahí no es nada, un simple nervio. Pero es un comienzo. Sus días estaban contados, no viviría más de un mes, quizás una semana. El tiempo gira pronto. Quizás sea suficiente como para dejar un daño permanente. O algo pasajero. No importa, con tal que sea dolor del verdadero.

viernes, 17 de octubre de 2014

Día 152: Una espiral

      Dentro de la casa todo entra. Es una figura anatómicamente perfecta. Damos por descontado su perfección. La casa detenta la inminencia de una catástrofe. Por que algún día lo tragará todo. Por que todo entra. Nada sale. Es una aspiradora de energía. Un súcubo del movimiento. 
      Dentro de la casa todo está quieto. Las personas hacen silencio porque tienen miedo. No saben qué ocurre. Moran en círculos o en cuadrados. Sus habitaciones nunca se tocan. El espacio está ceñido por múltiples intersecciones paralelas. Un fenómeno imposible.
      A veces el miedo se contagia, como una gripe. Corre por los dormitorios como una especie de rumor oscuro.Los individuos lo asocian a la cárcel. Los creyentes dieron por llamarlo Legión. Podría ser una cosa o la otra, pero no lo es. Es tan dificil averiguar las intenciones de la casa.
      Encerrados, las personas olvidan su nombre. Adoptan nuevos recuerdos. Se tragan sus mentiras como placebos vencidos. Lo que ocurre adentro es parecido a lo que pasa afuera. Lo escribieron millones de libros. Está en millones de películas. El encierro se cuenta solo. Y no hay nada nuevo. Salvo la compulsión a chocar contra la pared hasta que se cuela por el hombro un hilillo de sangre.
      Los santos, los pecadores, los no creyentes, las prostitutas, los asesinos, los políticos, los trabajadores, la dama vestida de gris. Nadie sale de la casa. Nadie entra. Un universo de fantasmas nace entre sus cimientos. Se cuelan por las grietas. 
      Si pudiéramos sacarle una foto seguro se velaría. No hay modo de integrar las diversas perspectivas de un mismo espanto. La casa es un horror cubista. No hay puertas. No hay bienvenidas. Tan solo palabras que se escapan hacia su mismo abismo. Tal vez no sea una casa.

jueves, 16 de octubre de 2014

Día 151: El pabellón de las buenas costumbres

      Nos sentamos a la mesa. Algunos rezan. Otros comen. Los tenedores chocan contra el plato. A veces hablamos. Se presta a la charla. Prendemos la tele. Por momento deseamos clavarle el tenedor en la nariz de la vieja ¿cómo no podía ser de otro modo?
      Me está mirando, lo sé. Quiere que le agujeree la cara ¿por qué carajo tengo que comportarme bien? ¿qué libro lo dicta? Y de estar escrito, ¿por qué tendría que creerle? Las hipótesis acerca de la buena convivencia y las excelsas costumbre son tan falsables como el Dios cristiano o los dinosaurios. 
      Dicen que estamos en los albores de una nueva era. Nos jactamos de este síndrome de modernidad pasajera, mientras por lo bajo vomitamos el jugo medieval. Pero basta de mí, hablemos de lo otro. De eso que está cerca mío. Que me avasalla con el asco. Esa vieja que no para de comer, sentada, de piernas cruzadas. Esa vieja. Tan asesinable. 
      La degollaría con ganas, pero no puedo. El decoro no me lo permite. Esta sociedad hecha de leyes y cosas. Me lo prohíbe las buenas costumbres. Encima no me mira, me ignora. No es como el corazón delator. Su mirada no me ciega de polvo y sangre. Su mirada no existe. 
      Ahí estamos. Separados. Por una mesa de por medio. Todo un abismo. Yo simulo. Hago como que como. Ella come de verdad. Tiene tripas de verdad para hacerlo. A veces creo que cuando duermo me arranca un pedazo de mi carne y la pone en la sopa. Es absurdo lo sé, pero siento eso. 
      Vamos a la mesa. Es lo único que se ve. Alrededor es todo negro, todo sombra. Mejor lo que se ve tal vez sea una apuesta arriesgada. Lo que se ve es la vieja que come y no para. Come con gula, con hambre de comer, deposita toneladas de comida en su estómago. Espera así formar un ejército de caca para conquistar los inodoros del mundo. 
      Juro que la mataría. Si tan solo pudiera. Si no hay nadie. No hay leyes que mengüen mis acciones. Soy libre de hacer lo que quiera en este espacio. El tiempo no existe. Podría matarla, nadie se daría cuenta. Pero son estas estúpidas convenciones que me atan el cerebro. Son las ideas que se me repiten por entre las cisuras del cráneo. Eso está mal. Eso está mal. Hay que buscar el bien. 
      La vieja deja de comer. Quedamos solos. La tele se apaga. Cortaron la luz. Nadie pagó la factura. En algún lugar del mundo alguien muere. En algún lugar del mundo un reactor nuclear hace fisión hasta estallar. En algún lugar del mundo alguien pone la mesa. En algún lugar del mundo me voy a encontrar, solo, sentado a la mesa. 

