jueves, 2 de octubre de 2014

Día 137: Mutaré

      Bajo las líneas que deja la tinta escribe el pulpo su historia. Amanece y estira sus tentáculos, hace su alabanzas a un Dios desconocido por el hombre. Está de buen humor y se propone salir a la superficie. 

      La marcha vigilante lo cruza en la orilla de una playa con un adolescente en una tabla de surf. 
      El miedo ante el choque de razas es mutuo. El pulpo mancha al humano, el humano mancha al pulpo con un líquido color ámbar.
      El octópodo tropieza y se desvanece en el agua. Tiene un olor repugnante. Está mareado, quiere nadar pero le faltan fuerzas para adentrarse en el mar.
      Como desearía una cerveza, son las palabras que salen del pulpo. Un minuto, ¿Qué es una cerveza? ¿Qué son estos ruidos que me salen de la boca?
      Así el pulpo aprendió a hablar. Con el lenguaje vinieron las necesidades propias del ser humano. Tener un trabajo, conseguir dinero, casarse, estudiar, experimentar una orgía, lamer caracoles, y todo una gama de emociones indescriptibles para un simple animal de mar.
      El pulpo también pensaba, por primera vez. Estoy desnudo, necesito ropa. Sus compañeros ya lo miran raro. Empiezan a nadar lejos del pulpo apestoso que emite sonidos extraños. Tengo que volver a la superficie, ahí me van a entender. 
      El viaje duró poco. Un barco pesquero lo interceptó en sus redes. El viejo capitán sacudía el botín. La pesca era suculenta. El pulpo llamó al hombre, trató de dialogar. El viejo estaba sordo como una heladera. 
      En cautiverio, el pulpo de humanas costumbres redactó su historia en la concha de varias ostras. El documento era pequeño. Narraba la corta vida del octópodo hasta ser manchado por la humanidad. El viejo notó que tenía un pulpo metido en la red. Esa porquería le ensuciaba el barco con su tinta. Tomó el arpón entre sus manos y lo clavó un par de veces en la pesca hasta que el movimiento se detuvo.

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