domingo, 19 de octubre de 2014

Día 154: Ghost trail II

      La bola de cristal giraba sobre la mesa. Marcaba círculos acompasados, como si estuviera bajo el efecto de una melodía oculta. La mesa también giraba. Se respiraba el engaño, a medida que avanzaba en espirales. Una marioneta sentada al borde de un mueble de algarrobo se paró sin ayuda de nadie. Con movimientos torpes se acercó a la bola. El cristal resplandecía, irradiaba un verde fosforescente. Los arbustos cercanos a la ventana comenzaron a retorcerse, como resortes oxidados. Las ramas crujían. Así respondían al llamado. 
      Hacía años que la casa estaba abandonada. Una carta con sello lacrado adornaba la puerta. Todo signo de vida se hallaba sustraido al edificio. Los recuerdos asomaban por las paredes. El contagio de lo que fue y lo que nunca será. Batallas de tiempos pretéritos no luchadas. Muertes bajo el sol, insolentes que maldijeron la casta de los buenos hombres.
      Una cabeza cercenada rodaba por el suelo, al ritmo de la bola de cristal. Aun despedía sangre. El movimiento era continuo. Parecía un grito sin voz. La casa gritaba. En su desesperación los objetos ya no sabían que hacer. Dejaron de lado sus propiedades al abandonar la quietud de su naturaleza. 
      El ventilador de techo se prendía, a veces se apagaba. Ese era su juego. Un fino hilo colgaba de una de sus paletas. Una espada de un metro de largo pendía del hilo. Su movimiento, como un improvisado péndulo de Foucault, seguía los caminos de la cabeza. La espada y la cabeza formaban parte del mismo teatro. Se conocían. Tenían su historia. Alguna vez la espada perteneció a la cabeza. 
      La casa estaba en venta. Nadie quería comprarla. Esperarían a que muriesen todos los fantasmas que tiene adentro, decían. Hasta los más incrédulos se llevaban un buen susto cada vez que un agente inmobiliario les daba un pequeño paseo por los pasillos. Un ojo azul flotaba. Seguía con curiosidad los pasos de las personas. Una cosa de temer. Aunque a decir verdad, el ojo no hacía nada. Era curioso. Daba miedo solo por ser curioso. 
      Trataron de incendiarla, incluso demolerla. Una fuerza invisible lo impedía. La casa estaba bajo el influjo de la bola de cristal. Giraba con sus círculos. Estaba en otra dimensión, una dimensión lejana al conocimiento palpable. Un lugar en donde las palabras dejan de servir, donde solo se oyen gemidos y llantos guturales. Dicen que nadie habita esos espacios, aunque se vislumbren sombras grises. Dicen que todo pertenecía a la cabeza. Aunque nadie se preguntó por la marioneta.

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