jueves, 9 de octubre de 2014

Día 144: Karma

      El mundo empezó a disolverse a su alrededor, ¿así sería la muerte? El pánico no tiene que ver con el sueño, si no con la ansiedad previa a quedarse dormido. Los ojos cerrados, negro absoluto, el cerebro inquieto, ¿así sería la muerte?
      La muerte, esa cosa oscura, negra, que no se puede ver, que está ahí, como una puta feroz, con un látigo en la mano, a la espera del azote. Esa cosa triste que te arranca el aliento. Ahí estaba, en todo su esplendor. Por si acaso rezó, aunque no le sirviera de nada. Manchó la cama, sollozó, pidió a gritos no ser llevado. Sin embargo la cosa lo arrancó de un zarpazo.
      Por momentos no pudo ver nada. Estaba ciego. Una pequeña luz empezó a brotar de un portal. De a poco recuperaba la vista, a medida que el portal se agrandaba. Caminó unos pasos hacia la luz.
      Su cuerpo se desintegró en millones de pedazos. Pequeñas partículas de su antiguo yo circulaban por el aire, algunas fueron viento, otras tierra y también nada. Ciertas moléculas se unieron al agua que ayudó a crecer el árbol. El árbol fue alimento de un pequeño insecto. El insecto fue devorado por un sapo. El sapo fue engullido de un bocado por un depredador de mayor tamaño. Un hombre sano de unos treinta y cinco años fue el último eslabón de esta curiosa cadena alimenticia.
      El alimento dentro del hombre se volvió semen. El semen ingresó a una mujer. Un afortunado espermatozoide logró evadir las tácticas disuasivas del útero. Una explosión de hormonas generó otra cosa, más pequeña, que se hizo grande y pidió salida. El umbral de nuevo, otra vez el portal, cada vez más luminoso. El bebé quiere asomar la cabeza. Todo negro. Risas se apagan en ecos. ¿así sería la muerte?

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