domingo, 5 de octubre de 2014

Día 140: Desdeño

      Era una noche de cenizas, mansillada por los recuerdos que afloraban. El crepitar de las llamas se elevaba hasta perderse entre las estrellas. Un viejo atizaba el fuego para reavivarlo, mientras se frotaba las manos. El joven sentado a su lado lo miraba con fijeza. No entiendo, pero la amabas, dijo, aunque de su boca no salió una palabra.
      Mientras tanto, el perfume de Berta se mezclaba con el humo. Un detalle floral que calma el arrecife de las memorias. Las memorias del viejo, ¿por qué no hablará, ahora que ya lo hizo? Venancio requería una explicación. Sus ojos solícitos se posaban en la figura del abuelo querido, que seguía absorto ante el fuego.
      Ya está abuelo, decía Venancio. Un abrazó corto pero lleno de cariño. 
      La promesa, hijo. ¿Era necesario? Una promesa es una promesa. Así, como por un acto de magia, se abren los rincones de la mente vedados a los intrusos. Cada historia se desgaja, una tras otra, ante el oído atento del nieto. La represa de los sentimientos se inunda aunque los hechos sean triviales.
      Algunos encuentros casuales, uno o dos viajes en auto, un poco el detalle sobre la separación y una promesa realizada, un juramento de esos que se hacen de joven, cuando no se tiene idea acerca de la finitud de la vida. Luego tomaron caminos separados. El abuelo conoció a la abuela. Berta también se casó, pero se separó al poco tiempo. Vivió un tiempo con su hermana, hasta que le detectaron su enfermedad. Berta estaba muy enferma, dijo el abuelo. No había demasiado para acotar, salvo por lo que ya estaba hecho. 
      Venancio miraba a su abuelo. El anciano luchaba consigo mismo. Sus ojos estaban vidriosos. Ahora le salieron las palabras, una pregunta. No entiendo, ¿pero la amabas? Siempre, hasta las últimas consecuencias, esa era la promesa, dijo el abuelo, mientras los últimos restos de Berta se consumían en la fogata.  

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