miércoles, 15 de octubre de 2014

Día 150: Sentir beodo

      Los pensamientos se piensan solos. Nadie los llama. Están. Quieren aparecer. Una arquitectura de espejos desborda el salón. Vuelan los pensamientos. Se quieren ir. Buscan un hogar, una madre que los mime. Mientras tanto, el eco de lo imposible reverbera. Es un sonido nunca escuchado, nunca antes hablado. 
      El pequeño gusano se pierde entre un universo de manzanas. Claro que prefiere roer la carne. Necesita crecer, necesita los mimos de mamá, también. Todos desean retornar al útero. La matriz nos da la bienvenida. Es un lugar apacible, cálido. Tiene un bar en donde emborracharse hasta olvidar.
      Mamá nos toca la frente. Hay fiebre. Vamos a explotar el termómetro. A veces la escuela necesita estar vacía de niños para dejar de ser escuela. Sin humanos, el mundo deja de ser mundo. Es una piedra grande, con aire y cosas verdes que salen del piso. 
      El tenedor muerde el desayuno. Es feliz siendo el medio. Le gusta alimentar a sus víctimas. Es una viuda negra con dientes. Sabe que algún día, tarde o temprano, el sujeto ingerirá el veneno. Se le pondrá la cara  toda violeta. Va a asfixiarse hasta donde todo pueda ser. 
      Mamá sabe que son todos locuras. Para ser un tipo lúcido hay que estar bastante loco. Así es la sobriedad, es estar enfermo y aceptarlo. Mamá nos quiere, mamá nos va a perdonar. Descubrió nuestro secreto y aún nos quiere. 
      El cuerpo ya tiene olor. No lo podemos esconder. A veces lo muerto debe permanecer más muerto. Hasta morir de nuevo. Una y otra vez. La sala está gris. Opaca. Los espejos mienten. Quieren contar su verdad. Me escondo, me tapo. Me señalan. Quieren que me acobarde. No lo escucharé. Son voces malas. Hablan de falsas verdades. 
      Hay un lenguaje superior. La valla de seguridad de las estructuras caen. Tienen que caer. Tengo que forzar el límite. Debo hacerlo desaparecer hasta su misma aparición. Miro la sala desde un recodo, parece un cuadro de Escher. Se parece a mi ataud. Es linda la casa de mamá.
      Ser amoral aunque nadie lo entienda. No necesitamos entender, necesitamos ser y ¿qué es ser? Ni yo lo sé. Por eso lloro. Por eso busco a mamá. Me refugio entre sus vísceras. Me emborracho en su bar. El útero explota de alcohol. Nos divertimos. Lloramos de la risa. Me emborracho. Me mareo. 
      Vomito en el baño. Desaparece el piso y caigo dentro de una jaula, toda gris. Como la casa, pienso. El gris me cansa. Quiero lo negro, quiero lo blanco. Quiero ser, quiero no ser. Esta impertinencia del algo. Tal feliz estaría de nombrarla. Pero no deja de ser cosa. Cosa que se me escapa, como el salón, como mamá, como mi muerte.
      Al lado de las escaleras se encuentra una báscula. Me pesa por dentro. No estoy gordo. Estoy flaco. Flaco de espíritu. Sin espíritu no hay vida. Sin vida hay muerte. Estoy contento. Quiero volver al bar. Me voy a emborrachar por última vez. Brindaré por mamá, por la vida y por ese cuespo apestoso que guardo debajo de la mesada.

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