miércoles, 15 de octubre de 2014

Día 150: Sentir beodo

      Los pensamientos se piensan solos. Nadie los llama. Están. Quieren aparecer. Una arquitectura de espejos desborda el salón. Vuelan los pensamientos. Se quieren ir. Buscan un hogar, una madre que los mime. Mientras tanto, el eco de lo imposible reverbera. Es un sonido nunca escuchado, nunca antes hablado. 
      El pequeño gusano se pierde entre un universo de manzanas. Claro que prefiere roer la carne. Necesita crecer, necesita los mimos de mamá, también. Todos desean retornar al útero. La matriz nos da la bienvenida. Es un lugar apacible, cálido. Tiene un bar en donde emborracharse hasta olvidar.
      Mamá nos toca la frente. Hay fiebre. Vamos a explotar el termómetro. A veces la escuela necesita estar vacía de niños para dejar de ser escuela. Sin humanos, el mundo deja de ser mundo. Es una piedra grande, con aire y cosas verdes que salen del piso. 
      El tenedor muerde el desayuno. Es feliz siendo el medio. Le gusta alimentar a sus víctimas. Es una viuda negra con dientes. Sabe que algún día, tarde o temprano, el sujeto ingerirá el veneno. Se le pondrá la cara  toda violeta. Va a asfixiarse hasta donde todo pueda ser. 
      Mamá sabe que son todos locuras. Para ser un tipo lúcido hay que estar bastante loco. Así es la sobriedad, es estar enfermo y aceptarlo. Mamá nos quiere, mamá nos va a perdonar. Descubrió nuestro secreto y aún nos quiere. 
      El cuerpo ya tiene olor. No lo podemos esconder. A veces lo muerto debe permanecer más muerto. Hasta morir de nuevo. Una y otra vez. La sala está gris. Opaca. Los espejos mienten. Quieren contar su verdad. Me escondo, me tapo. Me señalan. Quieren que me acobarde. No lo escucharé. Son voces malas. Hablan de falsas verdades. 
      Hay un lenguaje superior. La valla de seguridad de las estructuras caen. Tienen que caer. Tengo que forzar el límite. Debo hacerlo desaparecer hasta su misma aparición. Miro la sala desde un recodo, parece un cuadro de Escher. Se parece a mi ataud. Es linda la casa de mamá.
      Ser amoral aunque nadie lo entienda. No necesitamos entender, necesitamos ser y ¿qué es ser? Ni yo lo sé. Por eso lloro. Por eso busco a mamá. Me refugio entre sus vísceras. Me emborracho en su bar. El útero explota de alcohol. Nos divertimos. Lloramos de la risa. Me emborracho. Me mareo. 
      Vomito en el baño. Desaparece el piso y caigo dentro de una jaula, toda gris. Como la casa, pienso. El gris me cansa. Quiero lo negro, quiero lo blanco. Quiero ser, quiero no ser. Esta impertinencia del algo. Tal feliz estaría de nombrarla. Pero no deja de ser cosa. Cosa que se me escapa, como el salón, como mamá, como mi muerte.
      Al lado de las escaleras se encuentra una báscula. Me pesa por dentro. No estoy gordo. Estoy flaco. Flaco de espíritu. Sin espíritu no hay vida. Sin vida hay muerte. Estoy contento. Quiero volver al bar. Me voy a emborrachar por última vez. Brindaré por mamá, por la vida y por ese cuespo apestoso que guardo debajo de la mesada.

