viernes, 17 de octubre de 2014

Día 152: Una espiral

      Dentro de la casa todo entra. Es una figura anatómicamente perfecta. Damos por descontado su perfección. La casa detenta la inminencia de una catástrofe. Por que algún día lo tragará todo. Por que todo entra. Nada sale. Es una aspiradora de energía. Un súcubo del movimiento. 
      Dentro de la casa todo está quieto. Las personas hacen silencio porque tienen miedo. No saben qué ocurre. Moran en círculos o en cuadrados. Sus habitaciones nunca se tocan. El espacio está ceñido por múltiples intersecciones paralelas. Un fenómeno imposible.
      A veces el miedo se contagia, como una gripe. Corre por los dormitorios como una especie de rumor oscuro.Los individuos lo asocian a la cárcel. Los creyentes dieron por llamarlo Legión. Podría ser una cosa o la otra, pero no lo es. Es tan dificil averiguar las intenciones de la casa.
      Encerrados, las personas olvidan su nombre. Adoptan nuevos recuerdos. Se tragan sus mentiras como placebos vencidos. Lo que ocurre adentro es parecido a lo que pasa afuera. Lo escribieron millones de libros. Está en millones de películas. El encierro se cuenta solo. Y no hay nada nuevo. Salvo la compulsión a chocar contra la pared hasta que se cuela por el hombro un hilillo de sangre.
      Los santos, los pecadores, los no creyentes, las prostitutas, los asesinos, los políticos, los trabajadores, la dama vestida de gris. Nadie sale de la casa. Nadie entra. Un universo de fantasmas nace entre sus cimientos. Se cuelan por las grietas. 
      Si pudiéramos sacarle una foto seguro se velaría. No hay modo de integrar las diversas perspectivas de un mismo espanto. La casa es un horror cubista. No hay puertas. No hay bienvenidas. Tan solo palabras que se escapan hacia su mismo abismo. Tal vez no sea una casa.

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