jueves, 16 de octubre de 2014

Día 151: El pabellón de las buenas costumbres

      Nos sentamos a la mesa. Algunos rezan. Otros comen. Los tenedores chocan contra el plato. A veces hablamos. Se presta a la charla. Prendemos la tele. Por momento deseamos clavarle el tenedor en la nariz de la vieja ¿cómo no podía ser de otro modo?
      Me está mirando, lo sé. Quiere que le agujeree la cara ¿por qué carajo tengo que comportarme bien? ¿qué libro lo dicta? Y de estar escrito, ¿por qué tendría que creerle? Las hipótesis acerca de la buena convivencia y las excelsas costumbre son tan falsables como el Dios cristiano o los dinosaurios. 
      Dicen que estamos en los albores de una nueva era. Nos jactamos de este síndrome de modernidad pasajera, mientras por lo bajo vomitamos el jugo medieval. Pero basta de mí, hablemos de lo otro. De eso que está cerca mío. Que me avasalla con el asco. Esa vieja que no para de comer, sentada, de piernas cruzadas. Esa vieja. Tan asesinable. 
      La degollaría con ganas, pero no puedo. El decoro no me lo permite. Esta sociedad hecha de leyes y cosas. Me lo prohíbe las buenas costumbres. Encima no me mira, me ignora. No es como el corazón delator. Su mirada no me ciega de polvo y sangre. Su mirada no existe. 
      Ahí estamos. Separados. Por una mesa de por medio. Todo un abismo. Yo simulo. Hago como que como. Ella come de verdad. Tiene tripas de verdad para hacerlo. A veces creo que cuando duermo me arranca un pedazo de mi carne y la pone en la sopa. Es absurdo lo sé, pero siento eso. 
      Vamos a la mesa. Es lo único que se ve. Alrededor es todo negro, todo sombra. Mejor lo que se ve tal vez sea una apuesta arriesgada. Lo que se ve es la vieja que come y no para. Come con gula, con hambre de comer, deposita toneladas de comida en su estómago. Espera así formar un ejército de caca para conquistar los inodoros del mundo. 
      Juro que la mataría. Si tan solo pudiera. Si no hay nadie. No hay leyes que mengüen mis acciones. Soy libre de hacer lo que quiera en este espacio. El tiempo no existe. Podría matarla, nadie se daría cuenta. Pero son estas estúpidas convenciones que me atan el cerebro. Son las ideas que se me repiten por entre las cisuras del cráneo. Eso está mal. Eso está mal. Hay que buscar el bien. 
      La vieja deja de comer. Quedamos solos. La tele se apaga. Cortaron la luz. Nadie pagó la factura. En algún lugar del mundo alguien muere. En algún lugar del mundo un reactor nuclear hace fisión hasta estallar. En algún lugar del mundo alguien pone la mesa. En algún lugar del mundo me voy a encontrar, solo, sentado a la mesa. 

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