martes, 14 de octubre de 2014

Día 149: Fuego verde

      Es un rincón irreal. De todo aquello que capta. De los reflectores que caen sobre el escenario. El presentador anuncia el show, promete maravilla, advierte proezas. El público, hipnotizado, cede al encanto. Olvida sus asientos, se entrega al ritual, a la orgía del arte.
      Pero el asunto es una tapadera. Detrás de las luces se esconden los monstruos, ávidos de deseos oscuros, necesidades de carne y sangre. La pasión alimenta el artilugio del fruto. Los espectadores están a punto de caer en la trampa. 
      Alguien lo advierte y escapa. Se aleja como puede. Corre a lo largo del bosque, sin detenerse a mirar. La noche cómplice de sus pasos dibujaba estrellas sobre el firmamento. Un río parlante lo detuvo. Su rojo caudal lo indagaba con palabras ancestrales. No atravesaría su cauce esta noche. Tendría que descansar en el pie de aquel árbol, señalaba el río. 
      Despertó con la salida del sol. Lo esperaba una pirámide, un libro y un bidón. La pirámide observaba y proponía un misterio. Su vida depende de la resolución del enigma. Un libro y un bidón. El libro no entra en el bidón. El bidón es muy grande para ser metido en el libro. 
      Sus hojas no contaban historias. Estaba blanco por dentro y verde por fuera. El bidón rojo se perdía entre la grama del bosque. Así descubre la solución al enigma. El vacío del bidón se corresponde con el vacío del libro. Ambos deben ser llenados. El río de rojas aguas presta su caudal al bidón.
      El río ofrece la posibilidad de nacer como nuevo hombre. El libro debe ser escrito. El libro debe ser mojado. El libro debe arder, en verdes llamas. 
      El hombre despierta en un rincón del palacio. Cegado por el repentino resplandor de las luces. La trampa. El show. El anunciador. No ha logrado escapar. Ha sido otro engaño. Juegan con su mente. En su mano tiene un objeto, de color verde. El bidón rojo depositado a sus pies. Los pasos del bosque adonde conducen. De la llama y el fuego adonde retorna. El palacio caerá. 

lunes, 13 de octubre de 2014

Día 148: Pesadillas para niños curiosos

      El comerciante tiene un mostrador al fondo del callejón. La luz no llega ni sale. Los compradores ingresan a tientas, como ciegos sin sombras, avanzan hasta chocar con el hombre, que recibe a sus clientes con aire distante, milenario. Su negocio florece, es la solución al cismático, la prevención de la flor rebelde. El hombre vende pesadillas para niños curiosos. 
      Unos cuantos gramos de su polvo misterioso sobre el alimento del pequeño y su mundo onírico caería bajo el influjo de todo mal imaginable. Noches eternas de sueños crucificados. Perversas intenciones de poco amigables monstruos. Amigos engañados, muertes descontroladas, sufrimiento, castigo. Despertar todavía sudado, con unas gotas de pis que mojan el pijama.
      El niño dejará de imaginar, esa es la promesa del vendedor. Su herejía de conocimiento renacerá en amor al orden y la subordinación. Los padres no tendrán mayores problemas en su crianza. El niño se comportará como un adulto, tan inevitable como repentino.
      Es la promesa del vendedor de reliquias antiguas. Está en un callejón oscuro. Espera a sus clientes, con una sonrisa burda en los labios. Entiende la psicología de los nuevos esclavos del sistema, que buscan alternativas naturales a los males que aquejan a sus pequeños. El muchacho es revoltoso, mi chico tiene un amigo imaginario, el nene es hiperquinético y no sé qué hacer. Todas las excusas, todos los caminos, confluyen, terminan en una venta y una promesa. El hombre vende pesadillas para niños curiosos. Pesadillas para niños muertos.

