sábado, 4 de octubre de 2014

Día 139: Historia de revoluciones pasadas

      Me animé a contar una historia de absolución. Comenzó como todo cuento, con una reverencia. Con un rey que dictaminaba, oculto en las sombras, el rumbo de un país. Con un súbdito que se negó a besar los pies de la tiranía. Con la lascivia de un cuerpo genuflexo ante su señor.
      La espalda se yergue, acepta el pie invasor. El gesto dura una eternidad, lo que deja de ser, el contorno de un combate. Un momento de reverencia, de asimilación del destino prospecto, es tan solo el disparador de las miles de historia que se entretejen entre los bucles del tiempo.
      La desmesura de Dédalo brota de sus labios. La medida del conocimiento debe ser reducida a los mandatos y caprichos del rey. La verdad es una sola, lo indiscutible, lo incuestionable. Es el abrazo forzoso que genera el roce innecesario. Mandan a matar a los científicos, es el rumor que corre por los rincones de todo el país. 
      Los libros ardieron bajo el peso de enormes piras. Las persecuciones instigaron a las masas, capturas de cerebros, pena capital para la episteme. El descontento tramaba por las calles en silencio. Cavilaban sus planes los señores del nuevo orden. Pedían por lo bajo la cabeza del rey.
      El susurro aumentó, se multiplicó, de todas las voces un solo grito. Los miedos a un final prematuro se apagaron. La revolución era inminente, se olía en las calles. Las consignas se repetían como mantras que sobrevolaban el cielo y sus espantos. La fuerza de la convicción abrigaba una esperanza para los que apuestan. 
      El rey cayó sin mucho estruendo. Con su sangre regaron las calles. Sus huesos fueron repartidos por las provincias. La carne fue arrojada a los cuervos. La corona. La corona desapareció. Nadie sabe lo que ocurrió, si existió un robo fortuito o si fue todo premeditado.
      Esa es la historia. Así ocurrió. ¿Y la absolución? Claro, el pueblo absolvió al rey de sus errores. Entendió, al igual que sus congéneres franceses que la libertad es el bien preciado a defender, que las ideas no se negocian y, aún más importante, que la ambición es un proceso circular. Es algo que va y viene,  es cíclico. La toma del poder no deja de ser un hecho anecdótico. El sistema tiene sus alternativas. Se destruye, se reconfigura, se vuelve a destruir, una vez más se levanta, curado del mal que lo aquejó. Ellos entendieron. Su rey era demasiado humano. Cayó en un laberinto de espejos. Creyó que la imagen era real, aunque solo vio un reflejo.

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