viernes, 3 de octubre de 2014

Día 138: La vida era buena

      La nebulosa acompasaba los disparos bajo una cubierta de telón color rosa mosqueta. Los tiros iban, y al rato venían, como asustados. En el recodo del pasillo de la nave el capitan gruñía. Tanto ruido, tanta acción. Cuándo dormiría en paz, como se debe. La pregunta no tenía respuesta aun.
      El escudo hacía tiempo que flaqueaba. Mamá ya no enviaba cartas ni paquetes con galletitas. Este rincón abandonado de la galaxia apestaba. El universo se expande, el universo se expande. Idiotas. Acá me encuentro, en constante expansión, al borde del núcleo de la existencia, cada vez más lejos de la Tierra. Idiotas. El universo se expande. Con qué gusto les expandiría la cabeza de un fusilazo.
      A veces la misión tenía sus recompensas. La vista desde el espacio era extraordinaria, una vez que el cuerpo se acostumbraba a vomitar, a los dolores ocasionados por la gravedad cero, a los pensamientos suicidas, a la nostalgia terrestre, a los ataques constantes de esos bichos verdes, al riesgo constante de muerte. La vida era buena.
      El desliz progresivo de la barba tapaba el mentón. El modo en que resiste a la poda habla en nombre del desinterés. Ya no hay cartas de mamá. El puto universo se expande. El enemigo cada vez está más lejos. Cada vez estamos más lejos. 
      La rutina explica el modo en que se tienen que recalibrar los aparatos de navegación. Recalcular los parámetros de locación de acuerdo a las nuevas extensiones del espacio. El capitan emite un nuevo gruñido. Hace tiempo se olvidó de como se habla. Ya no recuerda ni para qué está. La vida era buena. 
      Por si acaso se dejaba anotado en pequeños borradores las tareas del día. Cuando se juega con el infinito, más vale no dejar nada dispuesto al olvido, porque todo cae adentro. Cualquier recuerdo es sucinto de ser olvidado, una y otra vez. A veces se olvida casi por deporte. Otras por capricho. Un poco la locura, la verdad y la megalomanía llegan a parecerse. Todo está en íntimo contacto, como la piel y el calzoncillo. 
      Un pedacito de humanidad se pierde. No conviene exasperarse demasiado, la gravedad no ayuda. La vista del espacio, por supuesto, es extraordinaria. De a poco el círculo se cierra, se cierra, a medida que las paredes se abren, se abren. Es imposible alejarse de lo que tenemos cerca. El imán deja de funcionar como se debe.
      Es como si toda la existencia viviese una eterna repetición, un loop, un glitch, una repetición de repeticiones, un deja vú dentro de un deja vú, el universo conspira hacia lo mismo, hacia el ínfimo espacio en que todo, pero todo, hasta un mísero disparo, es repetido y estirado al hartazgo. El universo se expande. La vida era buena.

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