domingo, 12 de octubre de 2014

Día 147: La grieta

      Esa anatomía hecha de carbono. Respira oxígeno el maldito, ¿de qué circo lo sacaron? Sus niveles de neuroconectividad son bajos, una especie de lo más imbécil. Me asombra de sobremanera que hayan logrado conquistar un planeta. Un planeta vacío, sin oposición, supongo. 
      No me extraña que no entienda un comino de lo que digo. Toda especie dotada de inteligencia, bah, algo de público conocimiento, sabe qué tan rudimentario es el lenguaje hablado y escrito. La mente encuentra sus maneras de comunicarse, madre Gaia entiende, somos sus receptores, sus vasijas sagradas. 
      Entender implica muchos aspectos relacionados al posicionamiento de una especie en su espacio interdimensional. El tiempo no existe, el tiempo es muchos, otra pobre ilusión de nuestros parientes involucionados. Mi yo antiguo convive con mi ser futuro y mi ser pasado, existen varias capas, el verbo no logra explicarlo sin antes caer en una contradicción lógica. 
      Se han refugiado detrás de sus tecnologías, como niños asustados. Reemplazaron la fe de los cimientos por la certeza de las alturas. Aspirar al aire es lo mismo que nada. Nada no es suficiente, para ninguna filosofía que se precie de serlo. Quizás no sea el especimen adecuado. Tanto conocimiento velado. 
      Una misión de paz, su mente dice. Una misión de paz que acabó con mi nave. Este sujeto morirá pronto. No tengo los medios para prolongar su vida física. Pasará al otro plano, ya ocurrió y ocurrirá por siempre. Ahí nos encontraremos, estoy seguro que me entenderá. Desde la antiguedad de su especie nos han sabido contactar, la literatura es fértil al respecto. Los antiguos griegos, los romanos, los normandos, han sabido llamarnos dioses, en sus delirios místicos. 
      Una pequeña ayuda de algunos de mis hermanos, eso es todo. Así expresaron sus simpatías por esta raza incompleta. Eso es lo único que no lograré entender, supera mi posicionamiento interdimensional, como es que nuestra raza ha ganado la beneficiencia de unos sujetos cuyas vidas han sido reconcentradas en la materialidad de un cuerpo finito.
      Mejor dejarlo ir. Entiendo que algún día dejaré de ser, porque no he sido nada más de lo que seré. Mi energía no expira, transforma, reconduce, algún día seré hombre.

sábado, 11 de octubre de 2014

Día 146: Historia de un bluff

      Temía perderse una vez más. En realidad temía por su vida, y por la de Sofía. Los gangsters no se andan con bromas. Excepto ese imbécil de sombrero rosa, pero no, ese no cuenta como gangster. Hablamos de los otros, de esos que hacen amenazas y las cumplen, que hacen cosas como que tu cuerpo flote en el río a pesar de parecer un colador sanguíneo. 
      Qué tanto fue. Una estúpida apuesta. Un préstamo no cumplido a tiempo con las personas menos indicadas. ¿Con quién podría denunciarlos? Usureros fuera de la ley con el poder suficiente como para aplastarlo a él y a toda su familia como un par de hormigas debajo del zapato. Cometió el error de todo jugador empedernido, subir la apuesta cuando no era el momento adecuado.
      Quedó con los bolsillos agujereados, con las manos por debajo del tapete de la mafia, a la espera de una llamada. Sin embargo los días pasaron, y el teléfono nunca sonó. Meses enteros sin apercibimientos de ningún tipo. La deuda parecía saldada, incluso olvidada. 
Rodolfo no volvería a llamar. No necesitaba recordarle a un mafioso sus obligaciones contractuales. Sofía no se lo perdonaría, tomar semejante riesgo por un juego sin sentido. Las cosas en el trabajo iban bien. Sofía esperaba un bebé. La vida no parecía mala. Había perdido unos pesos que a esa altura no se notaban. 
      Cuando se cumplió un año del juego, los temores de Rodolfo se transformaron en curiosidad, y la curiosidad dio paso al temor. ¿Qué estaban esperando? ¿qué clase de plan macabro tendrían entre manos? La mafia no se anda con bromas, eso lo había aprendido de las películas. Su cuerpo agujereado, el cuerpo de Sofía agujereado, el bebé agujereado. Todo podría irse a la mierda de un momento al otro. No necesitaba olvidar para recordarlo. 
      Rodolfo miraba la tarjetita de reojo. Tenía impreso un número de teléfono. Solo necesitaba llamar y sacarse la duda. ¿Qué había pasado? ¿Lo perdonaron? ¿Cuál era el truco? Por tres años más tuvo la tarjetita. Le llamaba la atención. El debatedía a día era similar. Llamar, esperar, ¿qué más daba? Su hija ya hablaba, un día empezaría a hacer preguntas. Llegaría, como un pequeño detective, al fondo de la cuestión. Lo encontraría con las manos en la masa, con la tarjetita en la boca, o en los pantalones. Sería sorprendido como un amante en pleno acto. 
      Diga. Fueron las palabras que sonaron del otro lado del teléfono. Sonaba a una abuela. Un detalle poco mafioso. Diga, repitió la mujer. Rodolfo le explicó a quién buscaba. La señora no entendía de qué hablaba. Rodolfo pensó que esto debe ser un sueño, quiso pellizcarse, pero volvió a preguntar, señaló algunas referencias de las personas que buscaba.
      La señora levantó la voz con un ah. Ahora recordaba, los anteriores inquilinos de la casa. Un grupo de actores. Estafaban gente, eso había escuchado. Hace tiempo que no se sabe nada de ellos. Timaban personas con las cartas. 
      Rodolfo no respondió. Una pequeña se acercaba con paso resuelto. ¿Quién es, papá? Número equivocado, hija.

