sábado, 18 de octubre de 2014

Día 153: In the flesh?

      Carcome la piel. La pulga es paciente, sabe que va a llegar. Le importa poco la superficie. No se contenta con absorber sangre, es ambiciosa, al contrario de sus hermanas. Sabe también que corre un riesgo importante, el humano en cualquier momento puede despertar. Si se entera, chau sueños de conquista.
      Poco le importa dejar crías. Engendrar larvas es para perdedores, suele decir esta pulga. Su deseo es taladrar hasta lo más profundo de la carne. Quiere bordear el hueso, hasta el nervio. 
      Sus propósitos son humildes. Tan solo reconectar unos cuantos neurotransmisores para poder controlar al humano. Así lo haría sufrir hasta la muerte misma. 
      Sin embargo la tarea no es sencilla, menos para una pulga con pocos conocimientos de procedimientos quirúrgicos. El hombre, mientras, siente cosquillas, como si algo le corriera en la sangre. Piensa en alguna alergia o algo por el estilo. Al descubrir la roncha dejada por la pulga, confirma su diagnóstico. 
      La pulga prosigue con su titánica labor. Un nervio se asoma delante de sus antenas. El pobre parásito se siente pequeño ante la enormidad de su descubrimiento. El ser humano no tiene uno o dos nervios, tiene millones. Y es una sola pata humana. Solo una. A lo sumo podría dejarlo rengo por un tiempo.
      No se rendiría. Vendería cara la derrota. Tendrían que sacarla de ahí con pinzas, a la fuerza. Esto era una ocupación. Le machacaría cada pedazo de existencia con tal de que sufra mucho dolor. ¿Y su dolor de pulga? ¿Alguien podría pensar en su dolor? La desidia de la insignificancia que corroe cada micromilímetro de su ser.
      Por ahí no es nada, un simple nervio. Pero es un comienzo. Sus días estaban contados, no viviría más de un mes, quizás una semana. El tiempo gira pronto. Quizás sea suficiente como para dejar un daño permanente. O algo pasajero. No importa, con tal que sea dolor del verdadero.

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