sábado, 11 de octubre de 2014

Día 146: Historia de un bluff

      Temía perderse una vez más. En realidad temía por su vida, y por la de Sofía. Los gangsters no se andan con bromas. Excepto ese imbécil de sombrero rosa, pero no, ese no cuenta como gangster. Hablamos de los otros, de esos que hacen amenazas y las cumplen, que hacen cosas como que tu cuerpo flote en el río a pesar de parecer un colador sanguíneo. 
      Qué tanto fue. Una estúpida apuesta. Un préstamo no cumplido a tiempo con las personas menos indicadas. ¿Con quién podría denunciarlos? Usureros fuera de la ley con el poder suficiente como para aplastarlo a él y a toda su familia como un par de hormigas debajo del zapato. Cometió el error de todo jugador empedernido, subir la apuesta cuando no era el momento adecuado.
      Quedó con los bolsillos agujereados, con las manos por debajo del tapete de la mafia, a la espera de una llamada. Sin embargo los días pasaron, y el teléfono nunca sonó. Meses enteros sin apercibimientos de ningún tipo. La deuda parecía saldada, incluso olvidada. 
Rodolfo no volvería a llamar. No necesitaba recordarle a un mafioso sus obligaciones contractuales. Sofía no se lo perdonaría, tomar semejante riesgo por un juego sin sentido. Las cosas en el trabajo iban bien. Sofía esperaba un bebé. La vida no parecía mala. Había perdido unos pesos que a esa altura no se notaban. 
      Cuando se cumplió un año del juego, los temores de Rodolfo se transformaron en curiosidad, y la curiosidad dio paso al temor. ¿Qué estaban esperando? ¿qué clase de plan macabro tendrían entre manos? La mafia no se anda con bromas, eso lo había aprendido de las películas. Su cuerpo agujereado, el cuerpo de Sofía agujereado, el bebé agujereado. Todo podría irse a la mierda de un momento al otro. No necesitaba olvidar para recordarlo. 
      Rodolfo miraba la tarjetita de reojo. Tenía impreso un número de teléfono. Solo necesitaba llamar y sacarse la duda. ¿Qué había pasado? ¿Lo perdonaron? ¿Cuál era el truco? Por tres años más tuvo la tarjetita. Le llamaba la atención. El debatedía a día era similar. Llamar, esperar, ¿qué más daba? Su hija ya hablaba, un día empezaría a hacer preguntas. Llegaría, como un pequeño detective, al fondo de la cuestión. Lo encontraría con las manos en la masa, con la tarjetita en la boca, o en los pantalones. Sería sorprendido como un amante en pleno acto. 
      Diga. Fueron las palabras que sonaron del otro lado del teléfono. Sonaba a una abuela. Un detalle poco mafioso. Diga, repitió la mujer. Rodolfo le explicó a quién buscaba. La señora no entendía de qué hablaba. Rodolfo pensó que esto debe ser un sueño, quiso pellizcarse, pero volvió a preguntar, señaló algunas referencias de las personas que buscaba.
      La señora levantó la voz con un ah. Ahora recordaba, los anteriores inquilinos de la casa. Un grupo de actores. Estafaban gente, eso había escuchado. Hace tiempo que no se sabe nada de ellos. Timaban personas con las cartas. 
      Rodolfo no respondió. Una pequeña se acercaba con paso resuelto. ¿Quién es, papá? Número equivocado, hija.

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