viernes, 10 de octubre de 2014

Día 145: La persistencia de las gotas

      Desde que todo se fue al diablo no paró de llover. En la radio sonaban canciones de amor. Cómo las odiaba. Afuera la lluvia ácida, adentro la cursilería, cualquier mal es para peor.¿Y esos viejos idiotas? Salen a las calles, a suicidarse, como si la vida no fuese lo suficiente dura. Tener que soportar el olor a carne muerta.
      El futuro no es tan lindo. Es un asco. En la televisión le vendieron otra cosa. Escritores de cuarta con su banderita de ciencia ficción, otros idiotas. Luego todo se fue al diablo. Vivían como topos, cuidando y cagando sus madrigueras. A falta de costumbre, la luz del sol se había vuelto perniciosa para los ojos. De la podredumbre y el vacío, de eso sabía.
      Las mismas canciones estúpidas no paraban de sonar. Un bucle maníaco estrujaba su cerebro. Cada vez falta menos. Cada vez falta menos. Decía. Y todos los imbéciles escondidos, al resguardo de su ignorancia. Afuera no era distinto. Las gotas. Las gotas. Las gotas y su persistencia.
      El vidrio de la ventana era negro. Nada veía. Nada entraba. Lo sucio lo filtraba todo. Alguna que otra sombra si dibujaba en la pared. A veces se descubría más vivo que los idiotas que tenía por compañero de madriguera. Nadie quiere vivir una eternidad así. Un día se desea la muerte. Que alguien venga y te arroje afuera. Mirar el cielo aunque sea una vez, lamer la lluvia, conocer los colores. El mundo es tanto para lo poco que eran.
      La especie venida a menos, de a poco cedía su trono. La naturaleza tomó el control. Era hora. Era hora. ¿Cuánto falta? Cada vez falta menos.

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