miércoles, 8 de octubre de 2014

Día 143: El dogma y su excrecencia

      La idea de mandato es lo que aterra. Es esa sensación de lograr trascender la jaula de Edipo. Permanecer lejano de la observancia del ojo rector. El mandato visto como una cadena que no detiene su asfixia. Y no solo es temor, también es angustia, angustia de ser.
      Desde la más tierna edad el cuerpo es sesgado por los lineamientos del mandato. Primero es la imposición familiar, la preservación de un legado llamado a transmitirse, de una generación a la siguiente. Luego, los aparatos institucionales del Estado, sea la escuela, sean las normas de convivencia impuestas a través de un régimen legal, se encarga de introducirnos hasta lo más profundo de nuestro ser los significados de orden y acatamiento.
      Cada pequeño acto acrecienta este sentimiento de libertad condicional. Se nos permite caminar libres, pero solo hasta los límites de lo estipulado. El sistema, llegada la adultez, se encuentra tan internalizado que un mero viraje en nuestra orientación social nos trae a la superficie los escombros de la culpa o, mejor dicho, la culpabilidad de lo diferente. Somos culpables por decidir por nuestra cuenta que el orden que se nos ha estipulado hasta la fecha contiene fallas irreparables, somos culpables de necesitar un régimen ajeno a lo que se nos presenta.
      La vergüenza nos inunda, perdemos el apoyo ante la inseguridad del paso hacia lo desconocido. Los caminos de la libertad exceden la tesitura del mandato. A su vez los niveles de exigencia son mayores. El compromiso ante la causa supera con creces las limitaciones de la norma. Hay que ser fiel a la idea liberadora.
      Libertad no tiene por qué asociarse a un acto disyuntivo. Ser libre, actuar diferente no implica estar separado del mundo que nos concibe. Colocarse frente al mandato impone una idea de unión suprema, de cofradía de especie. Es la necesidad de comunicarnos más allá de los estamentos culturales. Es un intento por transgredir los patrones que se reiteran sin cambio alguno.
      El acto reflexivo debe preponderar por sobre la inflexión del dogma. Pensar desde la no perspectiva, desde los malabares de las ideas. Disentir, concordar, debatir desde los múltiples recodos que nos permite la realidad observable. Abordar la trampa de los sentidos, desactivar el organismo de lo sacro.
      El mandato aterra, subyuga, amedrenta, obliga, coerciona, insta a obedecer una norma de la cual no formamos parte. El temor solo puede ser contrarrestado cuando estemos de cara al precipicio. Solo hacia la verdad ha de virar el timón de nuestra existencia.

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