viernes, 10 de octubre de 2014

Día 145: La persistencia de las gotas

      Desde que todo se fue al diablo no paró de llover. En la radio sonaban canciones de amor. Cómo las odiaba. Afuera la lluvia ácida, adentro la cursilería, cualquier mal es para peor.¿Y esos viejos idiotas? Salen a las calles, a suicidarse, como si la vida no fuese lo suficiente dura. Tener que soportar el olor a carne muerta.
      El futuro no es tan lindo. Es un asco. En la televisión le vendieron otra cosa. Escritores de cuarta con su banderita de ciencia ficción, otros idiotas. Luego todo se fue al diablo. Vivían como topos, cuidando y cagando sus madrigueras. A falta de costumbre, la luz del sol se había vuelto perniciosa para los ojos. De la podredumbre y el vacío, de eso sabía.
      Las mismas canciones estúpidas no paraban de sonar. Un bucle maníaco estrujaba su cerebro. Cada vez falta menos. Cada vez falta menos. Decía. Y todos los imbéciles escondidos, al resguardo de su ignorancia. Afuera no era distinto. Las gotas. Las gotas. Las gotas y su persistencia.
      El vidrio de la ventana era negro. Nada veía. Nada entraba. Lo sucio lo filtraba todo. Alguna que otra sombra si dibujaba en la pared. A veces se descubría más vivo que los idiotas que tenía por compañero de madriguera. Nadie quiere vivir una eternidad así. Un día se desea la muerte. Que alguien venga y te arroje afuera. Mirar el cielo aunque sea una vez, lamer la lluvia, conocer los colores. El mundo es tanto para lo poco que eran.
      La especie venida a menos, de a poco cedía su trono. La naturaleza tomó el control. Era hora. Era hora. ¿Cuánto falta? Cada vez falta menos.

jueves, 9 de octubre de 2014

Día 144: Karma

      El mundo empezó a disolverse a su alrededor, ¿así sería la muerte? El pánico no tiene que ver con el sueño, si no con la ansiedad previa a quedarse dormido. Los ojos cerrados, negro absoluto, el cerebro inquieto, ¿así sería la muerte?
      La muerte, esa cosa oscura, negra, que no se puede ver, que está ahí, como una puta feroz, con un látigo en la mano, a la espera del azote. Esa cosa triste que te arranca el aliento. Ahí estaba, en todo su esplendor. Por si acaso rezó, aunque no le sirviera de nada. Manchó la cama, sollozó, pidió a gritos no ser llevado. Sin embargo la cosa lo arrancó de un zarpazo.
      Por momentos no pudo ver nada. Estaba ciego. Una pequeña luz empezó a brotar de un portal. De a poco recuperaba la vista, a medida que el portal se agrandaba. Caminó unos pasos hacia la luz.
      Su cuerpo se desintegró en millones de pedazos. Pequeñas partículas de su antiguo yo circulaban por el aire, algunas fueron viento, otras tierra y también nada. Ciertas moléculas se unieron al agua que ayudó a crecer el árbol. El árbol fue alimento de un pequeño insecto. El insecto fue devorado por un sapo. El sapo fue engullido de un bocado por un depredador de mayor tamaño. Un hombre sano de unos treinta y cinco años fue el último eslabón de esta curiosa cadena alimenticia.
      El alimento dentro del hombre se volvió semen. El semen ingresó a una mujer. Un afortunado espermatozoide logró evadir las tácticas disuasivas del útero. Una explosión de hormonas generó otra cosa, más pequeña, que se hizo grande y pidió salida. El umbral de nuevo, otra vez el portal, cada vez más luminoso. El bebé quiere asomar la cabeza. Todo negro. Risas se apagan en ecos. ¿así sería la muerte?

miércoles, 8 de octubre de 2014

Día 143: El dogma y su excrecencia

      La idea de mandato es lo que aterra. Es esa sensación de lograr trascender la jaula de Edipo. Permanecer lejano de la observancia del ojo rector. El mandato visto como una cadena que no detiene su asfixia. Y no solo es temor, también es angustia, angustia de ser.
      Desde la más tierna edad el cuerpo es sesgado por los lineamientos del mandato. Primero es la imposición familiar, la preservación de un legado llamado a transmitirse, de una generación a la siguiente. Luego, los aparatos institucionales del Estado, sea la escuela, sean las normas de convivencia impuestas a través de un régimen legal, se encarga de introducirnos hasta lo más profundo de nuestro ser los significados de orden y acatamiento.
      Cada pequeño acto acrecienta este sentimiento de libertad condicional. Se nos permite caminar libres, pero solo hasta los límites de lo estipulado. El sistema, llegada la adultez, se encuentra tan internalizado que un mero viraje en nuestra orientación social nos trae a la superficie los escombros de la culpa o, mejor dicho, la culpabilidad de lo diferente. Somos culpables por decidir por nuestra cuenta que el orden que se nos ha estipulado hasta la fecha contiene fallas irreparables, somos culpables de necesitar un régimen ajeno a lo que se nos presenta.
      La vergüenza nos inunda, perdemos el apoyo ante la inseguridad del paso hacia lo desconocido. Los caminos de la libertad exceden la tesitura del mandato. A su vez los niveles de exigencia son mayores. El compromiso ante la causa supera con creces las limitaciones de la norma. Hay que ser fiel a la idea liberadora.
      Libertad no tiene por qué asociarse a un acto disyuntivo. Ser libre, actuar diferente no implica estar separado del mundo que nos concibe. Colocarse frente al mandato impone una idea de unión suprema, de cofradía de especie. Es la necesidad de comunicarnos más allá de los estamentos culturales. Es un intento por transgredir los patrones que se reiteran sin cambio alguno.
      El acto reflexivo debe preponderar por sobre la inflexión del dogma. Pensar desde la no perspectiva, desde los malabares de las ideas. Disentir, concordar, debatir desde los múltiples recodos que nos permite la realidad observable. Abordar la trampa de los sentidos, desactivar el organismo de lo sacro.
      El mandato aterra, subyuga, amedrenta, obliga, coerciona, insta a obedecer una norma de la cual no formamos parte. El temor solo puede ser contrarrestado cuando estemos de cara al precipicio. Solo hacia la verdad ha de virar el timón de nuestra existencia.

martes, 7 de octubre de 2014

Día 142: La séptima extinción

      El barquero remaba, ignorante del curso de las acciones. La represa se rompía, ignorante del camino del barquero. Se cruzaron por sorpresa, el pequeño navegante, y el caudal de agua. El mundo conocido hasta entonces se convirtió en una gigantesca pecera. 
      Alguien había roto el caño maestro de la Tierra. El agua no paraba de salir. Estaba todo mojado. El barquero, con destreza, continuaba su navegación. Poco parecía importarle aquella acuosa nueva realidad. Miraba hacia sus alrededores con gesto de: "algún día tenía que suceder". 
      En diversos puntos la gente moría ahogada. Algunos esperanzados escalaban los más altos rascacielos. El agua lo tapó todo. Sin excepción. La tierra, de hecho, era una bola azul en su totalidad. El olor a humedad se extendía por los continentes. En vano trataba de nadar las personas. Había demasiada agua. Las olas eran del tamaño de un dinosaurio.
      Las grandes embarcaciones se partían al medio con la fuerza de los tsunamis. Luego de varias horas los aviones acusaban la falta de combustible y caían como moscas al nuevo super océano terrestre. Al pequeño barquero poco le importaban los cataclismos. Él remaba. 
      A un par de kilómetros de distancia reconoció el lugar de la fuga. Un cajón negro asomaba de la barca. Un cajón de herramientas. De ahí sacó los elementos necesarios para reparar el escape de agua. Con el equipo de buceo colocado, el barquero descendió al océano.
      La grieta era minúscula. Apenas unas cuantas piedras desviadas evidenciaban el problema. Luego de aplicar un parche para detener la fuga de agua volvió a la superficie.
      Herramientas a su lugar. Problema solucionado. El barquero tomó la radio y comunicó a la Central que ya estaba resuelto el inconveniente con los humanos. La Central procedió al desagote y emitió los formularios correspondientes a todas las dependencias para iniciar el repoblado de la Tierra.

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